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miércoles, 3 de enero de 2018

LA HIJA DESOBEDIENTE



En Actopan, Veracruz, vivía una niña muy bonita con su madre. La pequeña era una adolescente de hermosos ojos azules como las turquesas, y rubia como el trigo maduro. A la pequeña le encantaba ir a bañarse al Río Actopan que corre por debajo de las montañas y surge en un lugar llamado El Descabezadero, para seguir su curso y desembocar en el Golfo de México.

El río está situado en una región deslumbrante por su belleza, razón por la cual a la pequeña le gustaba tanto ir a bañarse y a nadar a dicho lugar. No le gustaba perderse por nada su diversión favorita.

Cierto día, la niña se alistó para dirigirse al Río Actopan como lo hacía todos los días. Preparó su vestido de percal con el que se metía al agua cristalina del río y su toalla. Cuando estaba a punto de salir de su casa, su madre la llamó y le dijo que ese día no iría a nadar, ya que era Viernes Santo y debían acudir a la iglesia para venerar al Señor Jesucristo como era obligación de todo buen católico.

Ante este aviso, la infanta montó en cólera y de ahí pasó a una tristeza profunda al ver desbaratados sus planes. Pero como era una niña voluntariosa, esperó a que su madre estuviese ocupada y tomando sus ropas de natación, que ya tenía preparadas, se escapó furtivamente de su casa y se dirigió al Río Actopan, precisamente al lugar al que llaman El Descabezadero.

Al poco rato, su madre la empezó a llamar para salir con rumbo a la iglesia, pero nunca obtuvo ninguna respuesta. Ante el silencio de la muchachita la mujer la buscó por toda la casa con la esperanza de encontrarla y que no se les hiciese tarde para la misa. Por más que la buscó no la encontró.

Al dar aviso a las autoridades de que su hija se había perdido o quizá hubiese sido raptada, todos se pusieron a buscar a la pequeña por todas partes. Recorrieron el pueblo de Actopan, fueron a las casas de sus amiguitas sin resultado positivo alguno, fueron a las orillas del río, y nada. ¡La niña había desaparecido! Al día siguiente, la madre desfallecida de dolor tuvo que aceptar la pérdida de su única hija. Desconsolada la lloró por muchos años, hasta que murió de pena. Nunca más se supo del paradero de la hija desobediente.
Sin embargo, desde su desaparición han sido muchas las personas que la han visto junto al río bañándose y limpiando su pequeño cuerpo y sus largos cabellos rubios. Es el fantasma de la hija desobediente que se aparece hasta nuestros días y no descansa en paz como penitencia a su desobediencia.

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL HOMBRE QUE NO RESPETABA LAS TRADICIONES

En Rancho Nuevo, un antiguo pueblo de la Huasteca Veracruzana, vivía una señora llamada Dominga, muy respetuosa de su marido y de los deberes conyugales. Estaba casada con un señor que respondía al nombre de Abundio Saavedra, quien no era muy partidario de seguir las tradiciones y costumbres de su comunidad. Ambos eran padres de Irene, una muchacha muy bella a quien no le faltaban enamorados que admirasen sus bellos ojos verdes los cuales destacaban en su piel color miel.

El Día de Muertos el señor le ordenó a su esposa que no pusiese altar de muertos para sus parientes en la casa o en el panteón, porque consideraba que los difuntos no podían regresar a comer absolutamente nada. Al día siguiente cuando se dirigía su milpa a trabajar vio en el cementerio a muchos muertitos que disfrutaban la comida que sus familiares les habían colocado en la ofrenda. Y también observó a un hombre y a una mujer viejos que se retorcían de dolor porque llevaban una vela prendida en la espalda. Cuando se fijó bien se dio cuenta que esa pareja eran sus padres que lo miraban con enojo y reproche ya que no tenían nada que comer en ese día en que los muertos regresan a la Tierra para comerse la esencia de los alimentos que se les ofrendan.

En ese momento el hombre lleno de miedo y de arrepentimiento por su mala acción, dio la media vuelta y se dirigió corriendo a su casa. Cuando llegó llamó a gritos a su mujer y le ordenó que matase a un puerco para hacer unos buenos tamales. Compró cirios. Imágenes y cohetes; alquiló músicos jaraneros para que tocaran al día siguiente en la tumba de sus padres que se encontraban en el Panteón de San Juan. Ya que terminó con los preparativos destinados a sus padres le dijo a Dominga que estaba muy cansado y muy triste, que tenía muchas ganas de llorar y que se iba a dormir porque tenía mucho sueño. Se durmió en un catre que se encontraba en al patio.

Pasadas dos horas, Dominga le dijo a su hija que fuera a traer a su padre, para que cenará chicarrones y tamales que estaban deliciosos. Al llegar la chica al patio y acercarse al catre, vio que su padre estaba muerto, rígido, y en la cara presentaba una terrible mueca de terror, tal cual si hubiese visto al Diablo. La joven se puso a gritar como desesperada. Los habitantes del pueblo se conmovieron ante tal tragedia y se dieron cuenta de que Abundio había programado su muerte y su propia ofrenda sin saberlo él mismo.

Desde ese terrible día, la madre y la hija se dedicaron con mucho fervor a la religión, e iban por todos los pueblos de la región celebrando las fiestas religiosas de los santos patronos y honrando a los muertos en sus funerales, en el panteón y en las ofrendas de muertos.


lunes, 12 de octubre de 2015

LA COCHINA



Se cuentan muchas historias de hombres machos y celosos, pero ésta historia que se difundió en San Andrés Tuxtla, es especial.

Se dice que había un señor muy macho que no dejaba salir de su casa a su mujer, no quería que nadie la viera porque enseguida lo invadían los celos, temía ser la burla del pueblo, ponía especial cuidado en su reputación y no se arriesgaba a que su esposa anduviera en boca de todos. 

-“No tienes nada qué hacer allá afuera; tu trabajo está acá adentro, en la casa. Además, ¿para qué quieres salir? Vas a espantar a todos con esa cara de bruja”-

Así hablaba el hombre y su esposa nada más se reía porque él no estaba tan equivocado; la mujer tenía poderes de bruja y por las noches se convertía en cochina. En cuanto su marido se dormía, la vieja se transformaba y salía de la casa.

Todas las noches iba a pasear por el pueblo, tranquilamente, sin que su marido se enterara. Un día, a la mujer se le ocurrió entrar a merodear en la casa de un señor más gruñón que su marido; cuando el señor descubrió a la cochina, agarró el machete y le rebanó una nalga.

La cochina salió corriendo y regresó a su casa muy asustada. 

A la mañana siguiente, el hombre descubrió que a su mujer le faltaba una nalga...

-“No sé –dijo la mujer- ni cuenta me di, pa’mí que alguien me embrujó”-

El hombre salió a buscar ayuda y en el camino se encontró al señor gruñón, que era su amigo.

Se saludaron y el hombre gruñón le contó al marido celoso lo que él nunca hubiera querido escuchar:

-“Anoche entró una cochina mañosa a mi casa y le rebané una nalga”-

El marido celoso volvió corriendo a su casa, e iba decidido a golpear a su mujer.

Llegó a su casa pegando de gritos, y cuando abrió la puerta, una cochina salió corriendo a toda velocidad; el marido buscó a su esposa pero nunca la encontró.