sábado, 23 de abril de 2016

LOS MEXICAS



Los mexicas no fueron el primer grupo nahua que llegó a poblar la meseta central de México, muy por el contrario, pues fueron los últimos. Cuando llegaron ya se encontraban asentados otros grupos de habla náhuatl emparentados con ellos, lingüística y étnicamente, c desde muy antiguo. Nos referimos a los tepanecas, “los que se encuentran sobre la piedra”, situados hacia el sureste del Valle de México; los acolhuas, asentados al este del lago Texcoco; los chinanpanecas, “los que viven en las chinampas”, sitos hacia el suroeste y los chalcas, “moradores de Chalco”, establecidos en el sureste de Valle. Además, se encontraban los grupos de tlatepotzcas, “los que viven a espaldas de los montes”, habitantes de Tlaxcala y Huexotzingo; y los tlahuicas, “gente de tierra, que ocupaban los valles sureños, justamente en las ciudades de Cuernavaca, Oaxtepec y Tepoztlán.

Según nos cuenta el mito, todas estas tribus habían surgido de la tierra y emergieron en Chicomoztoc o “lugar de las siete cuevas”. Naturalmente, el número siete hace referencia a las tribus que comprendía el grupo nahua contando, por supuesto, a  los aztecas o mexicas. Por otra parte, dicho número siempre tuvo un carácter sagrado para ellos, al igual que  para los mayas, para quienes el dios agrario era el Dios-Siete ligado al fenómeno astronómico que determina la estación de las lluvias.

Los aztecas afirmaban que provenían de una ciudad que denominaban Aztlán, “el país del color blanco”, concebido como una isla en medio de un lago rodeado de carrizos y pleno de chinampas –podemos notar fácilmente la similitud con la posterior Tenochtitlán-, en una de cuyas orillas se levantaba el cerro de Colhuacan, “lugar de los nietos-sobrinos”, provisto de las famosas siete cuevas. De la palabra aztlán, derivó el nombre de aztecas; es decir, “la gente de Aztlán”, aun cuando ellos mismos se denominaban mexicas, vocablo proveniente del nombre de su héroe Mexitli, o Mecitli; aunque también usaban el término tenochcas, en referencia a su caudillo Tenoch.

Los aztecas salieron de Aztlán posiblemente en el año de 1168, y llegaron por el norte al Valle de México, para establecerse en la orilla occidental del lago de Texcoco. Otra versión nos cuenta que arribaron, en el año 1256, a un bosque de ahuehuetes que tenía un manantial que brotaba de una fuente. Este bosque se llamaba Chapultepec, o “cerro del chapulín”. En este lugar se asentaron y tuvieron que soportar los continuos ataques de que fueron víctimas por parte de los otros grupos nahuas cercanos a ellos, hasta que éstos consiguieron arrojarlos del cerro. Entonces, vencidos y apesadumbrados, debieron someterse al príncipe de Colhuacan, quien ordenó asesinar a su caudillo. Sin embargo, aun débiles y pobres, los aztecas lograron escapar a esta sumisión y se refugiaron en unas islas situadas en el occidente del lago de Texcoco. Fue en este preciso lugar donde fundaron la Ciudad de Tenochtitlán en 1370, y no en 1325, como se ha creído erróneamente.

Durante los primeros tiempos de la colonización de las islas, los aztecas fueron comandados por el gran Tenoch, a quien debió su nombre la ciudad, que viene a significar “el lugar de Tenoch”. Sin embargo, la etimología de la palabra también se presta para que se la pueda interpretar como “el lugar donde el nochtli, nopal, crece sobre la piedra tetl.

El mito sobre la población de Tenochtitlán nos refiere que durante el peregrinaje que tuvieron que padecer los aztecas para asentarse definitivamente, dos de sus sacerdotes descubrieron en una isla un manantial de aguas cristalinas, en una de cuyas rocas cercanas se encontraba posada un águila devorando una serpiente, portento que según los sacerdotes constituía una inequívoca señal de que ahí se debía construir un templo a Hutzilopochtli, “Colibrí Zurdo”, y máxima deidad del panteón mexica. Por cierto que, ya construido el gran teocalli, aprisionó entre sus muros al mencionado manantial. Desde el punto de vista simbólico, el águila representaba al sol y al cielo diurno; y la serpiente al cielo nocturno.

Ya fundada la Ciudad de Tenochtitlán, en sus inicios estuvo gobernada por caudillos, para más adelante dar lugar a una etapa monárquica que fuera conformada por once tlatoanis, o jefes supremos, encabezada, en 1376, por Acamapixtli, y terminada, en 1521, por Cuauhtémoc, último baluarte heroico quien fuera ahorcado por el capitán Hernán Cortés en las selvas del Petén, Guatemala, el 28 de febrero de 1525, acusado, injustamente, de conjurar en contra de éste.

Todos los once tlatoanis que antecedieron a Cuauhtémoc se consideraban los herederos culturales de Ce-Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, soberano tolteca que huyera del territorio mesoamericano, avergonzado por haberse emborrachado y cometido desmanes atroces. El apogeo de la civilización azteca tuvo lugar con el tercer Huey Tlatoani, Izcóatl, Serpiente de Obsidiana, quien, gracias a su acertado gobierno, propició la expansión de lo que, andando el tiempo, sería un gran imperio. Guerrero y conquistador, consiguió sujetar a la mayoría de los pueblos asentados en la región de Mesoamérica.




viernes, 22 de abril de 2016

LA MUJER DE NEGRO



Esto sucedió hace relativamente poco, hará unos seis o siete años, cuando todavía Tlihuatzia era propiedad de la Comisión Federal de Electricidad, antes de que se la dieran al Gobierno de Tlaxcala. Por aquel entonces, utilizaban a Tlihautzia como un centro de capacitación de la Comisión.

Unos compañeros y yo fuimos a trabajar en un evento de dos semanas.

La primera semana me fui con Marcelino Martínez. Llegamos a Tlihuatzia, y en el hotel a mí me tocó la habitación número dos. Los primeros dos, tres días, todo fue normal, bueno, fuera de una aburrición tremenda, porque no había televisión ni nada que hacer.

Pero la cuarta noche yo estaba dormido en una de las camas gemelas del cuarto. Al lado derecho había un ventanal con barrotes, de esas típicas de hacienda. Yo estaba acostado de cara al ventanal; es decir, hacia mi lado derecho.

De repente, sentí a alguien en la habitación. Para esto, hacía poco que en otro evento se nos había metido un cuate en la habitación, y fue todo un escándalo. Entonces, cuando yo sentí que había alguien en la habitación, me puse muy tenso, y me dije:

– ¡Chin, ya se metió otra vez un cristiano!

Traté de no moverme mucho, sino de irme girando poquito a poquito hacia la izquierda.

Cuando empiezo a tratar de girar, me pusieron una mano en la espalda, aquí en la clavícula, y me detuvieron, o sea, me impidieron que siguiera girando. Entonces pensé:

– Bueno, ni modo tengo que voltearme rápido y gritar para que alguien me ayude.

Me volteé y me paré rapidísimo de la cama, al tiempo que gritaba:

– ¡Deja de molestar!

En ese mismo momento, vi a una mujer vestida de negro, con el pelo largo, largo y suelto, con la cara blanca, demacrada, de su s ojos salían chispas, y de su  boca como estertores de muerte, que era la que me estaba deteniendo.

La mujer estaba terriblemente fea y macabra, y flotaba en el aire. En ese instante, como mi grito fue muy fuerte, la imagen desapareció.

Yo casi me muero del susto, me desvanecí unos momentos.

Al otro día, se lo conté a Marcelino, que estaba en otro cuarto. Me daban ganas de decirle: 

– Vente a dormir conmigo.

Pero como habíamos hecho mucho escándalo para que nos dieran cuartos individuales, me dio pena.

Luego supe que lo mismo le había pasado a un muchacho que había estado en el mismo cuarto.

jueves, 21 de abril de 2016

ESPÉRAME EN EL CIELO



La ciudad de Matamoros, a la cual se la conoce como Heroica Matamoros, se encuentra situada al noreste del estado norteño de Tamaulipas.

Su tradición oral es muy rica, forma parte de ella una leyenda que se ha transmitido de boca en boca desde hace muchos años. La leyenda refiere que ha mucho tiempo, en el centro de la ciudad, vivía una pareja que llevaba poco tiempo de estar casada.

La mujer se llamaba Lucrecia; era delgada, rubia, de ojos zarcos y de muy buen carácter. El marido, Gustavo, era alto, apuesto y muy moreno, trabajaba como ingeniero.
Espérame en el Cielo
Ambos gozaban de una tranquila vida y estaban profundamente enamorados uno del otro. Solamente les faltaba un hijito que viniera a alegrarles mucho más la existencia.

Mientras llegaba el retoño, vivían adorándose uno al otro.

Se querían tanto que habían hecho un juramento.

Habían pactado que si algunos de los dos fallecía, vendría a buscar al otro para seguir viviendo su apasionado amor en el Más Allá.

Quiso la mala suerte que el marido se fuera a la Revolución, y que en una de las batallas que se dieron al norte del país para derrotar al gobierno de Porfirio Díaz, Gustavo cayese prisionero de las tropas federales y fuese pasado por la armas.

La noche del día que fusilaron a su marido, a Lucrecia se le apareció en la recámara que compartían.

Oyó que Gustavo le decía que pasados tres meses volvería por ella, que estuviera preparada. 

El tiempo pasó, y justo a los tres meses de su aparición, los familiares de Lucrecia la encontraron muerta en su cama.

Junto al cadáver de la joven esposa, se encontraba una hoja de papel que decía: “¡Espérame en el Cielo, corazón!”.

Todos reconocieron la letra de Gustavo, y se dieron cuenta que había venido por su mujer, tal como lo habían prometido, para nunca separarse y seguir amándose en la eternidad.



KURIKAHUERI



Un mito purépecha nos cuenta que al principio de los tiempos no había nada, todo era oscuro, todo era un gran círculo sin principio ni final.
De pronto, de ese fondo oscuro surgió un rayo de luz que creció y creció hasta formar una gran bola de fuego que rompió la oscuridad en infinidad de pedazos.
Del centro de la gran bola de fuego salió el dios K’urhikaueri, o Curicaveri, gran señor del fuego, el sol, dios de la guerra, benefactor de los humanos; y la diosa Kuerahuáperi: principios creadores masculino y femenino.
Junto a ellos apareció  un soplo divino llamado Kuritacaheri.
Kuerehuáperi con el tiempo se volvió una hermosa muchacha y el gran señor del fuego se enamoró de ella.
Para hacerle la corte, le mandó rayos de luz que se le quedaron a la diosa en su frente, en su matriz y en sus dos manos.
Entonces, la diosa se convirtió en Nana Kuerajperi, la madre de la creación, que dio nacimiento, en una tremenda tormenta, a todas las cosas: Tierra, montañas, árboles, ríos, lagos…
Kuerahuáperi, Desatar en el Vientre, La que Da la Vida y la Muerte, tuvo cuatro manifestaciones o hijas, que son las cuatro nubes de las direcciones-colores, que pueden otorgar vida con su lluvia o destrozar los sembrados con los aguaceros y las granizadas.
La más importante manifestación de la diosa madre fue su hija Xaratanga, Luna Nueva, relacionada con la fertilidad.
Ella es la renovación de su madre, la luna menguante.
Sucedió que un día, la luz y la oscuridad chocaron, y del choque se formaron cuatro rayos que se dirigieron hacia los cuatro puntos cardinales.
Entonces, el dios creador tomó la lumbre y le dio la forma de una esfera luminosa para que iluminara al mundo.
La llamó Tata Huriata, Señor Sol. Poco después, K’urhikaueri decidió crear a Nana-Kutsi, Señora Luna, para que le ayudara a alumbrar la parte de la tierra donde todavía había oscuridad.
Así surgieron el día y la noche, que alumbraban al mundo alternativamente, con más o menos intensidad.
Pero Tata-Huriata se enamoró perdidamente de Kutsi, y al unirse en un abrazo fecundo, formaron el primer eclipse de que se tenga noticia.
De un segundo parto nacieron las flores, los árboles, las plantas; es decir, la flora que se encuentra en nuestro planeta.
Entonces, la diosa parió por tercera vez y dio a luz a todos los animales que eran muy hermosos, pero que carecían de raciocinio.
De un cuarto parto, surgieron los hombres y las mujeres, quienes ya contaban con el raciocinio que les permitía distinguir la maldad de la bondad; lo más importante ocurrió cuando la diosa creadora les otorgó la palabra, uandakua; o lo que es lo mismo, la posibilidad de comunicarse, entenderse, e intercambiar ideas, facultad exclusiva de los seres humanos.
Así como la diosa enviaba las lluvias y las semillas, también era capaz de provocar las sequías, que causaban tremendas hambrunas.
Nana-Kutsi la que anunció la llegada de hombres extranjeros a la Tierra, augurio que los otros dioses no le creyeron…


miércoles, 20 de abril de 2016

ALMA Y EL COLGADO



Cuenta una leyenda de Morelia que, hace ya muchos años, una joven de nombre Alma dormía muy en paz en su recámara de la casa de sus padres, la cual se encontraba situada en pleno centro de la ciudad.

Como a las doce de la noche, oyó un ruido en el extremo del cuarto que la despertó.

Alma se incorporó de la cama y vio la sombra de un hombre que pendía de una soga y se balanceaba tétricamente.

Muy asustada, la joven se puso a dar de gritos.

Sus padres y dos de sus hermanos se despertaron inmediatamente, y acudieron a ver de qué se trataba. Alma les contó lo que había visto, pero ellos ya no vieron nada.

Cuando se hizo de día, la muchacha acudió a ver al cura de la iglesia, que era su confesor, y le contó lo que había visto.

Después de preguntarle a Alma si conocía al colgado y de ella decir que no, el cura le aconsejó que si lo volvía a ver le preguntase lo que quería, ya que era muy probable que fuera un alma en pena.

A la noche, Alma volvió a ver al colgado a las doce.

Pero se aterró tanto que no pudo pronunciar palabra, y no le preguntó nada.

El cura la volvió a instar para que indagara lo que el hombre deseaba.

Así una noche Alma, junto con sus padre, se armó de valor, y cuando a las doce de la noche apareció el hombre colgado, la chica, con voz trémula, le preguntó qué era lo que quería.

Al oír la pregunta, el hombre le respondió que había muerto y que su novia, a quien adoraba, no sabía nada de su deceso, y que sufría mucho pensando que ella pudiera creer que había sido un ingrato que la abandonó a punto de casarse.

Le dijo el colgado que era del todo necesario que su adorada supiese la verdad, y que le rogaba a Alma que fuera a ver a la chica para contarle lo que le había ocurrido.

Después de indagar dónde se encontraba la novia abandonada, Alma acudió a visitarla para decirle que su novio había muerto asesinado por unos bandoleros que le habían colgado, y que a ello se debía su desaparición y no al desamor.

La novia lloró mucho, pero se conformó al saber la verdad y le organizó novenarios para que el alma de su amado descansara en paz.

Desde ese momento, el hombre colgado nunca más se le apareció a Alma, la piadosa joven moreliana.

martes, 19 de abril de 2016

MARÍA Y EL PITACOCHE



Cuenta una leyenda de San Luis Potosí que hace tiempo una señora vivía con su hija en el Municipio de Catorce.

Eran nada más ellas dos. La hija contaba con dieciocho años de edad y era muy bonita y alegre, le gustaban mucho las fiestas.

En una ocasión unas amigas de ella organizaron una fiesta, que prometía estar muy divertida.

La joven, que se llamaba María, acudió con su madre muy entusiasmada para pedirle permiso de ir a la reunión. La madre, doña Eustaquia, le negó el permiso alegando que era muy peligroso que fuera sola. Sin embargo, María montó en cólera, lloró, alegó, y no paraba de afirmar que acudiría al baile a como diera lugar.

La madre no cedía, y le decía que si iba a la fiesta, el Diablo se la iba a llevar. Aparentemente, la joven se resignó. Al dar las diez de la noche, cuando Eustaquia se encontraba en su recámara y ya casi dormida, María se arregló, se puso su vestido más bonito, y salió por la ventana de su cuarto dispuesta a pasar una noche divertida.
María y el Pitacoche
Cuando la muchacha se encontraba cerca de la iglesia del pueblo, de repente pasó volando un pitacoche, la tomó con su pico por los cabellos, la levantó y se la llevó volando por los aires.

Lo más curioso es que el pitacoche es un ave muy pequeña, incapaz de poder soportar el peso de una persona, por liviana que sea.

Pues el ave se la llevó y la dejó cerca del jale de una mina.

María se llevó el susto de su vida, pues cuando el ave la depositó en tierra, pudo ver que el pajarito se convertía en un espantoso Diablo, que lanzaba tremendas carcajadas y mostraba descomunales colmillos.

En un momento dado, el monstruo posó su mano sobre uno de los hombros de María y le dejó una terrible quemadura con la forma de la mano del Diablo, que hasta las uñas podían verse. María se desmayó.

Cuando volvió en sí, se encontraba a la puerta de su casa. Entró sigilosamente, y se metió en su cama. Doña Eustaquia no se había dado cuenta de nada. Al día siguiente, al verle la cicatriz a su hija, la madre lo comprendió todo. María, arrepentida, le juró a su madre que nunca más trataría de engañarla, ni se escaparía para irse de farra, toda vez que su madre tenía razón respecto al horripilante Diablo.



lunes, 18 de abril de 2016

LA MONJA MARÍA



En 1655, fray Juan de Zumárraga fundó en la capital de la Nueva España, el Convento de la Concepción en estilo barroco, aunque después se le fueron agregando construcciones y reformas de diferentes estilos, tales como el churrigueresco y el neoclásico. En tal sitio aconteció un hecho que se convirtió en leyenda.

Hace ya muchos siglos, en plena Colonia vivió una mujer cuyo nombre fue María de Ávila. María tenía unos buenos padres y tres hermanos. Ella era la benjamina. 

Desgraciadamente, sus padres murieron y la joven, muy triste y deprimida, decidió meterse a monja, como la hija de don Juan Alba. Pero en este caso, la muchacha ingresó en el Convento de la Concepción.

Al poco tiempo de haber tomado los votos, llegó al convento un mestizo muy guapo. Le querían como trabajador que arreglara los desperfectos del convento. María y el mestizo hicieron buenas migas, y solían charlar en los tiempos en que sus respectivos trabajos se los permitían; o bien, mientras el mozo trabajaba en el huerto.

A fuerza de platicar y conocerse, María se enamoró locamente del mestizo, quien llevaba por apellido el de Arrutia. Pero el amor fue correspondido y ambos jóvenes se querían mucho.

Nadie en el convento se dio cuenta del amor que se tenían, pues fueron muy discretos. Pero llegó el momento en que fue tanto el amor que decidieron anunciarlo a todo el mundo, y tomaron la resolución de que María dejaría el convento para casarse con el buen mozo.

Sin embargo, los enamorados no contaron con que Alfonso y Daniel, dos de los hermanos de María se enterarían.

Furiosos, acudieron al convento a ver a la hermana para obligarla a que dejase a su amado y no renunciara a sus votos religiosos, pues consideraban que sería muy vergonzoso que una joven española tuviera amores con un simple mestizo. Sería una terrible mancha para la familia.

Arrutia una noche se fue de farra con sus amigos a una taberna. Cuando se encontraba ya entrado en copas, les confesó a sus amigotes que se casaría con María porque le convenía, y que así subiría en la escala social.

Dio la casualidad que los dos hermanos de María se encontrasen en la misma taberna y oyesen al deslenguado. Prestos, se dirigieron a donde se encontraba y le ofrecieron mucho dinero con la condición de que dejase a María y rompiese el compromiso de matrimonio. Dicho y hecho: ante el dinero en oro que le ofrecieron al mestizo, el ingrato novio desapareció como por encanto.

María esperó días y días al ingrato frente a la fuente que era el lugar favorito de sus amoríos, pero pasó el tiempo y Arrutia nunca volvió, y la monja se murió de dolor y tristeza.
Fue enterrada en el mismo convento donde había conocido el amor. Pasado un cierto tiempo, Urrutia murió de un infarto y con el terror reflejado en su cara, como si hubiese visto algún fantasma…

Desde esos terribles hechos, María, convertida en fantasma, se les aparecía a las monjas y novicias del Convento de la Concepción, en la fuente, los patios, y en la huerta donde solía pelar la pava con el desalmado mestizo Arrutia.

Las monjas que la vieron, contaban que la aparición tenía un semblante muy triste y adolorido, y que sollozaba por todos los rincones del convento.

Desde esos lejanos tiempos, la monja María no ha dejado de aparecerse, siempre esperando el regreso de su adorado mestizo.