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martes, 8 de noviembre de 2016

CATARINA DE SAN JUAN



Cuenta una leyenda que la famosa China Poblana fue una esclava de noble estirpe procedente de la India donde vivió una parte de su niñez. Sus padres le habían puesto el nombre de Mirra (o Mirrah). Siendo todavía una niña, unos piratas portugueses la raptaron en la playa, donde la pequeña solía jugar recogiendo conchas y caracolas. Los malvados piratas la llevaron a la Ciudad de Cochín, en el estado hindú de Kerala, de donde Mirra escapó a los piratas ladronzuelos, para refugiarse en una misión jesuita donde la convirtieron al cristianismo y la bautizaron con el nombre de Catarina de San Juan. Pero para su desgracia los piratas la volvieron a raptar y la entregaron a un mercader en Manila que la llevó hasta tierras de la Nueva España. Al llegar a Acapulco, fue vendida a don Miguel de Sosa, poblano de profesión comerciante en lugar de entregarla a don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y virrey de la Nueva España en el período 1621-1624, quien, con anterioridad la había encargado para ponerla a su servicio. Don Miguel pagó diez veces el valor de lo que el marqués de Gelves ofreciera por la muchacha.
A Catarina toda la familia de don Miguel de Sosa  la llamaba “chinita”, porque así se usaba llamar de cariño a las sirvientas jóvenes de aquellos tiempos. Todos la querían y era entre sirvienta y ahijada, pues don Miguel  carecía de hijos en quien depositar su amor. En esa casa aprendió el idioma español, pero nunca supo leer ni escribir, no se sabe el porqué; también aprendió a bordar con hilos de seda y a cocinar los diversos platillos mexicanos de la época. Sobresalía por su hermosura y por su peculiar manera de lucir su especial ropa que en un principio debió ser similar al sari de las mujeres hindúes.
Al poco tiempo de vivir con la familia Sosa, en el año de 1624 don Miguel murió, pero por voluntad testamentaria le otorgó la libertad a Mirra, quien quedó libre pero muy pobre. En estas condiciones vivió por un tiempo en la Ciudad de Puebla, hasta que se casó con un esclavo llamado Domingo Juárez perteneciente a la casta de los “chinos” (morisco con española). La pareja vivía en el curato del padre Pedro Suárez, donde Domingo ejercía las tareas necesarias para mantener limpia la iglesia. Catarina lavaba ropa y hacía panecillos para las fiestas eclesiásticas, y tabletas de chocolate que el padre regalaba a los niños que acudían al catecismo. No mucho tiempo después de casada, Domingo murió en la ciudad de Veracruz, y Catarina quedó sola. Para ganarse la vida, la “chinita” hacía enaguas y faldas que vendía en los mercados. En toda Puebla se la conocía como una santa, pues se convirtió en una curandera asombrosa empleando un agua milagrosa que preparaba con agua bendita y cuerno de unicornio.
Poco después, movida por su extraordinaria fe, Catarina ingresó como monja en un convento donde se convirtió en visionaria al afirmar que veía a la Virgen de Guadalupe acompañada de ángeles, que jugaba con el Niño Jesús, que hablaba con una escultura de Jesucristo, y que los unos demonios la acosaban continuamente. A su muerte, en la casa de Hipólito del Castillo y Altra, acaecida el 5 de enero de 1688, a los ochenta y dos años de edad,  se la enterró en el atrio del Templo de la Compañía de Jesús, en la conocida Tumba de la China Poblana. Su testamento enumera las humildes cosas que dejó:
Declaro por mis bienes, los siguientes: un niño Jhs, Pequeñito de talla y seis cuadritos ordinarios colgados en las paredes de mi cuarto. –Una cazuela –Dos o tres libritos de devoción –La ropa de mi uso y ruego al padre Alonso ramos, mi confesor de la religión Sagrada de la Compañía de Jesús y conventual de dicho Colegio, la distribuya y convierta en limosnas entre pobres y para cumplir y ejecutar este mi testamento, en manadas y legados, dejo y nombro por mis albaceas testamentos al dicho padre Alonso Ramos y al bachiller José del Castillo Grajeda, Presbítero y al Capitán don Hipólito del Castillo de Altra.
A la China Poblana se le atribuye el haber creado uno de los trajes típicos de México, aun cuando para algunos investigadores no existe ninguna relación entre el traje de las “chinas” y Catarina de San Juan. Del vestido original de esta dama no quedó ninguna descripción fidedigna, pero la leyenda se la representa vestida de manera muy similar al traje que solían lucir las cortesanas gachupinas, o sea las criollas de los principios del siglo XIX. Así pues, aunque desplazado unos cuantos siglos, el traje de la China Poblana constaba de una camisa de cuello cuadrado, blanca, deshilada, y bordada con hilo de  seda y con chaquiras formando dibujos geométricos y florales. La enagua o castor (tela con la que estaba elaborada y que se empleaba para confeccionar la ropa de las criadas indígenas de casas pudientes) estaba ricamente bordada con canutillo, lentejuela y “camarones” a la manera de la blusa. Debajo de la falda, asomaban unos por abajos (ropa interior que equivale al fondo o combinación) con puntas enchiladas; o sea, que todo el borde estaba adornado con hermosos encajes terminados en pico y que sobresalían de la falda. A fin de sostener el castor y el por abajos, las “chinas” portaban una fajilla en la cintura tejida con la técnica de brocado, podía estar bordada o no, según el gusto de la usuaria. Por supuesto que no podía faltar el rebozo de bolita hecho con seda, con largo y hermoso rapacejo (fleco) anudado preciosa y hábilmente, que servía para cubrir a las “chinas” del frío, a la vez que para lucir hermosas y galanas. Solíase acompañar el traje con una mascada de seda, y relucientes zapatos de raso bordados con hilos de seda. Por supuesto que la China Poblana portaba aretes, pulseras, collares, anillos y demás abalorios, para completar tan barroco atuendo.
La palabra “china” que se le aplicaba a tan santa dama según algunos investigadores proviene de que Catarina era mogola; es decir originaria del Imperio Mongol de la India, estado islámico del subcontinente indio; razón por la cual, los poblanos empezaron a aplicarle el mote de “china” que, por extensión, en México se ha empleado para designar, erróneamente, a todos los orientales. Pero también se dice que Catarina al casarse con el esclavo Domingo Juárez quien como hemos visto pertenecía a una de las castas denominada “china”, recibió de refilón el mote de “china”; versión que parece ser la más acertada.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL ÁGUILA REAL MEXICA



Haciendo círculos de jade está tendida la ciudad, irradiando rayos de luz cual pluma de quetzal está aquí México… el lugar en que grita el águila, se despliega y come, el lugar en que nada el pez, el lugar en que es desagarrada la serpiente, México-Tenochtitlán.

Universalmente, el águila ha sido símbolo celeste, ave de luz y de iluminación, de la altitud y la profundidad del aire, debido a su capacidad de elevarse por encima de las nubes y acercarse al sol. Es encarnación del propio astro y del fuego, porque, además de su plumaje dorado, se cree que puede mirar fijamente al sol que, a su vez, es "el ojo que todo lo ve", la inteligencia, la racionalidad. Su vuelo descendente significa el caer de la luz sobre la tierra, el advenimiento de la energía vital. Y con las alas extendidas, el águila es símbolo de la cruz, que delimita los cuatro rumbos cósmicos y constituye, ella misma, el eje del mundo.

La dualidad del águila y la serpiente, que se encuentra en múltiples culturas, significa la del cielo y la tierra. Ambos son animales poderosos que representan la fuerza y la penetración, por la agudeza de su visión. Unidos, simbolizan los poderes cósmicos sagrados entre los cuales habita el hombre y alimentan su propio poder.

Estas significaciones universales del águila, y otras más, se encuentran en los pueblos mesoamericanos prehispánicos, y nos explican por qué ha sido el símbolo por excelencia de los mexicas, el más poderoso de los grupos nahuas del Altiplano Central, y también por qué se ha conservado como símbolo esencial de nuestra nación.

El águila que encarnó los valores del pueblo mexica fue el águila real o águila dorada, que habita en Eurasia y Norteamérica; en México se le encuentra desde Baja California, Sonora y Nuevo León hasta Hidalgo y Michoacán, en montañas abiertas, laderas, cañadas y praderas.

Esta ave, extraordinaria y magnífica, con las alas desplegadas mide más de dos metros, y una longitud de pico a cola entre los 80 y 90 cm. Su color es café oscuro, con un tono dorado en la parte posterior del cuelo. Su voz, que es un fuerte grito, rara vez se escucha.

Entre las cualidades más notables del águila real se halla su vuelo sereno y majestuoso. Se desplaza en círculos, planeando y remontándose hasta alcanzar grandes alturas. Su vuelo normal es entre 65 y 90 km por hora, pero puede lograr una velocidad de 200 km por hora en picada, cuando va en pos de una presa, cuando juega y en sus vuelos de cortejo. El águila real es monógama. De su nidada, generalmente sólo sobreviven uno o dos polluelos, debido a la escasez de alimento, pequeños mamíferos, aves y serpientes y la diferencia de fechas de la eclosión del huevo. El pollo permanece mucho tiempo en el nido, y cuando ya puede volar, los padres le enseñan a cazar, pues carecen del instinto para ello. Un dato extraordinario es que los padres eligen presas que son abundantes y así nunca eliminar de su territorio a las especies que les permiten sobrevivir, lo cual contribuye al equilibrio natural.

Por sus extraordinarias cualidades biológicas, el águila se halla en la cumbre de la pirámide de las cadenas alimenticias; es decir, no es una presa asequible para otros depredadores, salvo del hombre, que así como la admira y ha hecho de ella símbolo y emblema de cualidades, tanto naturales como sagradas, la ha perseguido, matándola por diversos medios y arrasando su hábitat: ya no vemos a las hermosas águilas posadas sobre los grandes árboles porque éstos ya no existe.

En la historia que conservamos de los mexicas, escrita durante la época el gran consejero Tlacaélel, para presentar a este pueblo como una gran nación dominadora, con una trayectoria histórica única y excepcional, encontramos al águila como símbolo de la identidad y epifanía del dios solar Huitzilopochtli, pues los valores mexicas fundamentales fueron precisamente los que el águila encarna: la fuerza, el poderío, el dominio sobre los otros, el afán de ocupar el sitio central en el cosmos, como el sol.

Para los mexicas, el águila representó, principalmente, el carácter guerrero concebido como misión encomendada por los dioses, la fuerza, la agresividad, la valentía, el dominio del espacio. Simbolizó la muerte sagrada que genera la vida del universo, el auto sacrificio del hombre para sustentar a los dioses con su propia sangre.

Entre los múltiples mitos que se entretejen con la historia mexica, están los que relatan la lucha del Sol, Huitzilopochtli, contra sus hermanos, la luna y las estrellas, de la que el Sol resulta triunfador, surgiendo cada mañana como Cuautleuánitl, "el águila que asciende", y desapareciendo en el poniente como Cuauhtémoc, "el águila que desciende". En su paso por el inframundo, el Sol se convierte en ocelote. Así, sus dos epifanías animales son el águila y el ocelote, que encarnan los contrarios cósmicos: luz y oscuridad, día y noche, vida y muerte, razón e irracionalidad. Por eso, los guerreros del Sol son señores águila y señores ocelote.

Todos los días se repite el combate sagrado, pero ello no es algo estable, sino que puede no ocurrir de no mantener al Sol fuerte y sano alimentándolo con el líquido sagrado, energía vital por excelencia, que es la sangre del hombre, el chalchíhuatl, "líquido precioso", que ofrece al dios en reciprocidad por su propia vida.

Múltiples son los relatos mítico-históricos el momento en que la tribu mexica llega al islote en el lago de Texcoco y fundada la ciudad de México. El sitio les fue revelado por su dios-caudillo Huitzilopochtli con el símbolo de un águila erguida, con las alas extendidas hacia el sol, tomando el fresco de la mañana y comiendo un pájaro.4 Estaba posada sobre un tenochtli  o nopal de tunas rojas, duras como las piedras, que emergía del corazón de Cópil, sobrino de Huitzilopochtli, quien había sido sacrificado por éste. Los mexicas erigieron ahí un pequeño oratorio en el año 2 Casa (1325 d.C.), que se convertiría en el corazón de la gran ciudad, llamada Tenochtitlán.

En ese mismo sitio hallaron un río de agua roja como sangre que se dividía en dos arroyos, uno rojo y el otro completamente azul. Este río dual representa el fuego y el agua, elementos sagrados que, unidos, forman el símbolo Atl tlachinolli, "Agua quemada", que representó la guerra sagrada.

En este mito convergen múltiples símbolos religiosos universales. En muchos pueblos se cree que el águila posee poder de rejuvenecimiento porque se expone al sol, y cuando su plumaje está ardiente, se sumerge en el agua pura y vuelve a encontrar una nueva juventud. Este es un símbolo iniciático, pues la iniciación incluye ritos de paso por agua y por fuego. Y son precisamente esos elementos los que conforman el símbolo mexica atl tlachinilli.

Entre las múltiples obras plásticas que corroboran los datos de las fuentes escritas está la escultura llamada "Teocali de la guerra sagrada", donde se representa el águila sobre el nopal, de cuyo pico sale el atl tlachinolli, y el gran huehuetl o tambor de madera de Malinalco, una obra de arte excepcional, donde quedó plasmado el concepto mexica de la guerra sagrada de imágenes de los señores águila y ocelote, como iniciados que reciben los poderes sagrados del Sol.

Otro símbolo básico del mito de la fundación de Tenochtitlán es el del centro del mundo o axis mundi. El hecho de que el primer cuauhnochtli, "tuna del águila", como se llamaba a los corazones ofrecidos al Sol, sea el centro de la ciudad de México, conlleva la significación de que la ciudad se cimentó en el sacrificio humano. Pero, además, el corazón como fundamento del nopal indica su carácter de axis mundi, concordando con el simbolismo universal del corazón como centro que hallamos en otras culturas mesoamericanas.

Una de las más notables representaciones del nopal con el águila, como centro del universo, es la que se observa en la página I del Códice Mendoza, donde la figura está en el centro de una cruz que señala tanto los cuatro sectores de Tenochtitlán, como los cuatro rumbos del cosmos, idea que sin duda inspiró la construcción de la ciudad. Para los mexicas, como para muchos otros pueblos, su ciudad está en el centro del mundo.

Así, el águila, elevándose hacia el sol con las alas extendidas, como la gran cruz cósmica, como el centro del universo, se instituye como símbolo del pueblo mexica. El águila es el ser que dará a los guerreros la sacralidad para realizar la xochiyaóyotl, "guerra florida", y obtener los prisioneros que han de alimentar al dios supremo, "por quien todo vive", como dicen los cantares.

Pero el esplendor del pueblo tenochca habría de terminar. Como se pone el sol en el ocaso, convertido en Cuauhtémoc, "el águila que desciende", para internarse en el reino de la muerte, los mexicas, y con ellos todos los pueblos mesoamericanos, caen bajo el yugo colonizador europeo para no volver a levantarse. Del pueblo del Sol, del pueblo del águila real, sólo quedaría el símbolo, representando a una nueva nación.

Con una significación trascendente e inexplicable para nosotros, el último emperador mexica se llamó precisamente Cuauhtémoc, y como lo narran los Anales de Tlatelolco, entre otras fuentes, fue el último representante del valor y la grandeza tenochca, pues luchó sin tregua hasta ser ejecutado después de su cautiverio.
Después de 1521, y bajo el nuevo orden colonial, se crean nuevos símbolos para representar a la naciente sociedad novohispana. Las representaciones de águilas relacionadas con el cristianismo y la heráldica española, que muchas veces son bicéfalas, fueron las más comunes en esta época, encontrándose incluso en expresiones artísticas nativas, como en el Palacio de Justicia de Tlaxcala y en el Códice Techialoyan García Granados. Muchas veces, el águila acompaña a la Virgen de Guadalupe, pues en la iconografía católica el águila es mensajera del cielo, emblema de la Ascensión y de la plegaria, de la resurrección de Cristo y símbolo de varios santos, como san Juan Evangelista.
En cuanto al águila mexica, ésta siguió siendo un emblema popular, y a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se encuentran más ejemplos iconográficos de águilas vinculadas a la fundación de la ciudad de México, y proliferan motivos como piedras (símbolo del corazón), serpientes y nopales, que hablan de una mayor libertad para acercarse al pasado indígena. Ello, dice Xavier Noguez, "podría estar anunciando un sentimiento nacionalista que culminaría con el inicio del movimiento armado, a principios del siglo siguiente".
Los primeros caudillos de la Independencia adoptaron, a diferencia de la imagen Guadalupana que enarboló Hidalgo, el águila devorando a una serpiente que representaba un México recuperado, el anterior a la llegada de los españoles, y por ello más legítimo, "aunque no fuera cristiano y no hablara español", dice Noguez. Así, en ese momento encontramos unidos a la Virgen de Guadalupe y al águila, como símbolos nacionales.
Morelos, en 1811, por primera vez incluye un águila en los pendones independistas, y al consumarse la independencia aparece la "Bandera de Iguala de las Tres Garantías" (1821), donde ya se usaron los colores actuales, aunque dispuestos diagonalmente, acompañados de una estrella. Agustín de Iturbide ordenó que las franjas de la bandera quedaran en sentido vertical, y que al centro se colocara un águila coronada sobre un nopal y sin serpiente, como símbolo del primer imperio mexicano.
Pero esta versión duró poco. En 1823, y como una de las resoluciones del primer Congreso Constituyente, se ordena rediseñar el escudo nacional: el águila pierde la corona y gana la serpiente, dice Noguez.
Utilizando las fuentes históricas escritas y los códices pintados en las primeras décadas después de la conquista, se diseñó el primer escudo republicano. Uno de los modelos principales fue el dibujo de fray Diego de Durán, que hemos mencionado antes, donde vemos al águila de perfil sujetando a la serpiente, la piedra de donde brota el tunal de tunas rojas, el medio acuático del lago y cinco de los caudillos mexicas que presenciaron la manifestación sagrada.
A partir de la tercera década del siglo pasado, y hasta nuestros días, el águila se mantendrá como el símbolo de la nueva nación, en medio de varios cambios, de acuerdo con los aires políticos del momento; por ejemplo, Porfirio Díaz ordenó que el águila se representara de frente con las alas abiertas, a la moda francesa. Fue hasta 1916 cuando Venustiano Carranza tomó como modelo el escudo de la primera bandera republicana, y promovió cambios que permanecen hasta nuestros días: el águila de perfil mirando hacia la izquierda y la inserción del texto "Estados Unidos Mexicanos". Actualmente está en vigencia una ley sobre el escudo, la bandera y el himno nacionales, que entró en vigor en febrero de 1984, donde se describe en detalle la forma en que se debe representar el águila.
Así, el águila real, ese ser extraordinario, ha sido símbolo de la identidad mexicana desde su origen, porque ha representado los ideales y valores que sustentaron la fundación de Tenochtitlán y la Independencia de México, otorgándole su carácter de nación soberana.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

CUANDO EL INDÍGENA DESCANSA



Estaba un grupo de turistas gringos recorriendo un poblado rústico mexicano; en eso uno de ellos ve a un campesino tirado a la sombra de un árbol descansando.

El gringo se le acerca y le busca conversación:

Hola amigo, ¿Cómo estar tú?

Muy bien jefe, aquí descansando.

Dígame, por qué usted no trabajar más por sus tierras.

¿Y para qué?

Para tener grandes cosechas y vender más.

¿Y para qué?

Así tú poder ganar más dinero y comprar ganado.

¿Y para qué?

Con el ganado hacer reproducir y vender y ganar más dinero.

¿Y para qué?

Para tener una casa bonito y vivir tranquilo y descansar.

¿Y qué estoy haciendo?

lunes, 19 de septiembre de 2016

LAS POSADAS



Las Nueve Jornadas, como también se conoce a las Posadas, se inician el 16 de diciembre y terminan el 24 del mismo mes. Según la tradición popular, las posadas simbolizan los nueve meses de embarazo de la Virgen María. Estas fiestas rituales tuvieron su origen en las antiguas Misas de Aguinaldo, denominadas de aguinaldo, porque se ofrecían a las personas como un obsequio de Navidad. Dichas misas se acompañaban con cantos de villancicos alusivos al nacimiento del Niño Dios.
Las Misas de Aguinaldo se efectuaron por primera vez en nuestro país en el poblado de San Agustín Acolman, Estado de México, gracias a que fray Diego de Soria, monje evangelizador y prior del convento de San Agustín, consiguió del Papa Sixto V una Bula; es decir, un permiso para celebrar en la Nueva España tal liturgia, con el propósito de mejor adoctrinar a los naturales de las nuevas tierras conquistadas. Una vez obtenido el permiso papal, se iniciaron las misas que comprendían un período de nueve días, exactamente igual al número de días que antecedía a los preparativos a que se sometían los esclavos que serían sacrificados a Huitzilopochtli el 25 de diciembre. Al respecto el historiador Germán Andrade Labastida nos informa:
…durante los mismos días que los aztecas usaban para sus fiestas de Navidad, los frailes hacían con personas vestidas de determinada manera, con trajes que recordaban a los de la época de Vespasiano y de Tiberio, caracterizando personajes de aquel entonces, una representación de cada uno de los nueve días anteriores al 25 de diciembre, las diferentes jornadas que hicieron de Nazareth a Belén el patriarca José… con su esposa María…dando origen a las fiestas caseras conocidas con el nombre de posadas.
Efectivamente, para dar cumplimiento a una orden del emperador de Roma César Augusto, todos los habitantes de Judea, entre ellos José y María, acudieron a Belén para ser censados. Al encontrar los albergues ocupados dado el exceso de peregrinos, tuvieron que refugiarse en un pesebre, donde nació, a la medianoche, Jesús el Cristo, para ser adorado por reyes y pastores.
Pasado el tiempo, las Misas de Aguinaldo se fueron propagando por todos los rincones de la Nueva España, y se acompañaron con música ejecutada con instrumentos prehispánicos como las sonajas y las huíjolas o silbatos, y con instrumentos hispanos como las campanitas y los panderos. Ya para 1554, los festejos y las Posadas navideñas eran cosa corriente en la Ciudad de México. Poco a poco, abandonaron las iglesias y los atrios rumbo a las haciendas con capilla, donde eran celebradas por los campesinos bajo el consentimiento de los hacendados. Posteriormente, llegaron a las casas de familias adineradas, para terminar en las vecindades de barriada donde adquirieron un profundo carácter popular. En las casas se reunían los dueños con sus amistades para rezar y conmemorar las jornadas precursoras al nacimiento de Cristo. Terminadas las oraciones y los cantos, se repartían pequeños juguetes llenos de dulces; y para los niños se ponían confites, cacahuates y frutas del tiempo en una olla adornada con papel de China y que, alborozados, rompían con los ojos vendados.
En el siglo XIX, las Posadas se habían vuelto completamente populares y escandalosas, a tal punto que fueron prohibidas, en el año de 1808, por don Pedro Garibay, virrey gobernador y capitán general de la Nueva España. La razón se debió a que se armaban muchos desórdenes en los bailes, y había muchas borracheras incompatibles con la seriedad religiosa de las celebraciones.
Antonio García Cubas, escritor estudioso de las tradiciones mexicanas del siglo XIX, nos cuenta que en el tiempo de las Posadas las casas se adornaban con tiras de papel picado y farolitos de papel de China o vidrio. En los marcos de las puertas se ponían olorosas ramas de pino y en los corredores se colocaban arcos también de pino. Cuando llegaban los invitados a la Posada, todos se arrodillaban, se persignaban y los cantores entornaban himnos religiosos, para enseguida dar inicio a la letanía de la Virgen, que todos cantaban en solemne procesión: adelante iban los niños portando velitas encendidas, seguía la gente joven y luego los adultos; después aparecían los Santos Peregrinos en su pesebre que otros niños llevaban en sus hombros o portando en sus manitas. Detrás iban los músicos tocando guitarras, bandoneones, y flautas. Al final de la procesión caminaba la servidumbre de la casa. Terminada la letanía, se “pedía posada”, tal cual hoy en día, aunque la petición tenía otra letra. Cuando entraban los Peregrinos, se les ponía sobre la mesa del comedor y los presentes se arrodillaban y rezaban siete avemarías. Seguía el rompimiento de la piñata, mientras los niños y las señoritas de la casa distribuían juguetes y colación. Sólo entonces daba inicio el baile.
En ese siglo XIX, se acostumbraba que los niños salieran a la calle a “pedir su posada”, llevando con ellos un pequeño pesebre, al tiempo que cantaban:

-Caminen pastores,            ¡Caramba! ¡Caramba!                
Para Lucifer, ¡Ay! Que hoy viene Miguel            ¡Caramba! Con espada en la mano.        
Para Lucifer
Cuando los niños llegaban a un comercio o a alguna casa, se detenían para solicitar:

Esta sí que es Nochebuena, Noche de comer buñuelos, En mi casa no los hacen,
Por falta de harina y huevos.
Ante esta petición, el dueño de la casa o el buen comerciante, regalaba a los niños un tlaco, moneda de la época, fruta, dulces o algún juguetito.
Las posadas han llegado hasta nuestros días desafiando el paso del tiempo y las circunstancias económicas adversas, para deleite de niños y adultos que se divierten con la procesión de los Santos Peregrinos, la petición de Posada, el rompimiento de la piñata, las canastitas de colación, con el imprescindible ponche con “piquete” y el baile al compás de salsas y cumbias, que nos desafían a resistir las nueve posadas.

sábado, 9 de julio de 2016

EL DÍA DE LAS MADRES



Hace  ya tiempo que en nuestro país se celebra el Día de las Madres el 10 de mayo. Esta fiesta nos llegó vía los Estados Unidos como un préstamo cultural que tuvo como inicio la buena intención de una amorosa hija para con su madre, pero que en la actualidad se ha convertido en una fecha beneficiosa para las utilidades de los comerciantes.
El 10 de mayo se quedó con nosotros y adquirió cartas de naturalización en este país tan proclive a adorar a las madres, aunque sólo sea por un día. Pero sí bien es cierto que la costumbre nos llegó del país vecino, el concepto de venerar la maternidad, la fertilidad, y la creación de formas de vida humana o agrícola, ha acompañado al hombre desde las primeras civilizaciones de Europa, Asia, África, y América. Así pues, podemos afirmar que los egipcios adoraban a Isis, esposa y hermana de Osiris, diosa Madre de la Fertilidad y de la producción de cereales.
La diosa Deméter, conocida y reverenciada por los romanos como Ceres, fue la Madre Tierra, deidad de la agricultura a quien los hombres deben el cultivo de los cereales.
Entre los romanos fue sobresaliente Tellus, Terra, la diosa que encarnaba la fertilidad. Se la representaba en forma de mujer con múltiples senos llenos de leche.
Entre los fenicios Astarté tenía como atributos ser la diosa generadora de la vida, principio y génesis de la naturaleza; a más de exaltar los amores y los placeres carnales.
En el hinduismo tenemos a la diosa Devi,  representante de la energía femenina del Único Creador, la amable y gentil Madre. En la antigua mitología china Nuwa es un dios dual (normalmente representado como mujer) que forma parte de los Tres Augustos y los Cinco Emperadores. Representa la Madre Creadora, la diosa esposa, hermana, líder tribal y emperador.
En las tierras andinas, entre los pueblos indígenas  reinó, y aun reina, la Pacha Mama, la Madre Tierra, divinidad protectora de los humanos, diosa de la fecundidad y la fertilidad. Dentro de nuestras culturas mesoamericanas tenemos a la diosa Coatlicue, La de la Falda de Serpientes, diosa terrestre de la vida y de la muerte, la cual también recibía el nombre advocatorio de Tonatzin, Nuestra Madre, y  de Teteoinan, Madre de los Dioses.
Veamos ahora cómo surgió en los Estados Unidos de Norteamérica el tan sonado Día de las Madres. En dicho país, este día se festeja el segundo domingo de mayo. En el otoño de 1872, por iniciativa de la escritora Julia Ward Howe, se realizó la primera celebración pública del Día de las Madres, con una manifestación pacífica en la que participaron todas las madres de las familias que habían perdido un hijo en la guerra. Sin embargo, las manifestaciones no fueron muchas y la costumbre se perdió.
Poco después, en 1890, una mujer llamada Mary T. Saeen, nacida y radicada en Kentucky, pensó que el 20 de abril, día del cumpleaños de su madre, a la que quería mucho, debía ser instaurado como una festividad anual dedicada a todas las madres. Hizo su propuesta ante un grupo de amigas maestras que no la tomaron en cuenta, el proyecto fracasó.
Dos años más tarde, el pastor Robert K, Cummings de la Iglesia Universalista de Nuestro Padre, en Baltimore, quiso que todos los 22 de abril se realizara un servicio religioso en honor a todas las madres del mundo. La fecha estaba relacionada con el día en que su madre había muerto.
Todo volvió a fracasar. Y lo mismo sucedió con los intentos de Fred Hering en 1902.
En 1907 (o 1905), Ana Jarvis, una sufrida hija soltera dedicada exclusivamente a su madre,  que no tenía hijos y  vivía en Grafton, Virginia, a raíz de la muerte de su madre inicio una campaña nacional para  instaurar un día dedicado a las madres norteamericanas,. Envió cartas a maestros, abogados, políticos, religiosos, y a todas las personalidades que se le ocurrieron, planteándoles su deseo; todos estuvieron de acuerdo. Así, ya en 1910 la fiesta se celebraba  en casi toda la Unión Americana.
Pero no fue sino hasta 1914 cuando el presidente Woodrow Wilson firmó la declaración oficial del Día de la Madres para ser celebrada el segundo domingo de mayo.
Como la fiesta empezó a tener un carácter más comercial que venerable, en el año de 1923, Ana Jarvis, pidió a las autoridades que se quitase la fiesta del calendario de fiestas oficiales. Su reclamo ocasionó varios disgustos y el rechazo de su petición. Poco antes de morir, Ana hizo público su arrepentimiento por haber iniciado una celebración que sólo beneficiaba a los comerciantes.
Cabe mencionar que anteriormente a estos acontecimientos, en la Inglaterra medieval se conmemoraba el cuarto domingo de cuaresma como el Domingo de la Madre.
En este día, los niños trabajadores que habían estado fuera de sus casas como aprendices en los talleres, retornaban para visitar a sus mamás y les llevaban un regalito o una torta de frutas con pasta de almendras, hecha específicamente para la fecha.
En México, la fiesta cuenta con casi un siglo de existencia, cuando el periodista Rafael Alducín, del periódico Excelsior, el 13 de abril de 1922 realizó una invitación para que se fijara una fecha para conmemorar este día, imitando la fiesta norteamericana. Le tocó al 10 de mayo y así se mantuvo hasta nuestros días. No todos los países festejan el mismo día, por ejemplo: el segundo domingo de mayo: Alemania, Australia, Bélgica, Brasil, Chile, China, Canadá, Colombia, Perú, Venezuela. El 14 de mayo: Samoa. El 15 de mayo: Paraguay. El 26 de mayo: Polonia. El 27 de mayo: Bolivia. El 30 de mayo: Nicaragua. El último domingo de mayo: Francia. Y aun se extiende la fecha hasta agosto como en Tailandia y Amberes,  Bélgica.

lunes, 28 de marzo de 2016

LA INDIA CHICHIMECA



Antes de que Aguascalientes se convirtiera en la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, por Cédula Real de 1575, una pareja de indios chichimecas vivía en un jacal, en lo que hoy en día es el Jardín de Zaragoza.

La pareja había procreado una niñita que a la sazón contaba con nueve años de edad; la niña era bonita y muy alegre.

La pareja veneraba al dios de los mercados a quien consideraba su protector; en cambio la niña sentía una fuerte inclinación por Chulinche, el dios ciego, quien, a su vez, quería a la jovencita.

Cuando sus padres murieron y quedó sola, Chulinche envió un mensajero para que velara por la joven, y le advirtió que siempre la cuidaría y que le dijese que es lo que quería porque se lo concedería hasta que muriese.

Pero la joven enfermó de la cabeza, desvariaba y hablaba mucho.

El dios Chulinche viendo lo enferma que estaba la niña, les pidió a los otros dioses que le ayudaran a sanarla. Los dioses atendieron a la petición de Chulinche, pero con la condición de que la muchachita tendría la tarea de poblar todo el territorio por donde vivía.

Al oír la condición la joven se dirigió al adoratorio doméstico que tenía en el jacal, para aprestarse para cumplir su tarea, y recoger sus libros donde anotaba los sucesos importantes; sin embargo, el dios la atajó y le comunicó que aún no había llegado el tiempo de hacerlo, que él le avisaría cuando fuera llegado.

La india insistió alegando que mientras más pronto cumpliera lo ordenado, mejor sería, pero el dios le reiteró que debía aguardar.

La muchacha obedeció, volvió a su casa y se dedicó a escribir en sus libros el proyecto que tenía pensado para poblar tan vasto territorio. Una vez terminado su proyecto se lo mostró al dios Chulinche quien lo aprobó.

En seguida se puso manos a la obra y elaboró muchos muñecos de barro, para darles el aliento de la vida y poblar toda la región de la actual Zaragoza. Cuando los hombres surgieron veneraron a la india que era muy buena con ellos, la consideraban una diosa más, y la consentían con ofrendas de miel y leche. Pasado el tiempo, la india-diosa murió; los hombres le organizaron rosarios, se clavaron espinas de maguey en las rodillas como sacrificio en su honor, y ayunaron comiendo solamente un poco de queso y miel.

Asimismo, a la primera calle que se formó en el poblado, le dieron el nombre de la india, que hoy es una calle que se puede ver al final de la Calle Juárez.




martes, 8 de marzo de 2016

POR ESO SON LARGAS LAS OREJAS DEL CONEJO



Una tarde, un conejo comía granos en un campo de trigo. Iba distraído, sin ocuparse de otra cosa que no fuera masticar y masticar lo más rápidamente posible, cuando oyó que dos ratas platicaban en voz baja.

Una decía:

−¡Qué buena suerte tengo! He encontrado una cueva llena de trigo, de un trigo grande, dorado, como si lo hubieran escogido para que yo lo encontrara.

−Pues sí que es buena suerte, porque los conejos escogen lo mejor del trigo para comérselo y para llevarlo a sus bodegas.− comentaba la otra rata.

El conejo oyó parte de la conversación, y especialmente lo que decían de los conejos, y como era muy curioso y quería enterarse de todo, fue acercándose al lugar donde estaban las ratas y se escondió detrás de una cerca.

−Lo que no quiero es que los conejos sepan que he encontrado esa cueva tan bien abastecida, porque en un momento cargan con el trigo y me dejan sin qué comer en el invierno.

−No es por curiosidad, comadrita, pero ¿dónde está la cueva? No tenga desconfianza; si se lo pregunto es sólo para ayudarle a cuidar el tesoro.

La otra rata empezaba ya a decirle a la comadre dónde estaba la cueva, cuando el conejo, para oír mejor, estiró la cabeza por encima de la cerca y las orejas empezaron a crecerle tan rápidamente, que por más que se las detenía, iban crece y crece para arriba; le crecieron tanto que las ratas, cuando se dieron cuenta de aquellas orejas tan grandes, se echaron a correr, asustadísimas, dejando la platica para otra ocasión.

Y desde entonces los conejos tienen las orejas tan largas, tan largas como las de aquel conejo curioso.



lunes, 7 de marzo de 2016

¿PORQUÉ TIENEN LAS TORTUGAS SU CAPARAZÓN COMO REMENDADO?



Después de que ocurriera un terrible diluvio  que inundó todo el mundo, incluido el hermoso Valle de Oaxaca, uno de los estados sureños más hermosos de México, todo el suelo estaba hecho un lodazal.

De repente, de entre el barro se formó una figura que empezó a cobrar vida, y se puso a caminar en medio de tanto lodo.

La figura del animalito caminaba muy despacito, pues se trataba de una Tortuga, que estiraba continuamente el cuello y abría muy grandes los ojos ante lo que no conocía y ante el Sol deslumbrador que se veía en al cielo.

La Tortuga caminó y caminó hasta que llegó a un lugar que le desagradó porque olía muy feo. En el lugar se encontraba un Zopilote que estaba devorando un cadáver.

Al verlo, la tortuga se dirigió a él y le dijo: -¡Estimado Zopilote, serías tan amable de llevarme hasta el Cielo, pues quiero conocer a Dios! 

El Zopilote poco caso le hizo, la ignoró. Pero la Tortuga insistió y repitió su petición muchas veces. El Zopilote se hacía del rogar porque no quería dejar de comer al muertito que estaba muy delicioso. La Tortuga suplicaba, y metía y sacaba la cabeza de su caparazón porque no aguantaba el terrible olor de la carroña.

-¡Por favor, Zopilote, llévame al Cielo para conocer a Dios!

Tanto insistió la pobre Tortuga, que Zopilote se impaciento y accedió a la petición. Colocó a la Tortuga en su espalda y emprendió el vuelo hacia el Cielo. Cuando iban volando muy alto, la Tortuga le digo a Zopilote: -¡Ay amigo, pero que feo hueles! ¡Hueles como a podrido, es espantoso! Y así, repitiendo esta cantaleta siguió la Tortuga, hasta que Zopilote se enojó de tanta crítica.

Entonces, el paciente Zopilote se ladeó y tiró a la Tortuga, que cayó hasta la Tierra rompiéndose en mil pedazos.

Dios, que observaba la escena, bajó hasta la Tierra, juntó todos los pedazos de la rota Tortuga, y los pegó.

Es por ellos que desde entonces todas las tortugas tienen el caparazón como remendado.




miércoles, 24 de febrero de 2016

EL RICO DON RAMÓN ALCÁZAR



Una de las familias verdaderamente adineradas que sobrevivieron a la época bonancible de Guanajuato fue la de Don Ramón Alcázar, cuyas proezas de bolsillo se prolongan hasta poco después da la Revolución, de modo que todavía hay personas a quienes consta como vivió el minero, el comerciante y el banquero. Éste último llegó a reunir fabulosas fortunas, cuando nuestra moneda estaba casi a la par con el dólar.

Se dice que nuestro acaudalado banquero nació en la hacienda de Cotija, Michoacán, pero su lapida asienta que era originario de esta ciudad. Lo cierto es que aquí fue donde hizo el cuantioso capital que comentamos en este relato.

Su 
esposa, Luisa de Ibargüengoitia, también pertenecía a familia acomodada. De ese matrimonio hubo tres hijos. Luisa que se casó con el rico español Don Benigno Elola, dueño de varias fincas, entre ellas la que fue estimable Lic. Don Pedro P. Arizmendi y ahora de su yerno el Lic. Jesús Cardona.

También des varones, Carlos y Ramón, por cierto que uno de ellos, parece el segundo, fue enviado a los mejores colegios de los Estados Unidos, pero, lejos de aprovechar el estudio, dilapido lo que entonces era una gran fortuna algo así como un cuarto de millón de pesos.

En esta familia se cumplió la sentencia que sirvió tema a una obra teatral del escritor Don Carlos Díaz Duffo: Padre mercader, hijo caballero y nieto pordiosero
La casa que fue escenario de esta riqueza es la que se encuentra en la Plaza de la Paz, marcada con el número 20.

En esta casa Don Ramón tuvo un museo de arte prehispánico y colonial, considerado por entonces como el más valioso de Latinoamérica, por las ricas colecciones que poseía.

Se cuenta, que cuando había una ceremonia de tipo religiosa en la familia, sale a relucir una alfombra importada, que tenía entretejidos hilos de oro y de plata. Esa alfombra se extendía de la casa a la Parroquia, llamando como es de suponer, la atención general.

Era este un acontecimiento del Marques de San Juan de Rayas, de quien se dice que en lugar de tapetes, tendía a manera de pasillo varias hileras de barras de plata.

Esta casa el dato es rigurosamente cierto fue construida por el Ingeniero francés Camila Saint Germain, igual que la casa Kloster, la del Truco No. 5 la que ocupa el Antioch College, en Sopeña 18, y la de la familia del Lic. Eduardo Trueba.

Don Ramón como banquero tuvo su propia institución de crédito en la misma casa donde vivió con la firma Stafford−Alcázar, letrero que todavía se conserva sobre el marco de la primera puerta a la entrada, a la derecha, y contribuyó a la construcción del ferrocarril de Veracruz a México por lo cual una calle de la metrópoli lleva su nombre.