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jueves, 15 de diciembre de 2016

PEDRO, EL MAL AMANTE



San Blas es un puerto y una ciudad del estado de Nayarit. Fue fundado durante el Virreinato, y fue uno de los puertos más importantes del Pacífico, fundado por el conquistador Nuño de Guzmán. Debe su nombre al santo español conocido como el monje Blas de Mendoza. De dicho puerto es originaria una triste leyenda, que aconteció hace ya muchísimos años, en la ciudad que lo acompaña.
Elena era una jovencita de dieciocho años que vivía con sus padres y sus dos hermanos en una rica casona blanca por fuera y con escaleras y pisos de mármol por dentro.
En una ocasión en que Elena acudió a pasearse por el parque central de la ciudad con su dueña, se topó con un hermoso marinero venido de allende los mares. Pedro era rubio, tenía los ojos azules, y sobresalía por su elevada estatura. Todas las jóvenes le codiciaban. Pero Pedro también observó a la linda Elena, y se enamoró de ella. Ambos estaban como locos de amor, ambos se idolatraban cada día más.
El romance duró cerca de seis meses, ni que decir tiene que la familia de Elena ignoraba tal situación, pies la joven nada había dicho, sabedora de que nunca aceptarían sus padres a un pobre marinero llegado de lejanas tierras holandesas.
A los seis meses cumplidos, Pedro le comunicó a su amada que debía partir en el mismo barco que le había traído, ya no podía demorar más su estancia en San Blas. La joven se desesperó ante tal aviso, y le rogó a su querido Peter que no se fuera. Pero nada logró. El marinero estaba decidido a partir, pues era su deber. Sin embargo le juró y perjuró a Elena que nunca la olvidaría y que pasados otros seis meses, regresaría para casarse con ella, lo quisieran a no sus padres. Y que mientras comprara el vestido de novia más hermoso que encontrara. Así lo hizo la joven, y cada noche sacaba el vestido de su ropero y lo acariciaba, en espera de podérselo poner muy pronto y acudir a la iglesia a casarse.
Pero el tiempo pasó, se cumplieron los seis meses y Pedro no regresaba. Cuando hacía un año que la joven se había quedado solo, el ingrato enamorado aún no regresaba y la niña empezó a mostrar extraños síntomas de extravío. A estas alturas sus padres ya se habían dado cuenta de lo sucedido. La llevaron con muchos doctores, pero nadie pudo hacer nada por ella.
Cada domingo Elena se ponía el traje de novia y acudía al muelle en espera de ver acercarse el barco que le traería de vuelta a su amado. Los años fueron pasando, los padres de la infeliz novia murieron, y sus hermanos se encargaron de cuidarla. Elena envejeció, la cara se le arrugó completamente y el pelo se le blanqueó. De su belleza nada quedaba. Completamente enloquecida, un domingo vio bajar de un barco a un hermoso joven rubio, al verlo corrió a su encuentro, pero no logró alcanzarlo pues cayó fulminada por un paro cardíaco. Al verla en el suelo, el joven se apresuró a recogerla, y cuando la tuvo en sus brazos, escuchó que Elena le decía con una voz muy débil: -¡Por fin regresaste, amor mío!… y en ese instante expiró. El joven desconcertado nunca supo qué le quiso decir la anciana moribunda, pues como era obvio, no se trataba del desgraciado Pedro, del cual nunca se supo nada.

miércoles, 2 de marzo de 2016

CON LOS ARCANOS DEL MÁS ALLÁ, NO SE JUEGA



En la Villa de Santiago de Galicia de Compostela de Indias, en el estado de Nayarit, fundada por el español Cristóbal de Oñate, se encuentra situada la parroquia de Santo Santiago Apóstol, también conocida como templo del Señor de la Misericordia.

En este recinto sagrado sucedió hace ya algunos años, un hecho espeluznante que se ha convertido en leyenda.

Un cierto día, un señor llamado Elías y su amigo un doctor, estaban en el coro del templo ensayando una canción para la misa del día siguiente.

Estaban muy tranquilos platicando en un alto que hicieron para descansar, cuando de pronto sintieron que algo se movía cerca de ellos, y que sus cabellos se erizaban, al tiempo que algo muy frío les recorría por la espalda.

Voltearon hacia la puerta del coro y vieron a un padre decapitado, vestido con hábitos antiguos, de la Colonia.

El señor y el doctor cerraron los ojos y se pusieron a rezar todas las oraciones que se les ocurrieron.

Cuando terminaron y abrieron los ojos, el fraile había desaparecido.

Cuando los asustados hombres regresaron a sus casas, le contaron a todos lo que les había ocurrido.

Todo el pueblo se enteró de lo que les había pasado, y todos estaban muy asustados.

Todos, salvo un grupo de bromistas que decidió sacar provecho de lo acontecido.

Los jóvenes que componían el grupo, decidieron esconderse en el templo por la tarde y nochecita, y asustar a los fieles que entraban a rezar.

Uno de ellos se puso un hábito de fraile que caía desde la cabeza, y era el encargado de asustar a las pobres personas que llegaban hasta a enfermarse del sustote que se llevaban.

Un día a las ocho de la noche, estaban los jóvenes en el templo realizando su pesada broma, cuando de pronto sintieron escalofríos y una terrible sensación de miedo, todos ellos, que eran cinco, voltearon hacia el coro y vieron la imponente figura de un fraile decapitado. Ante tan espantosa aparición los cinco cayeron muertos de terror.

Al siguiente día, el sacristán encontró sus cuerpos ya tiesos y con muecas de pánico en el rostro.

Al lado de ellos, se encontraba pintado en el suelo un recado escrito con sangre que decía: “¡Con los arcanos del Más Allá no se juega!”