Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS AZTECAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LEYENDAS AZTECAS. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de octubre de 2016

EL TEMPLO HUNDIDO DE SAN LORENZO



Cuenta una antigua leyenda de Teocalhueyacan, un poblado otomí que se encuentra en el Valle de México, a tres kilómetros de Tlalnepantla, y que ahora se conoce como San Andrés Atenco, que a raíz de la conquista española los frailes franciscanos decidieron edificar un templo dedicado a San Lorenzo.
Lo construyeron en los terrenos de un teocali que los conquistadores habían destruido en sus ansias por acabar con todo vestigio de las culturas indígenas.
Para hacer el templo no dudaron en utilizar las piedras y el material del templo desaparecido.
 El Templo de San Lorenzo era muy visitado por los habitantes del pueblo de Teocalhueyacan, que acudían a las misas y a los oficios religiosos que  se llevaban a cabo en el sagrado recinto.
Una terrible noche, el templo se hundió y al amanecer no quedó nada de él.
Los feligreses estaban muy tristes y asustados por tal hecho que no se explicaban.
Ante la carencia de la iglesia los habitantes del Teocalhueyacan, optaron por acudir al templo de Corpus Christi situado en Tlalnepantla.
Pero como era muy largo el camino que tenían que recorrer para asistir a los servicios religiosos, decidieron que lo mejor era construir una nueva iglesia.
Sin embargo temían que ocurriera lo mismo, y que volviera a hundirse.
Después de mucho pensar y discutir acerca de lo que debía hacerse, los responsables de la edificación tomaron la decisión de construirlo en otro lugar del pueblo.
Lo edificaron a la falda de un cerro y cerca de un río.
Pero ya no fue el Templo de San Lorenzo, sino que se le dedicó a San Andrés Apóstol y se inauguró en el año de 1700.

martes, 29 de marzo de 2016

TLACANEXQUIMILLI



En el México antiguo existía un espíritu llamado Tlacanexquimilli. Era como un bulto de cenizas, un muerto amortajado, no tenía puestos los pies ni la cabeza, pues andan rodando por el suelo y emitiendo terribles gemidos que ponían los pelos de punta. Se creía que este espíritu era una ilusión de Tezcatlipoca.

Aquel que tenía la desgracia de verlo, daba por seguro que pronto moriría, bien en la guerra bien de enfermedad. Y tal era la magnitud del miedo que sentía que irremediablemente moría.

Si el Tlacanexquimilli se le aparecía a un valeroso soldado, le decía: ¿Quién eres tú?, ¡Háblame, mira no me dejes de hablar que ya te tengo asido, y no te tengo de dejar! Entonces, el guerrero le preguntaba al espíritu lo que deseaba, que se lo dijera porque ya lo tenía atrapado.

El espíritu preguntaba a su vez que era lo que le daría el guerrero, quien le ofrecía una espina. Tlacanexquimilli la rechazaba alegando que una espina no valía nada.

Pero el guerrero insistía: le ofrecía dos, tres, hasta cinco espinas; el espíritu las aceptaba y el guerrero se iba muy contento, pues era creencia generalizada que si el Tlacanexquimilli se le aparecía a los guerreros, estos tendrían buena fortuna en la vida, siempre y cuando no lo soltaran.

Así pues, el guerrero se iba muy contento, pues había oído las sabias palabras que aún resonaban en sus oídos: ¡Te doy toda la riqueza que deseas. Para que seas próspero en el mundo!