martes, 29 de noviembre de 2016

EL ALMA EN PENA



En una ciudad de Coahuila se cuenta una leyenda desde hace mucho tiempo.
En ella se relata que había una familia de campesinos que se dedicaban a plantar maíz, calabaza y frijoles. Araban, plantaban y cosechaban sus productos. Mientras el padre de familia trabajaba junto con la madre y dos hijos ya mayores, el más pequeño, el benjamín, se quedaba en la casa jugando.
Un día en que todos estaban trabajando, se dieron cuenta de que Carlitos, el hijo menor, tenía largo rato que no salía de la casa, como solía hacerlo de vez en vez para mirar a sus familiares trabajar en la milpa.
Cuando la madre entró a la casa para ver qué pasaba, encontró al pequeño como pasmado.
Estaba quieto, no oía ni hablaba. Al verlo en ese estado lelo, la madre fue a traerle un vaso con agua, a ver si así reaccionaba.
Cuando la madre le iba a dar de beber, Carlitos comenzó a llorar desesperadamente, y le dijo a la mujer que había visto dentro de la casa a un hombre vestido de fraile, y que cuando trataba de acercarse a la figura ésta desaparecía para volverse a aparecer.
Nadie de la familia creyó lo que contó el pequeño. Sin embargo, el hecho sucedió en muchas ocasiones; ya no solamente se le aparecía al niño, sino a todos cuando se encontraban reunidos en casa.
Las apariciones del fraile se hicieron continuas e insoportables, pues todos estaban aterrados, y no sabían qué hacer. En una ocasión el fraile les dijo con una voz cavernosa que por favor le dedicasen una misa, pues su alma estaba en pena y no tenía descanso.
Que unos bandoleros le habían matado cuando se dirigía a entregar a sus superiores las limosnas de todo un año y monedas de oro que un ricachón había obsequiado a la iglesia.
Los ladrones le habían robado las limosnas, pero no el oro que llevaba escondido en la carreta en que viajaba. Se había salvado de milagro.
El fraile les dijo el lugar donde había quedado la carreta y dónde se encontraban las monedas. Que usaran unas cuantas para pagar las misas, y que se quedaran con el resto.
Así lo hizo la familia. Encargaron misas todo un año, para que el religioso descansara y las horrendas apariciones no volvieron a tener lugar. Con el dinero compraron una tienda y ganaron mucho dinero. Vivieron felices para siempre, gracias al alma en pena del buen fraile dominico.

lunes, 28 de noviembre de 2016

GUANINA



Guanina era una india taina, hermana de Agüeybaná el Bravo, jefe de la tribu y de un grupo de bravos guerreros, el cacique supremo de toda la isla de Puerto Rico. Guanina significa en el lenguaje taíno: "Resplandeciente como el oro".
Los conquistadores españoles se habían apoderado de la isla de Borinquén, que así se llamaba entonces la isla de Puerto Rico.
En aquel tiempo, un indio llamado Guarionex vivía enamorado de Guanina. Guanina era la hermana del cacique supremo, o sea el jefe de todas las tribus de la isla.
Cada vez que Guarionex veía a Guanina, el corazón le latía de tal manera que parecía que se le quería salir del pecho. Cada vez que él la veía le declaraba su amor. Ella no le correspondía porque vivía enamorada de un conquistador español llamado Don Cristóbal de Sotomayor, alcalde mayor y fundador de un poblado al que había bautizado con su propio apellido.
Guarionex, lleno de odio mortal hacia Sotomayor, le gritaba: – ¡Don Cristóbal, uno de los dos deben de morir! Tú no mereces vivir porque me robaste el amor de Guanina, y yo no quiero seguir viviendo si me falta su amor.
Los indios ya no podían soportar más el trato cruel de los españoles. Los indios taínos los habían recibido con amistad y habían celebrado la ceremonia del guatiao (pacto de fraternidad que sellaban con el intercambio de nombres). Por eso al cacique Agüeybaná también se le llamaba Don Cristóbal.
Los españoles, haciendo caso omiso al pacto, se repartieron a los indios como siervos. Los explotaban especialmente en los yacimientos de oro. Así explotados, los indios anhelaban volver a ser libres. Una noche, celebraron un areito (reuniones para celebrar sus fiestas, recordar tradiciones, y tomar decisiones, sobre todo cuando era necesario resolver sobre una guerra). Esa noche Agüeybaná y los taínos decidieron que los españoles tenían que morir para ellos poder ser libres otra vez.
Guarionex quiso el poblado de su enemigo mayor, que era Don Cristóbal de Sotomayor. Guarines no pudo matar a Don Cristóbal de Sotomayor porque en ese momento Sotomayor estaba llegando al bohío de Agüeybaná donde Guanina le advirtió que se salvara pues los indios se habían levantado en su contra.
Sotomayor se fue con sus soldados a La Villa de Caparra para ver al Gobernador. Agüeybaná le prestó a Sotomayor a unos Naborías para que lo ayudaran con la carga. Pero en secreto les dijo que cuando empezara el ataque, huyeran con las vitualles. Guanina no quiso dejar a Sotomayor huir solo y se fue con él.
Los indios tainos los persiguieron y el ataque empezó. Sotomayor peleaba ferozmente con su espada mientras los golpes de las macanas de los indios le iban abriendo profundas heridas. En el momento de mayor peligro, Guanina se interpuso entre Sotomayor y los indios y recibió en su cuerpo la herida mortal que iba dirigida a su amado. En ese momento de distracción de Sotomayor, Agüeybaná aprovechó para traspasarlo con su flecha. Cayó Sotomayor en los brazos de su amada Guanina.
Agüeybaná mandó a que los enterraran juntos, pero que a Sotomayor le dejaron los pies fuera de la tumba para que no pudiera encontrar el camino a la tierra de los muertos.
Poco después los españoles rescataron los cuerpos y los enterraron, uno al lado del otro, al pie de un risco empinado y a la sombra de una enorme ceiba.
Desde entonces, los jíbaros dicen que cuando el viento agita de noche las ramas del árbol frondoso, se oye un murmullo, que no es el rumor de las hojas, y se ven dos luces muy blancas, que no son luces de luciérnagas o cucubano, sino los espíritus de Guanina y Sotomayor que flotan, danzan y se funden, cantando la dicha de estar unidos siempre.

domingo, 27 de noviembre de 2016

OMÁCATL, DOS CAÑAS



Hubo una vez un dios al que le gustaban los festejos, las celebraciones y los convites, que las personas celebraban para agasajar a sus familiares y amigos con comidas, danzas y bailes.
Omácatl, Dos Cañas, como se llamaba, también conocido como Huitznáhuac, aparecía en todas estas celebraciones, ya que era obligado que aquél que diese una fiesta debiera tener en la casa la imagen del dios; los encargados de llevarla desde el templo eran los sacerdotes, de no hacerlo así, el festejante tendría terribles pesadillas en las que vería a Omácatl reconviniéndole de esta manera:
-Tú, mal hombre, ¿por qué no me has honrado como convenía? Yo te dejaré, yo me apartaré de ti y tú me pagarás muy bien la injuria que me has hecho-  
Era tal el enojo de Omácatl que, vengativo, ponía en la comida y la bebida de la fiesta cabellos para que el anfitrión quedase mal parado, lo cual era terrible, pues el convite entre los señores mexicas era una manera de obtener prestigio y estatus social; por lo tanto cada convite era una orgía de bebida y comida en la que los señores daban regalos a los invitados consistentes en mantas, tabaco, pañuelos, y flores. 
Cuando amanecía, el anfitrión sacaba una figura de un hueso grande, representativo del dios, que los principales y los teopixques habían elaborado con tzoalli, la masa de amaranto sagrada.

El hueso se comía entre los invitados al festejo, acompañándose con jícaras de pulque.

Previamente,  le picaban la panza al dios-hueso y lo dividían para distribuir los trozos. Se trataba de una especie de sagrada comunión con Omácatl, el alegre.

Aquellos que comían de la imagen estaban obligados a contribuir para la fiesta comunal de Omácatl.

Aquellos que deseaban obtener buena suerte, se llevaban la imagen del dios a su casa por doscientos días, así sus riquezas aumentaban porque Omácatl, que simbolizaba una de las tantas advocaciones de Tezcatlipoca, compartía un signo fausto Ome Ácatl.

Nuestro dios se representaba acuclillado sobre un haz de juncias, una planta de varas triangulares de bordes ásperos, gustaba pintarse la cara de negro y blanco, y se colocaba en la cabeza una banda de papel que anudaba por detrás, adornada de muchas borlas y piedras chalchihuites.

Omácatl se cubría el cuerpo con una manta de fina tela, adornada con una franja en la que estaban tejidas bellas flores; llevaba un escudo con borlas en la parte baja y en la mano derecha portaba un magnífico cetro semejante a una herradura con mango, cuyo nombre tlachialoni significaba “miradero” y por el cual veía las acciones humanas.

sábado, 26 de noviembre de 2016

EL DESEO DE NAVIDAD DE NIKI



Había una vez en un país muy tranquilo una bella casa, con sus alrededores floridos y una playa preciosa y un mar tan azul como el cielo.
En su interior vivía una bonita familia, había un niño llamado Niki el cual era muy inteligente, y lo tenía todo: amor, atenciones, juguetes; pero a pesar de tenerlo todo no era completamente feliz, pues deseaba tener un hermanito y cada navidad le pedía a Dios que se lo trajera, mama y papá le preguntaron que tu quisieras para esta Navidad y el niño respondió:
Tengo todo pero lo que en realidad deseo con mi corazoncito es un compañerito y papá le dijo: Tu mamita también y sabes parece que Dios te ha escuchado y pronto llegara, ¿verdad mamita?
Y ella respondiendo le dijo si, y pasaron los meses y llego el gran momento y una bonita mañana Niki despertó cuando escuchó llorar a alguien, y fue corriendo a ver a su mamita y cual grande fue su sorpresa: sus ojos se llenaron de lágrimas al ver de lado de su mamita a la personita que tanto le había pedido a Dios.
Lo besaba y besaba lo abrazaba y le daba las gracias a su mami por pedir el mismo deseo, entonces su papito lo abrazo muy fuerte, y le dijo ahora tendrás una compañía a quien tendrás que enseñarle todas las cosas bonitas que tu ya sabes, pero prométenos a mamita y a papito las tres palabras, mas importantes que te hemos enseñado:
El Amor, El Perdón y la fe porque sin ellas el mundo no tendría sentido, pero recuerda la más importante de las tres es el Amor porque sin él no tendría sentido la vida, porque las tres siempre van de la mano, viste tuviste fe y Dios te concedió este deseo, El amor que desde hoy une más nuestra familia y el perdón por los malos tiempos que tuviésemos algún día. Niki todos los hombres aprenderemos a perdonar, y dar el amor por medio de la fe y nos conozcamos del modo que Dios nos conoce a nosotros, y recuerda Niki dar y recibir. Y así termina esta historia llena de amor y felicidad familiar.

viernes, 25 de noviembre de 2016

EL CONEJO EN LA LUNA



Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre.
Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre.
Pero todavía siguió caminando, caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos.
Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar. 
-¿Qué estás comiendo?, – le preguntó.
-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y de sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo;
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
-Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. 
Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA HIJA MALDITA




Cuenta una leyenda que en el  año de 1828, en el barrio de San Pablo de la Ciudad de México, en el antiguo barrio de Tenochtitlán conocido con el nombre de Teopan, Lugar de Dios, se forjó una leyenda que aún las abuelas cuentan a sus espantados nietos.
En esta época, pasada ya la guerra de Independencia, vivía en una casa colonial una viuda con su hija de diecisiete años.
Vivían las dos solas, pues el marido de doña Catalina había muerto de unas fiebres que los doctores nunca pudieron curar ni determinar a qué se debían.
Al morir don Pancracio había dejado una buena fortuna a su familia, razón por la cual las mujeres se encontraban en buena situación económica.
La madre cumplía todos los caprichos de Delia, la hija, le compraba vestidos, zapatos, tápalos y chucherías para que adornara su arreglo personal. En una ocasión la chica vio en el Portal de Mercaderes un hermoso collar de rubíes, y como se acercaba la fiesta de su cumpleaños, deseó tenerlo para lucirlo ante su familia y amigos que acudirían a felicitarla.
Así pues, acudió presurosa a la recámara de su madre, en la que se encontraba rezando, y le contó lo hermoso que era el collar y lo bien que le quedaría con su nuevo vestido rojo de satín.
Al oírla doña Catalina le respondió que lo que pedía era exagerado. Por un lado el collar costaba demasiado dinero, y por otro, le dijo que era muy joven para llevar joyas de esa categoría.
Delia armó un soberano berrinche: lloró, suplicó, se tiró al suelo y juró matarse si la madre no le cumplía el capricho. Pero Catalina se mostró inflexible y se negó rotundamente a comprarle el collar deseado. Al verse frustrada en sus deseos, Delia, se levantó del suelo donde se hallaba llorando, y le propinó dos fuertes cachetadas a su madre que la hicieron sangrar y caer al suelo. Sentida y furiosa, doña Catalina le dijo a su hija: -¡Por estos golpes que me has dado, yo te maldigo, y lo pagarás con el primer hijo que tengas!
Pasaron dos años, hija y madre nunca más se volvieron a dirigir la palabra. Delia se casó y se fue a vivir a una gran casa que se encontraba en el mismo barrio de San Pablo.
Un año después de su matrimonio, dio a luz a su primer hijo, pero ¡Oh, desgracia! El hijo era un monstruo. En el periódico El Iris, con fecha 3 de junio de 1828, se pudo leer la siguiente noticia. en el barrio de San Pablo, una mujer parió a un monstruo de figura de marrano, liso y sin pelo, de color tostado, cabeza grande, redonda, cerdas en la frente, boca grande rasgada, dos dientes, nariz chata, orejas de mono, rabo corto, los pies con pezuñas, la mano derecha con cinco dedos y la izquierda con cuatro, su tamaño regular de marranillo… 
¡La maldición materna se había cumplido!

martes, 22 de noviembre de 2016

EL MURCIÉLAGO NEGRO



Por las noches en los montes del Estado de México se ven bolas de fuego saltando de un árbol a otro mientras avanzan sigilosamente hasta llegar al pueblo.
Me dijeron que cerca del pueblo de San Juan, en México, un hombre que conducía su camión de carga por la carretera a altas horas de la madrugada de pronto se chocó con una figura de mujer y el espíritu de ésta le atravesó todo el cuerpo al golpearla con su camión.
El señor, entre confuso y disgustado, se bajo de la cabina para asistir a la mujer a la que creyó haber atropellado, pero en su lugar se encontró a un gran murciélago negro, mal herido.
Decidió, pues, llevárselo para entregárselo a alguna veterinaria, echándolo en la parte de atrás del camión, en el remolque donde llevaba toda la carga.
Al cabo de unos minutos, mientras conducía, comenzó a escuchar ruidos, gritos y muchos golpes en la parte trasera del camión.
De inmediato paró el camión, bajo de nuevo de la cabina y fue a ver qué pasaba en el remolque.
Al abrir el portón de carga el ruido cesó. Se había esfumado el murciélago y en su lugar apareció el cuerpo de una mujer muerta.
Si os da pánico leerla, el testigo que me argumentó la historia en su momento, había sido partícipe directo de una de ellas. Imaginaos la expresión de su rostro mientras me lo narraba todo junto a un pequeña hoguera con cuatro maderas ardiendo y sólo el resplandor del fuego nos servía de luz para vernos las caras en esa oscura noche.
Fue toda una experiencia muy misteriosa que recuerdo de viaje por las tierras mexicanas.