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lunes, 24 de octubre de 2016

LAS CHUAPIPILTIN



Con el nombre de Cihuapipiltin, “mujeres nobles”, los mexicas denominaban a los espíritus femeninos, hermanas de los Macuiltonaleque, diosecillos de los excesos, que en vida habían sido mujeres ligadas a la aristocracia imperial muertas en el trabajo de parto de su primer embarazo. Se las consideraba valerosas guerreras, pues el alumbramiento era visto por nuestros antepasados como una verdadera batalla, al igual que las que emprendían los guerrero; debido a esta analogía, las Cihuapipiltin vivían en la Casa del Sol, especie de paraíso consagrado a los privilegiados, según cuentan la tradición oral, bajo el mando de Cihuacóatl, la diosa del nacimiento, y la primera mujer muerta en trabajo de parto, a la que siguió Chimalma, la honorable madre de Quetzalcóatl, quien la honró con el canto:
 
Aya nech ytquiticatca Yehua nonan An ya coacueye an teotl A ypillo yyaa
Nichoca yya yean. Aya me trajo Ella, mi madre An ya Coacueye (la que tiene falda de serpiente) An diosa A su hijo yyaa Yo lloro yya yea
El Cihuatlampa, el Lugar de las Mujeres, de donde procedían las diosecillas, estaba situado en el oeste, en el mismo sitio donde moraban las diosas madres. Fueron cinco las cihuapipiltin, a saber: Cihuaquáuhtli, Mujer Águila; Cihuacalli, Mujer Casa; Cihuamázatl, Mujer Ciervo; Cihuaquiáhuitl, Mujer Lluvia; y Cihuaozómatl, Mujer Mono.
Estas temibles féminas tenían la cara tan blanca que parecía que se las hubiesen pintado con tizatl, es decir, gis. Sus brazos y piernas eran también muy blancos. Peinaban sus cabellos a la manera de cuernecillos laterales, el peinado de la fertilidad. En los lóbulos de las orejas llevaban orejeras de oro. Vestían un huipil blanco pintado con grecas negras, bajo el cual se asomaba la enagua de ricos y variados colores.
Las Cihuapipiltin descendían a la Tierra volando por los aires y se les aparecían a niños y adultos, para hacerles maldades y causarles enfermedades y aun la muerte. Asimismo, tenían la capacidad de poseer los cuerpos humanos. Cuando descendían, las diosecillas gustaban de dirigirse a sus antiguos hogares con el fin de rescatar sus husos, lanzaderas y demás instrumentos que emplearan en vida para tejer sus telas. Aprovechando su descenso, se les aparecían a sus esposos y los aterrorizaban, para que les diesen lo que deseaban. No bajaban a la Tierra todos los días del año, sino nada más ciertos días en los cuales los padres les prohibían a sus hijos pasearse por las encrucijadas de los caminos, las ohmaxac, lugares preferidos de estas mujeres. Las cihuapipiltin descendían el día del tercer signo ce ámatl de la Primera Casa del calendario azteca. Ese día, las imágenes de las diosas se ataviaban con vestidos hechos de papel que se llamaban amateteuitl, y se les colocaban ofrendas de comida y flores para calmar su furia. También bajaban a la Tierra en la fecha ce quiahuitl también de la Primera Casa. Este día, considerado de mal agüero por los mexicas, los padres les decían a sus hijos: -¡No salgáis de esta casa porque si salís os encontrareis con las diosas llamadas cihuateteo, que descienden ahora a la tierra! Como ésta era una jornada desafortunada, a los niños que nacían en ella no se les bautizaba, sino hasta la llegada del primer día de la Tercera Casa denominado ei cipactli, ya que en tal día la fortuna cambiaba y los niños podían bautizarse sin la amenaza de que les fuera mal en la vida. Los que eran bautizados en el signo ce quiahuitl se convertían en hechiceros y podían transformarse en animales que salían a las calles a hechizar a las mujeres con sus palabras terroríficas; además, conocían toda clase de sortilegios para hacer maleficios a los mortales.
En el día ce quiahuitl solamente bajaban las cihuapipiltin más jóvenes, quienes gustaban de hacer daño a los muchachos y muchachas que se encontraban en los caminos. Se divertían haciéndoles perjuicios de toda índole, y gestos ridículos y espantosos. Con el fin de apaciguar las ansias dañinas de las cihuapipiltin, se les celebraban ritos en los adoratorios construidos en las encrucijadas llamados cihuateocalli o cihuateupan. Se les ofrecía pan de figura: mariposas, rayos; tamales llamados xuxuichtlamazoalli; maíz tostado conocido como izquitl;  sus imágenes se vestían con papeles manchados de ulli, hule, con ropas llamadas tetehuitl, y se quemaba copal en los incensarios. De esta ofrenda comían y bebían los sacerdotes que luego se iban a sus casas a tomar pulque ritual y a obsequiar con esta bebida a los ancianos. La ofrenda comenzaba a la media noche, tiempo en que daba comienzo la velación, los cantos y los bailes. Al día siguiente todos disfrutaban de la comida de la ofrenda.
Otro día que escogían las cihuateteo para asustar a los infantes era el llamado ce ozomatli, razón por lo cual los padres, sumamente asustados, escondían a sus hijos para que las diosas no los vieran, porque si llegaban a enfermar en esta fecha ya nunca se podrían aliviar y los médicos los declararían desahuciados. A los niños y las niñas que eran bonitos y que caían enfermos por las malas artes de las cihuapipiltin, se les decía que las diosas les habían otorgado la belleza para después arrebatárselas y despojarlos de ella. Tanto en los días ce amatl como en los ce quiahuitl, los mexicas sacrificaban a las diosas cihuateteo prisioneros de guerra que habían sido condenados a muerte por cometer graves delitos. ¡A pesar del tiempo transcurrido, todavía podemos ver a las cihuapipiltin recorrer caminos y encrucijadas en busca de incautos a quienes hacer víctimas de sus terribles maldades!

jueves, 7 de enero de 2016

EL MOSAICO



En el barrio de Tacubaya de la Ciudad de México, el antiguo Atlacuihuayan de los mexicas, ahora perteneciente a la Delegación Miguel Hidalgo, hace ochenta años vivía un notario, don Antonio Valdés y Pompa.

Poseía una casa grande y antigua, muy bella, que databa de la época anterior al porfiriato, de la Colonia, según decían algunos arquitectos.

En la cocina de la casa, sobre el brasero, el hogar de la cocina que anteriormente se empleaba para guisar con leña y carbón, constantemente se caía uno de los mosaicos que tapizaban las paredes.

El mosaico se caía, lo volvían a pegar con cemento, y ¡listo! Quedaba reparado.

Al mes, a los dos meses, se volvía a caer exactamente el mismo mosaico, a despecho del cemento utilizado que según decían era de muy buena clase.

Y esa faena de caerse el mosaico y volverlo a poner duró más de diez años. Al cabo, don Antonio se compró una notaría en Oaxaca y se fue para allá a vivir. Naturalmente otra persona compró la casa.

Como tenía ideas modernistas al nuevo propietario le chocó el tipo de cocina, porque era cocina poblana antigua llena de mosaicos que causaba muchas molestias a su esposa y no dejaba de tener algunos alacrancillos en sus entrañas. Repito, como el nuevo dueño era muy moderno quería cocina de gas, y mandó quitar el brasero y levantar los mosaicos.

Al hacer el destrozo, los albañiles se llevaron al mosaico que se caía. Entonces encontraron que todita esa pared de la cocina estaba llena de centenarios.

El nuevo propietario de la casa se volvió rico, porque se trataba de muchísimo dinero.

Al notario, don Antonio no le tocó nada dinero, por supuesto, ni supo del hallazgo, menos mal porque le hubiera dado un infarto.

Eso le pasó por no hacer caso  a las señales del Más Allá, pues’n.

sábado, 5 de diciembre de 2015

LA MUJER DORMIDA Y EL CERRO POPOCATÉPETL



Tonatiuh, el Dios Sol, vive con su familia en el cielo 13 en el que no se conoce la oscuridad ni la angustia...El hijo de Tonatiuh era el príncipe Izcozauhqui a quien le encantaban los jardines.
Un día el príncipe oyó hablar de los vergeles del señor Tonacatecuhtli. Curioso fue a conocerlos. Las plantas parecían más verdes y los prados frescos y cubiertos de rocío.
Al descubrir una laguna resplandeciente se acercó con presteza y al hacerlo, se encontró con una mujer que salía de las aguas ataviada con vestidos de plata.
Se enamoraron de inmediato ante el beneplácito de los dioses.
Pasaban los tiempos juntos, recorrían un cielo y otro. Pero los dioses les prohibieron ir más allá de los 13 cielos.
Los enamorados conocían el firmamento. La curiosidad por saber qué había bajo de él hizo que descendieran a conocer la tierra.
Allí la vida es diferente. El sol no brilla todo el tiempo, descansa por las noches. Hay más colores, texturas, sonidos y animales que en todos los cielos recorridos.
Los príncipes, al descubrir que la tierra es más hermosa que los paraísos celestiales decidieron quedarse a vivir en ella para siempre.
El lugar escogido para su morada estaba cerca de un lago, al lado de valles y montañas.

Los dioses, furiosos por la desobediencia de la pareja, decidieron un castigo. La princesa enfermó repentinamente, fueron vanos los esfuerzos de Izcozauhqui por aliviarla.
La mujer supo que esa era la sanción de los dioses, Tonatiuh se lo hizo saber con sus abrasadores rayos. A ella no le permitirían vivir.
Separándolos, con su muerte, para siempre. Se lo dijo al príncipe, le pidió que la llevara a una montaña con el fin de estar junto a las nubes, para que, cuando él regresara con su padre, pudiera verla más cerca desde el cielo.
Fueron sus últimas palabras, después se quedó quieta y blanca como la nieve.
El príncipe con su preciosa carga a cuestas caminó días y noches hasta llegar a la cima de la montaña.
Encendió una antorcha cerca de ella, la veló, como si la princesa durmiera.

Izcozauhqui se quedó junto a ella, sin moverse, hasta morir. Ella se convirtió en la mujer dormida (Iztaccíhuatl) y él en el cerro que humea (Popocatépetl).



martes, 20 de octubre de 2015

EL AHUÍZOTL, EL ATEPONAZTLI Y LA MAZACÓATL



La mitología de nuestros abuelos mexicas nos cuenta que los dioses del agua estaban encargados de seleccionar a las personas que al morir accederían al Tlalocan, sitio paradisíaco de la región oriental del universo, adonde llegaban los ahogados, las mujeres muertas en trabajo de parto, o aquellos que hubiesen fenecido por alguna enfermedad relacionada con el agua.

Tales dioses  fueron los famosos Tláloc, Néctar de la Tierra, y su esposa Chalchiuhtlicue, la de la Falda de Jade.

Para llevar a cabo su trabajo contaban con dos ayudantes malévolos -aparte de los tlaloques de rigor- llamados  Ahuízotl y Ateponaztli, cuya tarea consistía en atrapar a los elegidos de los dioses.

Tratábase el primero de un mamífero acuático que poseía en la cola una mano, justamente con la que ahogaba a las personas que se metían a las aguas del lago, o que se acercaban demasiado a la orilla de riachuelos.

El Ahuízotl vivía cerca del agua, en lo profundo de una gruta subacuática a la que llevaba a su presa. 

Las variadas descripciones de Ahuízotl, Espina de Agua, lo presentan como una especie de perro o coyote al que le gustaba mucho la carne de los humanos y  en especial los ojos, las uñas y los dientes que les arrancaba a los desafortunados y llevaba a su hogar, para disfrutar el botín tranquilamente.

En el Códice Florentino, Libro 11, se le describe como un perro pequeño y suave, brillante, resbaladizo y de color negro, sus manos y sus pies eran como las de los monos; cuando salía del agua sus mechones de pelo gris, mojados y apelmazados, parecían espinas, de donde su nombre se justifica.

La leyenda cuenta que el Ahuízotl podía llorar como un niño a fin de atraer la atención de las personas que, imprudentemente, se encontraran en las orillas de los ríos y las lagunas.

Las víctimas desaparecían por tres días; cuando volvían, obviamente muertas,  sólo podían ser tocadas por los sacerdotes, pues ya eran sagradas, le pertenecían a Tláloc.

Los sacerdotes las sepultaban en uno de los cuatro templos dedicados al dios.

El Ahuízotl era capaz de provocar remolinos en las aguas para alejar a los sapos y las ranas, sólo por el puro placer de mortificarlas y asustar a los humanos con sus poderes.

El Ahuizotl transcendió los tiempos, y he ahí que la leyenda le fascino al conquistador Hernán Cortés quien relataba al rey de España Carlos V que se les había aparecido a unos marineros mientras arreglaban una galera.

El Ahuízotl sacó su cola de repente y se llevó a uno de los marineros hasta el fondo del lago. Nunca más se supo de él, a pesar de los esfuerzos que se hicieron por encontrarle. 

El Ateponaztli, Tambor de Agua, hermoso pájaro acuático, debe su nombre al hecho de que cuando cantaba metía su pico en el agua y producía un sonido similar al tambor de dos tonos llamado teponaztle.

Tenía la cabeza negra, las plumas y el pico de color amarillo. Vivía cerca de de los ríos y los lagos y, como su amigo el Ahuízotl, ayudaba a los dioses Tláloc y Chalchiuhtlicue a conseguir  sus víctimas mortales, para conducirlas al paraíso de los mexicas. Al Tlalocan, Lugar de Tláloc, Dios de la Lluvia, llegaban las almas de todos aquellos que habían encontrado la muerte, o habían enfermado hasta morir, por causas relacionadas con el agua.

Por ejemplo, los que habían muerto ahogados, a causa de un rayo producido por una tormenta, los hidrópicos, los que sufrían de los pulmones. Su destino era convertirse en dioses y servidores de Tláloc. Recibían el nombre de ahuaque y de ehecatotontin, dueños del agua y de los vientecillos.

Por su voz gruesa que retumbaba se le llamaba también Tolcomóctli; su canto servía a los pescadores de la laguna para saber si llovería y si la lluvia sería abundante o liviana.

Si cantaba toda la noche, era señal de que llovería muchísimo y habría muchos peces, en cambio si el pájaro cantaba poco, la lluvia y los peces serían escasos.

La Mazacóatl, la Serpiente Venado, animal fantástico de cuerpo de serpiente y cornezuelos de venado en la cabeza, vivía en el Mictlan, el Inframundo de donde solía ausentarse para llevar a cabo sus maldades, que no eran pocas. Esta hermosa serpiente tenía la capacidad de convertirse en mujer para poder seducir a los hombres que se acercaban demasiado a la laguna de Tenochtitlán.

Una vez que había logrado su seductor propósito, les mataba despiadadamente, sin el menor remordimiento. Con las mujeres procedía de otra manera: las inducía a subirse sobre su lomo y ya que se encontraban montadas, se complacía en quemar sus entrañas, lo que les obligaba a retorcerse de dolor, razón por la cual era sumamente temida por las hembras.

Se dice que su carne, blanca y suave, tenía la facultad de otorgar a los hombres gran potencia viril, aunque por supuesto era impensable llegar a comerse a la Mazacóatl, pues era imposible matarla.

Debido a esta cualidad, se la consideró el símbolo por excelencia de las relaciones sexuales y, por ende, se la relacionaba con la fertilidad de la tierra. 

La Mazacóatl, como muchos otros seres fantásticos, sigue viviendo aún. En el pueblo de Xoxocotla, en el estado de Morelos, existe un cerro que le llaman de la Culebra. Debe su nombre a que en tal lugar vivió una serpiente, la Mazacóatl, quien era un poderoso hechicero que tenía la capacidad de transformarse en nahual que cada temporada de lluvias reclamaba un viejo para comérselo.

Ningún pueblo aledaño se negaba a dar el humano tributo, pues temían que la serpiente-de-agua-nahual enfureciera y enviara terribles precipitaciones y fuertes tormentas eléctricas que causaran estropicios y muertes en la región.

Solamente un temerario joven se enfrentó a la Mazacóatl, cuando su abuelo fue escogido como víctima.

En una cruenta lucha contra la serpiente-venado, salió victorioso y liberó a las comunidades de tan terrible pesadilla.

Pero, ¿En verdad mató a la Mazacóatl?...

jueves, 10 de septiembre de 2015

TLACANEXQUIMILLI, EL HOMBRE BULTO DE CENIZAS



En el México antiguo existía un espíritu llamado Tlacanexquimilli. Era como un bulto de cenizas, un muerto amortajado, no tenía puestos los pies ni la cabeza, pues andan rodando por el suelo y emitiendo terribles gemidos que ponían los pelos de punta.

Se creía que este espíritu era una ilusión de Tezcatlipoca. Aquel que tenía la desgracia de verlo, daba por seguro que pronto moriría, bien en la guerra bien de enfermedad. Y tal era la magnitud del miedo que sentía que irremediablemente moría.

Si el Tlacanexquimilli se le aparecía a un valeroso soldado, le decía: ¿Quién eres tú?, ¡Háblame, mira no me dejes de hablar que ya te tengo asido, y no te tengo de dejar! Entonces, el guerrero le preguntaba al espíritu lo que deseaba, que se lo dijera porque ya lo tenía atrapado.

El espíritu preguntaba a su vez que era lo que le daría el guerrero, quien le ofrecía una espina. Tlacanexquimilli la rechazaba alegando que una espina no valía nada. Pero el guerrero insistía: le ofrecía dos, tres, hasta cinco espinas; el espíritu las aceptaba y el guerrero se iba muy contento, pues era creencia generalizada que si el Tlacanexquimilli se le aparecía a los guerreros, estos tendrían buena fortuna en la vida, siempre y cuando no lo soltaran.

Así pues, el guerrero se iba muy contento, pues había oído las sabias palabras que aún resonaban en sus oídos: ¡Te doy toda la riqueza que deseas. Para que seas próspero en el mundo!

domingo, 23 de agosto de 2015

EL PECADO DE XOCHIQUÉTZAL



En la parte más alta de los Trece Cielos existió un hermoso lugar llamado Tamoanchán, La Casa del Descenso, donde habían nacido todos los dioses debido a la gracia de Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl. En ese mismo sitio paradisíaco se encontraba Xochitlicacan, El Lugar Donde Crecen Las Flores, donde habitaba la hermosa diosa Xochiquétzal, Flor de Quetzal, junto a su esposo el dios Centéotl.

La diosa de la belleza y del amor vivía sumamente vigilada y nadie podía verla, tan solo las personas que estaban a su servicio que eran enanos y jorobados, quienes tenían como tarea principal entretenerla con música, cantos y bailes, y llevar sus mensajes, en caso de que Xochiquétzal desease comunicarse con alguno de los dioses que moraban en Tamoanchán.

Los días de la joven pasaban tranquilamente dedicados, en su mayoría, a tejer en el telar de cintura exquisitas y suaves telas para sus huipiles.

En Tamoanchán había un árbol sagrado pleno de flores. Nadie podía tocar ninguna de tales flores, so pena de convertirse en un enamorado de la diosa. Un día en que Xochiquétzal estaba tejiendo, llegó hasta ella el dios Tezcatlipoca transformado en un hermoso y colorido pájaro y se atrevió a cortar una flor del árbol.

El dios, con artimañas y de mala manera, la sedujo. Se había transgredido la prohibición de tomar las flores del árbol sagrado.

El árbol, al sentir que le habían arrancado una blanca flor,  se partió por la mitad y se puso a sangrar. Cuando la pareja de dioses supremos Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl, se enteraron del pecado cometido por Xochiquétzal y Tezcatlipoca, los expulsaron de Tamoanchán, junto a todos los dioses que ahí vivían. Unos se fueron a la Tierra y otros al Inframundo.

Xochiquétzal se convirtió en Tlazoltéotl, la diosa de los adúlteros y de las inmundicias, y Tezcatlipoca devino Huehuecóyotl, Coyote Viejo, dios de la danza y el canto.

viernes, 31 de julio de 2015

LOS MASCKOSECES



Los masckoseces fueron unos seres mitad caballo, mitad tortuga, mitad pez. Los masckoseces han vivido su propia leyenda:
Hace mucho tiempo, en el año 1265, una noche de Navidad en el océano pacifico se ahogo un caballo.
Salvado por la tortuga y asesinado por el pez. ¿Quien sabe como un pez ha asesinado a un caballo? Nadie lo sabe...
Se dice que desde ese día nació el masckoses.
Como el espíritu furioso del caballo logro entrar al océano para vengarse del pez. ¿Que tiene que ver con la tortuga? Que el alma valerosa de la tortuga se junto con el caballo.
¿Y el pez? El pez se ha dicho era el Leviatán. Despierto y furioso por los chillidos del Potro, decidió matarlo antes de ser dormido.
Así nació el masckoses. El primero fue llamado: La Venganza.
El masckoses fue creado por la venganza de modo que NUNCA confíes en un masckoses.

jueves, 23 de julio de 2015

EL LEÓN DE SAN JERÓNIMO



Se cuenta que el Señor San Jerónimo, santo patrón de este lugar, tenía un león a su lado; pero la ciudadanía de aquel entonces, empezó a preguntarse el por qué; ya que esto no era correcto en su papel de patrono de pueblo.

Unos afirmaban que debía tenerlo, otros que no, en fin, se pusieron de acuerdo y se lo quitaron.

No se sabe si fue la fe, la superstición o el temor por habérselo quitado, pero se dice que después de algunos días empezó a escucharse el rugido de un león por las noches, y al amanecer se encontraban los restos de animales como perros, borregos, becerros y hasta burros, como indicio de que dicho animal los mataba y se los comía.

Ya la gente no salía cuando empezaba a oscurecer, todo mundo atrancaba las puertas por temor a que el animal entrara a sus casas.

Cuenta un sacristán, que estuvo durante 60 años en este oficio, que él dormía en una pieza que está junto al curato de la Parroquia y que hasta allí oía rugidos del león todas las noches.

Otras personas dicen que era un monstruo que salía de los túneles que se cree tiene el subsuelo de la cabecera municipal, pero sea como fuese, el caso es que a diario aparecía un animal muerto.

Los que le quitaron el león a San Jerónimo, se reunieron y acordaron colocarlo otra vez en el lugar que lo tenía, pues temían que fuera un castigo por habérselo quitado.

Desde que pusieron al león en el lugar donde estaba, no se volvió a aparecer por las noches a causar destrozos, por lo cual el santo volvió a ser venerado como antes.

viernes, 17 de julio de 2015

DON PÁNFILO GARCÍA



Hace muchos años en Tulancingo, Hgo., vivió Don Pánfilo García, un hacendado con mucho poder e inmensa fortuna, "se dice" que tenía pacto con el Demonio.

Él era dueño de 99 haciendas, después de varios intentos por obtener más, se dio cuenta que no le era posible, porque al querer adquirir una más, le pasaba algo a su persona, como cortarse, caerse, etcétera, eso lo orilló a comprarse un rancho, que está en el municipio de Singuilucan, Hgo. ésta nueva propiedad contaba con túneles, pasadizos y cuevas, que solo él conocía y siempre se refugiaba ahí, a tal grado que pasaban semanas sin que se supiera de él, la persona que entraba a buscarlo nunca se le volvía a ver, su propia hija no lo podía encontrar, porque, ni a ella le contaba sus secretos.

Cuentan que Don Pánfilo García era malo y cruel con sus trabajadores, no tenían derecho de faltar a sus labores, ni aún enfermos, porque una falta era motivo de que los echara a los puercos hambrientos que tenía y éstos devoraran a los peones, no escuchaba explicación alguna, y cuando su personal le pedían que les diera una ración más de comida, los encerraba en el cuarto de torturas y los castigaba hasta veinte o más días para que nunca más le volviesen a pedir algo.

Al confesarle su hija que estaba profundamente enamorada de un peón y de su intención de casarse con él, en un arrebato de ira, Don Pánfilo se enfureció tanto que la golpeo y la encerró durante muchos meses.

Al peón, lo mandó traer para torturarlo hasta destrozarlo y, aunque su hija le rogó que le diera Santa Sepultura, su padre no le hizo caso y él dio el cuerpo del enamorado de su hija en partes a los puercos para que fuera devorado, su hija al ver tanta crueldad que en su padre existía, se deprimió tanto, que la orilló a suicidarse.

Pánfilo no pudo con tan gran pena, ya que su hija era lo más que amaba en el mundo, poco tiempo después, enfermó, mandaba traer doctores de muchas partes, éstos al conocer su posible fin, preferían huir, pues si no lo curaban, los arrojaban a los ya famosos puercos.

Cada día que pasaba se enfermaba más y más, todo era de tristeza, hasta que murió dejando una enorme fortuna, de la cual ninguna persona podía tomar ni un centavo ya que los que se atrevieron murieron, después de escuchar el replicar de las campanas por mucho tiempo, el pueblo al fin se pudo reunir para darle una Santa Sepultura, en el momento del salir de la Iglesia cayó una tremenda tormenta, por lo cual se tuvo que esperar por varias horas para seguir el cortejo, cuando iban llegando al cementerio la caja empezó a rechinar con mucha fuerza, los asistentes al sepelio, aunque estaban muy asustados, no se retiraban hasta que lo terminasen de sepultar, y se han llevado tremenda sorpresa, pues cuando lo enterraban, era inmediatamente expulsado el féretro a la superficie, después de varios intentos de enterrarlo, sin tener éxito aún, acordaron entre todo el pueblo, que los peones que le fueron más fieles, lo llevaran a las montañas más lejanas que pudieran, cargando todo su oro, joyas y dinero y así, cargaron varios burros y a Don Pánfilo García lo llevaron en una carreta, después de dejarlo en esos lares, los peones regresarían en los burros, ya que se pretendía enterrarlo con toda su fortuna, dicen, cuando iban en camino, los senderos se abrían y los burros empezaron a caer al vacío, y de la caja, se escuchaban lamentos y rechinidos muy fuertes que se podían escuchar a lo lejos, al llegar al lugar que habían acordado para sepultarlo los peones nunca pudieron abandonarlo para poder regresar y la gente que iba a buscarlos la atacaban y decidieron quedarse junto a su amo como "Ermitaños", después que murieron ellos, quedaron plasmados en piedra y, con cara de horror de lo que seguramente vivieron ven el paso del tiempo.

La zona se encuentra al oriente de Tulancingo, a un lado del cerro El Yolo.

Dicen que parte de su fortuna está enterrada en el jardín de la hacienda Exquitlán, cuidada por los duendes que aún moran en ella, la persona que pueda entrar cuando haya luna llena y a las doce de la noche cave exactamente donde este la sombra de la cruz de la capilla antes de ser devorado por los duendes será el dueño de la fortuna de Don Pánfilo García.

Que los Santos de la capilla están ofrendados al Demonio, pues lo adoraban, hasta los Angelitos en lugar de arpa tienen un trinche y la Virgen esta con las manos en el pecho adorando con la mirada hacia abajo.

domingo, 5 de julio de 2015

CUETLAXÓCHITL, LA FLOR DE NOCHEBUENA



“Y se discute, furia desatada, sobre tu origen, cuando tú eres nuestra. Matriarcal Cuetlaxóchitl, bien amada, solemne y bendecida, fiel Maestra.” 

Esta conocida y bella flor, ha formado parte de nuestra cultura desde hace ya varios siglos, pues se le conocía desde antes del esplendor mexica, etnia tan amante de las plantas y las flores, como podemos constatarlo por los muchos jardines botánicos que crearon para su deleite, y en los cuales cultivaban muy variadas especies llegadas de todas las regiones conocidas por los aztecas.

En efecto, muchas fueron las flores que admiraron nuestros antepasados, algunas las utilizaban como ornato por su natural belleza, otras se emplearon como parte de la terapéutica, y las más, para honrar a los dioses en las múltiples ceremonias que les dedicaban durante el transcurso del calendario festivo.

De entre las muchas flores con que los mexicas contaban, la cuetlaxóchitl destacaba por su elegancia y exquisitez. Su nombre en lengua náhuatl significa “flor que se marchita”, posiblemente aludiendo a lo efímero de su existencia.

Otros etimólogos pretenden que su denominación nos remite a “flor de cuero”, lo cual no es muy probable ya que no se trata de una flor de consistencia dura.

La leyenda nos cuenta que en el norte del territorio de Taxco se daba un arbusto de bellas flores blancas.

Después de una batalla en la cual los mexicas derrotaron a los chontales y los diezmaron, las flores sin razón alguna, se marchitaron, y los vencedores optaron por llamar a la flor “flor que se marchita”.

Cuando llegó el tiempo de la siguiente floración, los arbustos se cubrieron de flores de un hermoso color rojo debido a la sangre derramada por los vencidos chontales.

Ritualmente, la cuetlaxóchitl aparecía en casi todas las fiestas sagradas mexicas; sobre todo en la denominada Tlaxochimaco, del noveno mes y dedicada a Huitzilopochtli, Dios de la Guerra en la cual este ser sagrado se adornaba con guirnaldas, sartales, y collares elaborados con esta flor.

Para los aztecas esta flor simboliza la pureza y la nueva vida que obtenían los guerreros muertos en batalla, pues pensaban que  tenían la facultad de regresar a la Tierra en forma de mariposas o colibríes para chupar el néctar de la cuetlaxóchitl.

Por esta razón, se la ponía en las ofrendas mortuorias dedicadas a los guerreros muertos en el cumplimiento de su deber.

A la llegada de los españoles, la flor adquirió el nombre con el que la conocemos actualmente y perdió el dulce apelativo náhuatl.

Se convirtió en la Flor de Noche Buena, precisamente porque se daba en mayor cantidad en los meses cercanos a la Natividad del Señor.

Su nombre científico es Eupherbia Pulcherrima. Se trata de un arbusto lechoso de la familia de las Euphorbiáceas que puede llegar a medir hasta seis metros de altura.

Presenta grandes hojas y flores cupuliformes, amarillas y pequeñas, a las que cubren brácteas de color rojo intenso, aunque algunas veces pueden ser blancas, amarillas y de color salmón.

Esta flor invernal, originaria de un poblado llamado Cuetlaxochitlán, cercano a Taxco y ahora desaparecido, crece en clima cálido durante los meses de noviembre y diciembre, por lo que durante los primeros tiempos de la etapa colonial, los frailes la emplearon para adornar las iglesias y los belenes, aprovechando su anterior uso ritual y adaptándolo a la nueva religión.

Una leyenda relata que una muy pobre pequeña niña se encontraba llorando cerca de una iglesia en la Noche Buena, porque no tenía ningún regalo que ofrendar a la Virgen María y al Niño Dios.

Un ángel la vio desde el Cielo y se le acercó para indicarle que recogiese hierbas que se daban en el camino y las llevase al altar de la Virgen.

La pequeña obedeció. Cuando colocó las hierbas en el altar se convirtieron en bellísimas flores de un rojo intenso que hicieron felices a la niña, la Virgen María y el Niño Jesús.

Otra leyenda da fe de que en un pueblo montañés un cura dio el encargo a una pobre mujer de tejer una manta para tapar al Niño Dios el 24 de diciembre.

Pero la mujer enfermó gravemente, y su hijita de diez años se acomidió a ayudarla. En su torpeza a la niña se le enredaban todos los hilos del telar y no logró tejar la tela.

Cuando el plazo se cumplió, la niña lloraba angustiada detrás de un arbusto por no haber cumplido con el encargo.

Una viejita se le apareció y le aconsejó que cortara algunas ramas del arbusto y las llevase al altar de Jesús.

La llorosa niña hizo lo que le ordenaba la anciana señora.

Cuando puso las ramas en el florero, se llenaron de maravillosas flores en forma de estrella que pudo obsequiar al Niño.

Al salir de la iglesia, se percató de que todas las secas ramas de los arbustos del camino estaban llenas de maravillosas flores rojas como la sangre.

En el siglo XIX, Joel Poinsett, primer embajador norteamericano en México, la llevó a su país, específicamente a Charleston, donde pronto se aclimató y pudo comercializarla por todos los estados de la Unión Americana.

Más tarde, introdujo la flor en Europa, donde gustó mucho. Poinsett nunca mencionó que se trataba de una flor mexicana, y durante mucho tiempo se creyó que era una flor norteamericana, e incluso se la conoce con el nombre de Ponsetia.

La Cuetlaxóchitl, la Flor de Noche Buena y la Ponsetia, comparten otros nombres. Se la llama Flor de Pascua, Flor de Fuego, Santa Catarina, Catalina, y Bandera. En los Estados Unidos se la denomina Chistmas Flower, y en Argentina se la conoce como Estrella Federal, santo y seña de los republicanos que pelearon contra los colonialistas españoles. 

Además de ser bella, ritual y patriótica la cuetlaxóchitl también tiene propiedades terapéuticas.

Tomada en infusión produce más leche en las mujeres que están amamantando, pero debe ser dosificada adecuadamente, porque de lo contrario es peligrosa.

Las brácteas mezcladas con octli, se usan para teñir telas y cuero, con las que se obtiene un color rojo escarlata.

El jugo de los tallos se puede usar como depilatorio.

Con la flor se preparan cataplasma y fomentos contra la erisipela y algunas enfermedades de la piel  como los granitos que padecen muchos adolescentes.

sábado, 4 de julio de 2015

HUIXTOCÍHUATL, LA INVENTORA DE LA SAL



Nuestros abuelos mexicas idolatraron a Huixtocíhuatl, Mujer de Huixtotlan, como la diosa de los comerciantes de la sal y de las mujeres de la vida airada. Solían la relacionar con los lagos y los mares donde existen salinas. Asimismo, la veneraron como una de las diosas de la fertilidad.

Fue una hermosa divinidad acuática, cuyos colores simbólicos fueron el azul y el blanco, hermana del dios de la lluvia Tláloc, y de sus ayudantes los Tlaloques.

Contrajo nupcias con Tezcatlipoca, el Espejo Humeante, Señor del Cielo y de la Tierra. 

Vestía nuestra diosa huipil decorado con olas de agua  con chalchihuites bordados –piedra semi preciosa verde-  más una falda, o enredo, a juego. Pintada su cara  de color amarillo. Portaba orejeras de oro puro, gorro de papel con plumas de quetzal, y sandalias con pequeñas campanas de plata.

En las manos sostenía un escudo decorado con una flor acuática elaborada con hojas de la hierba llamada atlacuezona, Nymphaea Ampla, del escudo colgaban plumas de papagayo rematadas en flecos recamados con flores hechas con plumas de águila. En el tobillo Huixtocíhuatl lucía cascabeles de oro y caracolitos blancos de reluciente plata.

La diosa de la Sal habitaba en el Cuarto Cielo –de los trece existentes surgidos de la cabeza de Cipactli, el cocodrilo que mató Quetzalcóatl para crear la Tierra- llamado Ilhuícatl Huitztlan, el Cielo de la Estrella Grande, donde se movían la estrella Venus, Citlalpol; la Luna, las estrellas, el Sol y los cometas; y donde moraba Quetzalcóatl bajo la advocación de Tlahuizcalpantecuhtli, El Señor del Lucero de la Mañana.

Contaban los narradores de leyendas mexicas que por haber peleado con sus hermanos los dioses de la lluvia, Huixtocíhuatl fue desterrada por ellos y enviada a vivir a las costas donde había aguas salinas.

Llegada a su destino, se abocó a inventar la sal, o mejor, a substraerla en tinajas, procesarla, y obtener los granos para poder ser consumidos como condimento de los alimentos.

Nuestra venerada diosa enseñó a los mexicas cómo embalar la sal, gruesa o fina, en pequeños costales de cuatrocientos cántaros de sal cada uno, en forma de blancos panes redondos o alargados, muy limpios carentes de cualquier suciedad o arena. Pero las dádivas de la divinidad a los indígenas no quedaron ahí, sino que les enseñó a curar las postemas abscesos de pus supurantes con orines, hierbas y sal llamada iztaúhyatl; y a emplearla como preservativo, como sustancia pulidora de metales, y de los dientes, a los cuales quita el horrible sarro.

A la diosa de la Sal se le festejaba en el séptimo mes del calendario llamado  Tecuilhuitontli, Pequeña Fiesta de los Señores, del 2 de junio al 21 de junio. En tal ceremonia, se le sacrificaba una mujer que debía vestir los mismos atavíos que la diosa.

Desde temprano, todas las mujeres cantaban y bailaban en derredor de la doncella elegida para el sacrificio, asidas a una liana de flores, la xochimécatl. En sus cabezas, lucían coronas elaboradas con la yerba denominada iztauhyatl, “agua de la deidad de la sal”, conocida por nosotros como estafiate, la cual despedía cautivantes olores, además de curar el hígado. Los pocos hombres que solían acompañar a las danzarinas, portaban flores de cempaxúchitl, la sagrada flor de los muertos.

Toda la noche duraban las danzas y los cánticos en honor a la diosa de la sal; iban las bailarinas guiadas por ancianos capitanes que dirigían los cantos y las danzas. La doncella que representaba a la diosa danzaba en medio de las otras bailarinas; por delante de ella iba un anciano que portaba en las manos un hermoso plumaje llamado uixtopetlácotl.

Todas estas danzas y cantos duraban diez días, empezaban por la mañana y terminaban a la medianoche. Al llegar la mañana del último día, los sacerdotes llevaban a cabo una fiesta y un baile llevando en las manos grandes flores amarillas, las ya nombradas cempaxúchitl.

Durante la última festividad, que duraba todo el día, llevaban al templo de Tláloc hombres cautivos que serían sacrificados a lo largo de la celebración: los esclavos llamados uixtotin, quienes lucían papeles en el cuello y un colorido plumaje de águila en la cabeza, a la manera de una pata de águila con las garras hacia arriba.

Cuando acababa el día, llegaba la hora del sacrificio de la mujer que personificaba a la deidad.

Subían la a lo alto del templo de Tláloc seguida de los esclavos destinados a morir en primer lugar. Llegado el turno de la “diosa”, cinco jóvenes le sostenían los pies, las manos y la cabeza sobre la piedra de sacrificios.

Un sacerdote le abría el pecho y le sacaba el palpitante corazón, el cual depositaba en una jícara, chalchiuhxicalli, y lo ofrecía a Tonatiuh, el dios Sol, al tiempo que se escuchaba la música de caracoles y tambores.

La fiesta terminaba con una gran comilona rociada de pulque y otras bebidas, que las personas efectuaban en sus casas de los diferentes barrios que componían la limpia y hermosa ciudad de Mexico-Tenochtitlan.

viernes, 26 de junio de 2015

LOS OCHO PRESAGIOS DE LA CONQUISTA DE TENOCHTITLÁN



Una parte del Códice Florentino relata que alrededor de unos diez  antes de la conquista de Mexico-Tenochtitlan por los invasores españoles acaecida en el año de 1521, ocurrieron varios sucesos o presagios, que anunciaron el cataclismo histórico y cultural que habría de ocurrir y afectar no sólo a la cultura del grupo hegemónico, sino a todas aquéllas que integraban lo que actualmente llamamos el territorio mexicano, entonces bajo la égida de los mexicas.

Tales presagios fueron recopilados por el fraile Bernardino de Sahagún en su estupenda obra Historia general de las cosas de la Nueva España.

El primero de dichos presagios da cuenta de la aparición de un gran cometa que se vio hacia la parte oriental de Tenochtitlán. Se trataba de una llama de fuego resplandeciente que echaba muchas centellas.

Tenía forma piramidal, pues lo ancho de su base se iba agostando en la parte superior. Este cometa aparecía después de la media noche y duraba visible hasta por la mañana, ya que la luz del Sol lo tornaba invisible.

Cuando aparecía causaba desasosiego entre los indios que le veían, quienes espantados proferían muchos gritos de miedo, pues creían que era un anuncio de grandes calamidades por venir.

A decir del fraile: …a esta tierra apareció en el cielo una cosa maravillosa y espantosa, y es, que apareció una llama de fuego muy grande y muy resplandeciente: parecía que estaba tendida en el mismo cielo, era ancha de la parte de abajo, y de la parte de arriba aguda, como cuando el fuego arde… 

El segundo presagio sucedió en el templo dedicado al dios tutelar Huitzilopochtli, Colibrí Zurdo, el dios principal del panteón azteca, el cual se incendió de repente y sin causa aparente.

Las llamas salían del adoratorio sin que el agua que los sacerdotes le echaban consiguiera poner fin a fuego tan pertinaz, por el contrario, al contacto con el líquido las llamas se engrandecían.

El templo se destruyó: …fue que el capitel de un cu de Vitzilopuchtli, que se llamaba Totleco, se incendió milagrosamente y se quemó; parecía que las llamas de fuego salían de dentro de los maderos de las columnas, y muy de presto se hizo ceniza…

El tercer presagio tuvo lugar cuando un rayo mudo cayó en el techo de paja del templo dedicado al dios Xiuhtecutli, el cual se destruyó completamente: …fue que cayó un rayo sobre el cu… el cual estaba techado con paja, llamábase Tzumulco: espantáronse de esto porque no llovió sino agua muy menuda, que no suele caer rayos cuando así llueve, ni hubo tronido, sino que no saben cómo se incendió.

El cuarto presagio se dio por medio de un cometa que cruzó de occidente a oriente, regando grandes fuegos y centellas.

Su cola era muy larga, al verla los indios gritaron aterrorizados: …fue que de día haciendo sol cayó una cometa, parecían tres estrellas juntas que corrían a la par muy encendidas y llevaban muy grandes colas… iban echando centellas de sí: de que la gente las vio comenzaron a dar gritos…

Repentinamente, el lago de Tenochtitlán se levantó como si hirviera, pesar de que no soplaba aire alguno. Una enorme tempestad se formó en la laguna, y las olas furiosas acabaron con las casas que pudieron.

Este fue el quinto presagio: …fue que se levantó la mar, o laguna de México con grandes olas: parecía que hervía, sin hacer aire ninguno, la cual nunca se suele levantar sin gran viento: llegaron las olas muy lejos y entraron entre las casas, sacudían en los cimientos de las casas, algunas de estas cayeron: fue grande espanto de todos por ver que sin aire se habían embravecido de tal manera el agua.

Pasado dicho acontecimiento, se escuchó por toda la ciudad la voz de una mujer que al tiempo que lloraba decía: ¡Oh, hijos míos, ¿a dónde os llevaré?

Este fue el augurio número seis: …fue que se oyó de noche en el aire una voz de mujer que decía: ¡Oh, hijos míos, ya nos perdimos, a dónde os llevaré!

Unos pescadores que se encontraban trabajando, pescaron en su red un pájaro del tamaño y color de un águila, la cual portaba en medio de la cabeza un espejo. Llevaron  tan extraña ave al Huey Tlatoani Moctezuma, pasado el mediodía, cuando se encontraba en una sala de su palacio, Moctezuma se fijó en el espejo redondo y pulido, y vio que llevaba estrellas llamadas mamalhuaztin.

Ante su vista, el emperador se asustó y dejó de ver el espejo; pero la curiosidad fue más grande y reincidió; cual no sería su espanto cuando vio reflejado en él a jinetes armados que galopaban frenéticamente. El miedo del rey no tuvo límites. Fuera de sí, recurrió a sus astrólogos, sacerdotes y sabios a  quienes preguntó el significado de aquella extraña visión. Pero gente tan sabia se quedó sin respuesta: nadie supo de qué se trataba. Así se cumplió el presagio número siete: …tenía esta ave en medio de la cabeza un espejo redondo, donde se parecía el cielo, y las estrellas, y especialmente los mastelejos (cierta clase de estrellas) que andan cerca de las cabrillas signo del Toro: como la vio Moctezuma espantóse, y la segunda vez que miró… vio muchedumbre de gente que venían todos armados encima de caballos, y luego Moctezuma mandó llamar a los agoreros y adivinos…

El último augurio, el octavo, ocurrió cuando aparecieron hombres de dos cabezas. Se los llevaron a Moctezuma, tan amante de los fenómenos.

Una vez que fueron vistos por el Tlatoani mayor, los hombres de dos cabezas desaparecieron:

La octava señal o pronóstico, fue que aparecieron muchas veces monstruos de cuerpos monstruosos, llevándolos a Moctezuma, y en viéndolos, luego desaparecían.