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miércoles, 29 de octubre de 2014

CIHUACÓATL, LA MUJER SERPIENTE



Yo soy la Mujer Serpiente, la diosa del nacimiento, patrona de las parteras, los médicos y los sangradores, y de las mujeres que mueren en la niñez.

Protejo a las mujeres que mueren en el trabajo de parto. No me conformo con un solo nombre, soy Quilaztli, Yaocíhuatl, Huitzinicuatec, y Tonatzin.

No soy muy joven, tengo la edad de la sabiduría, pero soy bella y me pinto la cara de rojo y negro, adorno mi cabeza con una tiara de plumas de águila, y mi cabello se peina a la manera de cuernitos a los lados de la frente; mi cuerpo se cubre con una falda de caracolillos y un huipil rojo, aunque a veces mi atuendo es todo blanco cuando salgo a las calles de Tenochtitlán a bramar de noche. Llevo en la mano derecha un telar y en la izquierda un escudo.

Supe que siglos después de este momento en que recuerdo los acontecimientos, un cronista español de los que acabaron con nuestra religión me describió de esta manera:

Su pintura facial con labios abultados de hule, y mitad roja y mitad negra. Su corona de plumas de águila; sus orejeras de oro. Su camisa de encima con pintura de flores acuáticas, y la de abajo, de color blanco.

Sus sonajas, sus sandalias, su escudo recubierto de plumas de águila, su palao de telar.  Descripción que se acerca bastante a la verdad.

No siempre soy buena, pues a veces llevo a los hombres la pobreza, el abatimiento, y los problemas cotidianos, qué le vamos a hacer!

A las mujeres de los tianguis me les aparezco junto a sus puestos; llevo conmigo una cuna y la dejo junto a ellas y yo desaparezco.

Las mujeres, curiosas, nunca dejan de mirar dentro de la cuna en donde encuentran un cuchillo de obsidiana con los que se efectúan los sacrificios humanos que tanto me gustan.

Yo tuve un hijo llamado Mixcóatl a quien abandoné en una encrucijada, y por el cual aún lloro por la ciudad de Tenochtitlán, nunca lo encuentro siempre me topo con el sangriento cuchillo de pedernal que tanto asusta a las marchantas del tianguis.

Tengo como sacerdote nada menos que a Tlacaelel, “el que anima el espíritu”, gran guerrero consejero de tlatoanis.

Él es el encargado de propiciar que mi celebración se lleve a cabo en el mes Huey Tecuilhuitl, La Gran Fiesta de los Señores, y de inmolar en mi honor una víctima cada semana, pues soy muy hambrienta. Los sacerdotes tienen la amabilidad de envolver un pedernal cada ocho días, para colocarlo dentro del coztli, la cuna, que las sacerdotisas portan en la espalda y que una de ellas se encarga de darla a la vendedora más rica para que cuide a mi hijo. Cuando la vendedora ve a mi hijo-pedernal, siempre lanza un grito de terror y exclama: -¡He visto a Cihuacóatl!- 

Entonces, los sacerdotes saben que ha llegado el momento de ofrecerme el sacrificio máximo, mientras entonan el canto dedicado a mí que empieza, si mal no recuerdo: 

-“¡El Águila, el Águila, Quilaztli,/ con sangre tiene cercado el rostro,/ adornada está de plumas!¡”Plumas de Águila” vino,/ vino a barrer los caminos!”-

Pero si un gran mérito tengo es el de haber ayudado a Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, a llevar los huesos que había recogido del cerro Tonacatépetl, Cerro de Nuestra Carne, convertido en hormiga negra, a Tamoanchan, donde los puse en una vasija y los revolví con la sangre del miembro viril del dios, para crear con la pasta formada a los nuevos hombres de maíz.

Yo oí como los dioses dijeron: -“Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir”-

Así pues, como puedes observar no soy del todo mala, sino como todos los dioses: buenos y malos.

miércoles, 22 de octubre de 2014

CHICOMECÓATL



Chicomecóatl, Siete Serpiente, fue la diosa de la subsistencia, de los mantenimientos, de la vegetación y de la fertilidad.


Gustaba de llevar una corona adornando su noble cabeza, en la mano derecha un recipiente, en la izquierda un escudo con una hermosa flor pintada. Llevaba cuéitl y huipil; sus delicados pies calzaban huaraches, todo en tono rojizo, al igual que los diseños que llevaba en la cara.

Se la podía llamar de diferentes formas: a veces Xilonen, la Peluda, joven madre del maíz tierno; otras, Centeocíhuatl, en esta advocación casada con el buen Tezcatlipoca; o bien, se la asociaba con Ilamatecuhtli, noble anciana, señora de la mazorca madura.

Como le gustaba ser adorada  y festejada, su fiesta era muy importante y se la llevaba a cabo en el cuarto mes Huey Tozoztli, “ayuno prolongado”, correspondiente a nuestro mes de septiembre. En dicha temporada, las casas se engalanaban con espadañas -planta de tallos altos y cilíndricos, también conocida como enea-, que se colocaban en las puertas de las casas. Las personas de mayores recursos económicos, agregaban a los adornos ramos llamados acxóyatl, o sea, varas de pino.

Todos los altares se adornaban con plantas de maíz, y a los dioses de casas y templos se les colocaban ramos de los mencionados.

Los jóvenes de los calpullis acudían al templo local de Chicomecóatl para simular peleas rituales en su honor, mientras que las muchachas, portando elotes del año anterior, iban en procesión hasta el templo de la diosa, para que fueran bendecidos.

Los granos de esos elotes servían para ser sembrados y obtener buenas cosechas; algunas de tales mazorcas se colocaban en las trojes a fin de que nunca faltase el grano divino.

En el patio del templo de la diosa, los sacerdotes colocaban su imagen elaborada con una pasta hecha con semillas de tzoalli, en la que se mezclaba el amaranto con sangre humana, y le ofrecían las diversa variedades que existían de maíz, frijoles y la delicada chía.

Asimismo, a la cautivadora Chicomecóatl se le sacrificaba una jovencita, la cual era decapitada y cuya sangre cubría a la imagen; se la desollaba y su piel vestía a uno de los sacerdotes que lanzaba, desde un templete, maíz y semillas de calabaza a los concurrentes.

La joven destinada al sacrificio llevaba en la frente una pluma verde, símbolo del maíz sagrado, misma que al llegar la noche del día anterior a la ceremonia, le era cortada junto con la mata de negros cabellos que se ofrecían a la imagen de la diosa. La festividad transcurría y el canto a Chicomecóatl se dejaba oír, pleno de fervor y devoción: Siete Mazorcas, ya levántate, ¡despierta! Ah es Nuestra Madre! Tú nos dejarás huérfanos: Tú te vas ya a tu casa al Tlalocan Siete Mazorcas, ya levántate!...

El templo mayor de la diosa recibía el nombre de Chicomecóatl Iteopan, estaba resguardado por jovencitas que llevaban los brazos y las piernas cubiertos con plumas de maravillosos colores, y sus caras cubiertas con marmaja.

En la espalda portaban siete elotes adornados con ulli y papel sagrado. La hermosa diosa vivía en el maravilloso Tlalocan, cuando no estaba apurada por los campos ayudando al que la milpa creciera y diera buenas matas de maíz.