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lunes, 14 de noviembre de 2016

AMULETO



Es frecuente que prendidos a la ropa, en los dedos o en la mano más frecuente en la etnia gitana o inmigrantes sudamericanos o en las sabanillas de la cuna o moisés les pongan algún objeto de color rojo, colgante en forma de mano, o de otro tipo, con la creencia de que ahuyentan espíritus maléficos.

En la tradición cristiana es habitual ponerle al niño los escapularios con imágenes de la Virgen o de Santos, o con alguna reliquia, flor, piedrecita que ha sido bendecida en algún lugar de peregrinación o santuario.

sábado, 28 de febrero de 2015

LOS DIABLITOS DE OCUMICHO



Ocumicho está situada en el Municipio de Charapan en el Estado de Michoacán, el pueblo purépecha de Ocumicho se encuentra a unos 150 km al noroeste de Morelia. Gracias a su imaginación han materializado una expresión artesanal reconocida con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 en la categoría de Artes y Tradiciones Populares. Es la simpática alfarería llena de representaciones cotidianas del Diablo, es una de las expresiones artesanales más famosas de los purépechas: los diablos, que en posturas traviesas e inquietantes, son modelados en barro, cada diablo es único, cada figura tiene un estilo propio dado por el artesano que los crea.

El origen del nombre es tan controvertido como el propio origen del pueblo y de las actividades productivas y artísticas: se dice que la palabra Ocumicho significa lugar de curtidores: que eso es lo que fue primero, al parecer, un pueblo de curtidores. Al parecer los hombres dejaron de curtir pieles en la revolución de 1910 y a fines de la década de 1920, empezó la alfarería a la que se dedican mayoritariamente las mujeres.


En lengua purépecha el nombre del pueblo es “Kumichucuaro”. Si se fragmenta la palabra se tienen dos significados: “kumu” que significa topo y “chukuaro”, región. A ello podría darse por nombre “la región de los topos” y de tal designación se pueden desprender muchas relaciones con la tierra, el inframundo y demás asociaciones.

Se cuentan varias historias acerca del origen de esta tradicional manifestación artística. Entre los mitos están aquellos donde se dice que el diablo “recorría Ocumicho y molestaba a todos, se metía en los árboles y los mataba, entraba en los animales y los enfurecía. Luego persiguió a la gente, que enfermaba y enloquecía, se les ocurrió que había que darle lugares donde pudiera vivir sin molestar a nadie”, de allí surge la motivación para crear distintas representaciones cotidianas del diablo.

Actualmente la producción, no se limita a un determinado objeto, por el contrario el repertorio y las formas es amplio siempre aludiendo a la imagen de ese mítico ser que forma parte de escenas cotidianas y refleja la vida misma de los pobladores. La representación de escenas de la vida imaginaria o religiosa: los diablitos van en bicicleta, cantan, bailan, tocan, se montan en autobuses, en aviones, comen, beben, manejan un camión de refrescos, atrapan al burro, hacen una cesárea en una sala de operaciones, hacen el amor, pero además se ríen. Es pura fantasía estos diablitos que se dedican a hacer travesuras por el mundo, muertos de risa, están inspirados, al parecer, en el sincretismo de nuestra memoria cultural, la presencia del diablo en fiestas y carnavales.

Los diablitos se crean modelando las piezas a mano, bajo la técnica de policromado y decorado con anilinas, cada una de ellas muestra el ingenio, destreza y habilidad propia de cada creador. Las piezas se cuecen en hornos circulares, el combustible es leña que compran de desperdicio en los aserraderos, con este procedimiento llegan a 700° C. Sin lugar a duda que en cada una de las  figuras que se elabora existe un alto grado de imaginación y creatividad que queda plasmado en cada pieza. La maravillosa creatividad de los artesanos para plasmar los más diversos temas populares, les ha dado fama mundial.


Actualmente la producción, no se limita a un determinado objeto, por el contrario el repertorio y las formas es amplio siempre aludiendo a la imagen de ese mítico ser que forma parte de escenas cotidianas y refleja la vida misma de los pobladores. La representación de escenas de la vida imaginaria o religiosa: los diablitos van en bicicleta, cantan, bailan, tocan, se montan en autobuses, en aviones, comen, beben, manejan un camión de refrescos, atrapan al burro, hacen una cesárea en una sala de operaciones, hacen el amor, pero además se ríen. Es pura fantasía estos diablitos que se dedican a hacer travesuras por el mundo, muertos de risa, están inspirados, al parecer, en el sincretismo de nuestra memoria cultural, la presencia del diablo en fiestas y carnavales.


Los diablitos se crean modelando las piezas a mano, bajo la técnica de policromado y decorado con anilinas, cada una de ellas muestra el ingenio, destreza y habilidad propia de cada creador. Las piezas se cuecen en hornos circulares, el combustible es leña que compran de desperdicio en los aserraderos, con este procedimiento llegan a 700° C. Sin lugar a duda que en cada una de las  figuras que se elabora existe un alto grado de imaginación y creatividad que queda plasmado en cada pieza. La maravillosa creatividad de los artesanos para plasmar los más diversos temas populares, les ha dado fama mundial.

martes, 13 de enero de 2015

EL CEMPASÚCHIL LA FLOR DE MUERTOS



El uso ritual y ceremonial de las flores en nuestras culturas mexicanas viene desde muy antiguo, desde aquellas lejanas épocas en que las civilizaciones mesoamericanas las usaban para tales fines en gran profusión; sobre todo los mexicas quienes apreciaban sobremanera su belleza y su valor.

Nuestra actual flor de muerto, el cempasúchil, cuyo origen etimológico es el vocablo náhuatl cempoalxóchitl, de cempohualli, “veinte” y Xochitl, “flor”, fue una flor mexica muy empleada en las festividades religiosas. Por su forma de pétalos radicales y su fuerte color amarillo, representaba, y aún representa en algunos grupos indígenas, al Sol, que da vida y calor.

El aroma de sus pétalos es un elemento psicopompe que posibilita y dirige la llegada de las ánimas del más allá. Es a través del caminito que se forma con los pétalos que las almas de los difuntos podrán llegar hasta la ofrenda de muertos, donde alimentarán su sutil cuerpo con la esencia de los alimentos.

Pero su significado va más lejos, para los mixes de Ayutla, Oaxaca, la flor de cempasúchil simboliza el alma de los difuntos; así como para los habitantes de Mixquic, Distrito Federal, el ofrendar esta flor a los muertos grandes tiene el significado de un recordatorio que les impide olvidar al dios Tonatiuh quien, según el mito, la dio a los mortales para venerar a los ancestros.

En cambio, los tlapanecas de Guerrero, creen firmemente que la flor de cempasúchil simboliza a los ángeles enviados por Dios para cuidar a los muertos, y a su aroma lo denominan “alma”.

El cempasúchil, es una planta herbácea de hojas divididas, de flores grandes color anaranjado, amarillento o rojizo. Su olor es agradable y penetrante.

Contiene aceite esencial, resina, materia colorante amarilla, grasa y tanino, entre otras sustancias más.

Florece en octubre y noviembre, razón por la cual actualmente la usamos como parte de los rituales de Día de Muertos. La conseja popular nos informa que es muy útil contra los cólicos ventosos y el miserere.

El zumo de sus hojas bebido, o las hojas maceradas en agua o vino, templan el estomago frío y provocan la orina y el sudor. 

De esta hermosa y ceremonial flor, el fraile Bernardino de Sahagún nos dice en su fascinante obra Historia general de las cosas de la Nueva España: “... son amarillas y de buen color, y anchas y hermosas, que ellas se nacen, y otras que las siembran en los huertos; son de dos maneras, unas que se llaman hembras cempoalxóchitl y son grandes y hermosas, y otras que hay las llaman machos cempoalxóchitl y no son tan hermosas ni tan grandes”  

A Sahagún debemos también la relación que nos legó de las fiestas en que esta flor se usaba particularmente. Así, en el séptimo mes llamado Tecuilhuitontli, se homenajeaba a la Diosa de la Sal Huixtocíhuatl, hermana mayor de los tlaloques, diosecillos del agua. Una mujer ataviada con los ornamentos de la diosa era sacrificada: La noche antes de la fiesta velaban las mujeres con la misma que había de morir, y cantaban y danzaban toda la noche; venida la mañana aderezábamos todos los sátrapas y hacían un areito muy solemne; y todos lo que estaban presentes al areito tenían en la mano aquellas flores que se llamaban cempoalxóchitl. 

La fiesta a la madre de los dioses, Teteo Innan o Toci, Nuestra Abuela, tenían lugar en el undécimo mes conocido como Ochpaniztli, para la cual: …Entrando este mes, bailaban ocho días, sin cantar, sin teponaztli; los cuales pasados salía la mujer que era la imagen de la diosa... compuesta con los ornamentos con que pintaban a la misma diosa; y salían gran número de mujeres con ella, especialmente las médicas y parteras, y partíanse en dos bandos y peleaban apedreándose con pellas de pachuli y con hojas de tunas, y con pellas hechas de hojas de espadaña y con flores que llamaban cempoalxóchitl, este regocijo duraba cuatro días. 

En el octavo mes, Huey Tecuilhuitl, llevábase a cabo la fiesta a Xilonen, Diosa del Maíz Tierno, a cuyas honras mataban a una mujer que encaminaba sus paso finales acompañada de varias mujeres que bailaban y… Llevaban todas guirnaldas amarillas, que se llaman cempoalxóchitl y sartales de los mismo las que iban delante guiando, las cuales se llamaban cihuatlamacazqui, que eran las que servían en los cúes que también vivían en sus monasterios. 

Hecho este sacrificio a honras de la diosa Xilonen, tenían todos licencia de comer xilotes y pan hecho de ellos, y de comer cañas de maíz. Antes de este sacrificio nadie osaba comer estas cosas; también de allí adelante comían bledos verdes cocidos, y podían oler también las flores que se llaman cempoalxóchitl, y las otras que se llaman yiexóchitl.

En el noveno mes llamado Tlaxochimaco, que como hemos visto era el mes de las flores, el buen fraile nos dice que “…Dos días antes que llegase esta fiesta toda la gente se derramaba por los campos y maizales a buscar flores, así silvestres como campesinas, las cuales unas se llamaban... cempoalxóchitl” 

Esta flor de la cual podemos aún disfrutar, está ligada a nuestros altares de muertos por más de cuatrocientos años, pues se la empezó a emplear con esta función, exclusivamente, una vez iniciada la Colonia, ya que como queda dicho anteriormente los antiguos mexicanos la usaban para todo tipo de fiesta y no nada más para los dedicadas a los muertos.

Sin embargo, a pesar de que no podemos pensar en el Día de Muertos sin que nos llegue a la mente esta olorosa flor, no es la única que acompaña a las ofrendas mortuorias.

Junto a ella, aparecen muchas especies más, tantas como flores crezcan en las diferentes regiones de nuestro país. 

lunes, 27 de octubre de 2014

ASÍ SE FESTEJA EL DÍA DE MUERTOS EN CHICAGO



Es lugar común decir que cuando alguien abandona su país de origen para irse a radicar a otro, con el tiempo pierde sus costumbres. Más trillado es el tema de los chicanos, pochos, tex-mex o México-americanos quienes con el paso de las generaciones han adoptado una identidad propia que poco tiene que ver con lo americano o lo mexicano. Sin embargo, también sabemos que las tradiciones y costumbres no se pierden por completo, sino que se transforman de acuerdo con la idiosincrasia de los tiempos.

Durante una visita a Chicago entre octubre y noviembre tuve la curiosidad de saber si algunas familias mexicanas celebran el Día de Muertos y, de ser así, cómo lo hacen. De antemano estaba enterado de que en un museo exhiben altares de muertos, pero ¿qué pasa en los panteones? ¿Dónde entierran a sus difuntos los millares de mexicanos que radican aquí? ¿Cómo los recuerdan en estas fechas? El 1º de noviembre vi un anuncio en un periódico local que invitaba a disfrutar de los altares de muertos. Así se me ocurrió que tal vez podría escribir un artículo sobre el Día de Muertos lejos de nuestras fronteras.

El anuncio en cuestión era de los funerales Zefrán, ubicados en un sector latino en el centro de Chicago 1941 W. Cermark Road. Jennifer y yo fuimos a visitarlo y con orgullo nos recibió la Sra. Concha Rodríguez, quien explicó que hace pocos años se dieron a la tarea de mantener viva la tradición de Día de Muertos, haciendo exhibiciones de altares en sus instalaciones. Dijo que el principio fue difícil, pues no obtenían la respuesta esperada, sin embargo, dos años antes unos parientes de su marido, que tienen una funeraria en Iguala, Guerrero, hicieron un viaje ex profeso para colocar unos altares de muertos y el éxito rebasó las expectativas. Fue así como cientos de personas revivieron o se dieron cuenta de la existencia de una festividad muy arraigada entre nosotros. Desde entonces, el interés por esta tradición ha ido creciendo al grado de que en algunas escuelas organizan visitas a la funeraria y piden a los niños que, si lo desean, lleven fotografías u ofrendas para colocarlas junto a un altar común.

Al preguntarle si hay en Chicago algún panteón donde podamos observar la Fiesta de Muertos, la Sra. Concha nos explica que muchas familias mexicanas todavía mantienen la costumbre de enviar a los difuntos a México, para lo cual esta y otras funerarias les ofrecen el apoyo legal, así como los trámites de traslado. Por otra parte, agrega que los México-americanos de segunda o tercera generación, quienes por razones obvias ya se han desligado de sus raíces, normalmente sepultan a sus muertos en los cementerios locales, pero no sabe si esas familias hagan algo especial este día. De todos modos, nos dio las direcciones de dos panteones para que fuéramos a investigar.

Como andamos en un barrio latino, al ir caminando por las calles inesperadamente por ahí nos topamos con un par de altares afuera de unos departamentos. No hay persona que los vigile ni encontramos a alguien para que nos diga quién los puso. Sin embargo, el simple hecho de estar ahí resulta significativo. Rato más tarde nos percatamos también de que en algunas iglesias católicas tienen pequeñas ofrendas y un desplegado informativo sobre el significado del Día de Muertos y las misas que se ofrecen para la ocasión.

En toda la zona metropolitana de Chicago existen varios tipos de cementerios divididos por razas e, incluso, por religiones. Así podemos encontrar panteones ocupados por italianos, griegos, polacos o mexicanos, siempre entremezclándose con los americanos. Pero también hay camposantos católicos o protestantes donde se pueden mezclar las razas pero casi nunca las religiones. Como nosotros deseábamos observar qué ocurría en los panteones con influencia mexicana de preferencia católicos, fuimos a los sugeridos por la Sra. Concha. Allí fue donde descubrimos que muchas personas sí celebran este día, aunque sin el colorido y ambiente festivo que se vive en nuestro país. De esos dos, en el Saint Mary en las calles Pulaski y 87 Street encontramos a varias familias mexicanas de primera o segunda generación haciendo día de campo. La costumbre, si el clima lo permite, es llevar comida y pasarse la tarde junto a la tumba de sus seres queridos para estar un buen rato con ellos.

Algo que resulta interesante observar son las tumbas de mexicanos en estos lugares de reposo eterno. Siguiendo la tradición norteamericana, no existen criptas ni tumbas per se, sino que todo el cementerio es un campo verde y arbolado con infinidad de lápidas verticales. Lo más relevante, en el caso de los mexicanos, es que la mayoría de tales lápidas tienen a la Virgen de Guadalupe como motivo principal, algo poco habitual en los panteones en México.

Para redondear el artículo, al día siguiente fuimos al museo donde en esta época dan una importancia muy marcada a la Fiesta de Muertos. Se trata del Centro-Museo de Bellas Artes Mexicanas cuya función principal es la de exhibir la cultura mexicana en Chicago. Este centro-museo, que cuenta con varias salas permanentes, tiene una sala de exposiciones temporales donde, desde finales de octubre hasta mediados de noviembre, año con año se instala una muestra alusiva a esta tradición, con altares, ofrendas, pinturas, fotografías, calaveras y paneles informativos en inglés y en español sobre el tema en distintos rincones de México.

Para darle realce, hacerlo atractivo y con ello picarle la curiosidad al transeúnte, en el jardín exterior suelen colocar un altar monumental con varias figuras de cartón, como “la mojiganga” de la tehuana, “el charro”, “la china poblana” y “el tamaulipeco”, que fueron las esculturas seleccionadas el año pasado y realizadas por el artista invitado, Alejandro García Melo.

Ya en el interior del museo, dentro de la sala temporal, comenzamos a disfrutar de la interesante muestra con ofrendas traídas ex profeso de diversas partes de México, como por ejemplo, una prestada por el Centro Cultural de la Huasteca Hidalguense, otra del Distrito Federal, otra de Janitzio, Mich. etc. Asimismo, algunos altares y ofrendas fueron realizados por artistas locales, es decir, por mexicanos de primera, segunda o tercera generación radicados en Chicago.

Vale la pena mencionar que en algunos de los altares se puede observar un sincretismo muy singular entre lo mexicano y lo ya chicano, con elementos tradicionales nuestros y otros modernos americanos. Por ejemplo, vemos por ahí un altar dedicado a un héroe caído en la Guerra del Golfo Pérsico, en el cual aparecen elementos como papel maché, papel picado, una calavera de azúcar, un avión a escala de madera, el uniforme del difunto y la bandera norteamericana.

Los guías del centro-museo, todos bilingües, nos explican que la mayoría de los visitantes a esta muestra es gente de origen latino, dígase jóvenes o viejos, así como escuelas cuya población es predominantemente latina. Uno de ellos nos cuenta que los elementos tradicionales, como el pan de muerto, las calaveras de azúcar y el papel picado son adquiridos en ciertas tiendas mexicanas, pero siempre resulta difícil conseguir la flor de cempasúchil que, en ocasiones, alguien importa bajo trámites legales muy estrictos. “Sin embargo”, añade, “vale la pena tenerla porque le da un colorido muy especial a los altares”. Otra alternativa es mandar pedir semillas a México, o conservarlas para sembrarlas con anticipación y que la flor esté en su punto para esos días.

El centro-museo cuenta, además, con una pequeña tienda donde venden artesanías, libros y revistas tanto mexicanas como México-americanas. Durante la exhibición de Muertos ofrecen también fotografías, postales, dulces, calaveras de azúcar, chocolate o amaranto y artesanías alusivas al tema.

Fue así como al estar lejos de mi tierra en estas fechas, pude comoquiera disfrutar de la Fiesta de Muertos entre un ambiente mexicano muy sui generis, y reafirmar que, en efecto, algunas tradiciones y costumbres pueden modificarse con el tiempo, pero jamás perderse por completo.

martes, 23 de septiembre de 2014

LA PINTURA CORPORAL DE LOS AZTECAS



La pintura corporal se ha utilizado en una gama muy amplia de culturas pasadas y presentes.

Los lugares en donde se ha empleado abarcan América, África, Australia, Asia, la Polinesia y Europa. Los colores que se utilizan en las pinturas facial y corporal son muchos y muy diversos, tantos como provee el medio ambiente.

Por ejemplo, en América predomina el color rojo del cual  por siglos han hecho uso pueblos tan dispares como los kutchin, los cree, los seris, los cherokee, los tupi, y otros grupos más.

Aclaremos que el color rojo se combina con otros colores, pero manifiesta su predominio, sin dejar por ello de tratarse de decoraciones policromas. Los indios de América del norte pintan el rostro con más frecuencia que el cuerpo; en cambio, en América del sur, se acostumbra pintarse cara y cuerpo. La pintura puede ser ocasional, con motivo de determinadas ceremonias, o permanente, como parte de las costumbres cotidianas. Algunas veces la pintura está restringida sólo a los hombres,  otras sólo a las mujeres, como fue el caso de las prostitutas mexicas.

Es válido afirmar que cada grupo cultural tiene sus propios diseños, sus motivos, su simbología, sus características y su combinación cromática, según el caso en que se utilice la pintura. Veamos cómo fue que nuestros antepasados los mexicas hicieron uso de la pintura corporal y facial, misma que sigue empleándose en numerosos pueblos indígenas de nuestro país con carácter ceremonial o cosmético.

La pintura corporal entre los  mexicas, tuvo funciones ceremoniales y castrenses. En los famosos tianguis de Tenochtitlán y de Tlatelolco, había pintores y pintoras que decoraban la piel de los solicitantes mediante el correspondiente pago. Las personas acudían a estos artistas cuando debían asistir a alguna ceremonia importante, a un baile o una batalla. Los pintores utilizaban cajetes conteniendo diversos colores, y pinceles de varias medidas, para decorar la faz y el cuerpo de las personas. Fray Toribio de Benavente, Motolinia, nos cuenta en su Historia de los indios:

Cuando habían de bailar en las fiestas solemnes, se pintaban y se tiznaban de mil maneras; y para esto el día en que había baile, por la mañana venían luego los pintores y pintoras al tianguis… con muchos colores y sus pinceles, y pintaban a los que habían de bailar los rostros, y brazos y piernas de la manera que ellos querían; y así embijados y pintados, se iban a vestir diversas divisas… y de esta manera se pintaban para salir a pelear cuando tenían guerra o alguna batalla.    

Las prostitutas mexicas también solían se pintar de colores. Por ejemplo, empleaban  lodo y  añil para que el cabello brillase esplendorosamente.

Los senos y los brazos los decoraban con motivos varios en color azul, xiuhuitl. El rostro lo pintaban con grasa amarilla fabricada con axin,  cuyo tinte se extraía de un insecto conocido con el nombre de axocuilin, criado en un árbol llamado axquáhuitl. Los insectos se recolectaban y se hervían para hacer un ungüento que se guardaba en hojas de maíz.

El pigmento de color amarillo intenso recibía el nombre de coztic. Estas mujeres dedicadas a la prostitución, solían se teñir los dientes con grana, masticaban todo el tiempo tizctli, chicle, y se dejaban el largo pelo suelto a fin de verse más atractivas.

Las mujeres mexicas no dedicadas al sexo como profesión, usaban bellos y decorados huipiles y faldas; coloreaban su cara de amarillo, de rojo, o de negro, color éste último que obtenían de incienso quemado.

Los pies se los pintaban de color negro, y para  sus cabellos empleaban una yerba verde llamada xiuhquílitl, que les daba un brillo sorprendente y una bella tonalidad morada. A los dientes les ponían grana. La pintura corporal abarcaba el pecho, el cuello y las manos.

Por su parte, los caballeros del Sol y los comendadores de los Guerreros Águila solían pintarse el cabello de la coronilla y  se lo amarraban con una cinta de cuero roja. 

Cuando recibían el nombramiento de cuachic, después de haber realizado veinte notables hazañas, se rapaban completamente, a excepción de un manojo de pelo que dejaban sobre la oreja izquierda, y se pintaban la rapada cabeza: una mitad azul y una mitad roja.

Esta pintura tenía una función protectora para los guerreros, además les infundía valor y coraje en las batallas. Asimismo, los guerreros se pintaban la piel del cuerpo de color amarillo, obtenido de una piedra llamada tecozahuitl; la finalidad consistía en  asustar al contrincante.    
Los pigmentos que usaron los mexicas en sus pinturas murales, códices y cuerpos los obtuvieron de plantas, animales y minerales. El azul provenía de la planta añil; el rojo de la grana y la cochinilla, nocheztli, “sangre de la tuna”; el anaranjado del achiote; el negro de la madera del palo de Campeche quemada; el blanco de la piedra quimaltizatl y de la tierra mineral tizatlalli; el azul celeste y el turquí, se obtenían de la planta xiuhquilipitzahuac; del capulín, el morado; del los tallos del girasol, xochipalli, el verde; del cempasúchil, el amarillo fuerte; del algodón coyuche, el café claro; de la corteza del colorín, tzompantli, el amarillo; de la corteza de encino, los marrones y los cafés oscuros.

El morado y el violeta se conseguía de una molusco que se cría en el Pacífico, el púrpura pansa, conocido entre los mixtecos con el nombre de tucohoyi. 

Así pues, había semillas, flores, raíces, maderas, tallos, hojas y aun frutos como el capulín, los limones y el tamarindo que proporcionaban una gran gama cromática. Las tierras, los óxidos de hierro, la tiza, las piedras contribuían a enriquecer el colorido mundo azteca.

En el mercado se encontraban vendedores de pigmentos de todo tipo. Fueron tan importantes lo colores en la cosmovisión mexica que incluso contaron con un dios llamado Xiuhtecutli,

El Señor Azul, el Dios de Fuego, adorado y reverenciado como uno de los dioses más importantes del panteón azteca. También conocido como el Señor Turquesa y el Señor Hierba. 

sábado, 2 de agosto de 2014

LOS JICOS



Hay extraña una costumbre que es propia de algunas poblaciones altiplanenses del sur de Nuevo León, dentro de los municipios de Doctor Arroyo y de Mier y Noriega.

Se trata de una especie de fiesta sin comparación, la cual se celebra de manera espontánea y tiene como base el compadrazgo.

Todo surge de un fenómeno natural y poco frecuente que se da en algunas plantas, cuando dos frutas crecen juntas o pegadas, dígase dos tunas, dos elotes o dos calabazas, a las cuales regionalmente se les conoce como  “jicos”. La costumbre consiste en que la persona que encuentra y corta los jicos se los regala a otra, y ésta queda comprometida a secarlos y reducirlos en harina y luego prepararla como dulce para después entregar la mitad del producto a quien se lo regaló.

Al hacer esto, se realiza la fiesta y los dos amigos se convierten en compadres.

¿De dónde o cómo surge dicha costumbre? Nadie parece saberlo, pero hay una leyenda, que algunos ancianos narran a guisa de cuento, que bien podría darnos una pista.

Hace muchos años, tantos que ya no hay quien recuerde cuántos, andaba una joven mujer huachichil en el monte cortando frutas. El tiempo de frío había llegado y era su obligación juntar provisiones para el largo invierno. Ella estaba embarazada y pronto iba a dar a luz. Como buena indígena, sabía que, de ser necesario, pariría sola, sin la ayuda de alguien, como lo habían hecho su propia madre y todas las otras mujeres de su aldea. Si le llegaba el momento andando sola en el monte, no debería haber problema.

La época de tuna ya había concluido y era la fruta más preciada por los huachichiles. En eso, la mujer descubrió unos jicos de tuna en lo alto de una nopalera. Inútilmente trató de alcanzarlos con su mano; luego, buscó una vara larga o cualquier cosa que le ayudara, sin suerte alguna. Pensó en tumbarlos de una pedrada, pero eso hubiera hecho que las tunas se echaran a perder. Siguió intentando de muchas formas, incluso poniéndose en riesgo, hasta que pudo cortarlos con la mano. Para su mala fortuna, perdió el equilibrio y cayó entre la nopalera.

Como nadie estaba cerca de ella para auxiliarla, no pudo moverse y quedó muy grave, tanto por el frío como por las heridas de las espinas. En la mañana, aún con vida, unos cazadores la encontraron y la cargaron de regreso a la aldea. Llevaba aferradas en sus manos las dos tunas, los jicos.

Resulta que antes de morir, dio a luz a dos niños, algo al parecer inusual, al menos en esa aldea huachichil.

Como el hombre de ella andaba de cacería con otros compañeros, la gente esperó su regreso para que él mismo decidiera qué hacer con los bebitos. Mientras tanto, éstos fueron entregados a dos mujeres para que los amamantaran.

Pasó el invierno y el padre de los dos niños jamás regresó ―es posible que haya muerto durante una cacería―. Los gemelos hubieran crecido en la misma aldea de no haber sido por una circunstancia imprevista: hubo una lucha territorial entre huachichiles y xi’oi; a las mujeres y niños los llevaron a sitios seguros, lejos del campo de batalla. Fue así como los hermanos quedaron separados, al igual que los pobladores de aquella aldea, quienes con el paso del tiempo formaron dos o tres clanes distintos.

Transcurrieron los años y varios clanes de la nación huachichil decidieron hacer alianzas entre ellos para crecer en número y unir la fuerza de sus guerreros con el propósito de hacerles frente a los enemigos de otras tribus o naciones. Para lograr las alianzas, era necesario desposar a los jóvenes de diferentes clanes, quienes no tenían inconveniente en hacerlo. Así, el jefe de un clan, y padre de dos hermosas doncellas, ofreció a sus hijas a sendos jóvenes guerreros. Como hubo muchos pretendientes, el hombre les dijo que las daría en matrimonio a los dos guerreros que trajeran las mejores ofrendas. Todos salieron en busca de algo para complacer al futuro suegro.

Al tercer día, regresaron los pretendientes con sus ofrendas o dotes. Las exhibieron ante el padre de las doncellas para que tomara su decisión. No batalló mucho en hacerlo. Dio las manos de sus hijas a dos jóvenes que habían traído, cada uno por su lado, jicos de tunas, pues eso había sido algo excepcional. Encontrar jicos no es tarea fácil; encontrar dos jicos de una misma fruta es más difícil; que dos jóvenes hubieran llevado una ofrenda igual era algo por demás inusual, y por dicha razón el jefe del clan decidió de inmediato quiénes serían sus yernos.

Lo que tal vez él no supo, ni los jóvenes tampoco, fue que ellos eran aquellos gemelos cuya madre murió cortando jicos. El destino los volvió a unir, ahora casados con dos hermanas.

sábado, 5 de julio de 2014

DOS JUEGOS PUREPECHAS


Uarhukua Cha´anakua



Los indígenas purépecha del estado de Michoacán, practican un juego que data de muchos siglos atrás, desde aquellos tiempos en que aún no habían llegado los españoles conquistadores a nuestras tierras indias: se trata del uarhukua cha’anakua, juego que simboliza el paso del Sol por la esfera celeste, y el aspecto dialéctico del día y la noche, la vida y la muerte, el bien y el mal. Este juego es una de las varias modalidades de los juegos de pelota que se jugaban en tiempos precolombinos, pero en el que no había apuestas.

Para jugarlo se requieren de dos equipos con cinco chanaris, jugadores; cada uno, los cuales con un bastón hecho de madera, intenta lanzar una pelota por los aires o por la tierra, a fin de meterla en la meta contraria, a despecho de sus adversarios quienes tratan de impedirles la jugada. La línea de saque queda al centro del terreno. Ubicados los jugadores en el campo, los capitanes se paran en la línea divisoria, dan tres golpes con la parte baja del bastón sobre la línea lateral y sobre de la pelota; con ello se indica que el juego da comienzo. Los golpes a la pelota se deben dar siempre por el lado derecho, pero se puede maniobrarla por ambos lados. Los equipos cuentan con dos capitanes, un juez que inspecciona los tiempos y los tantos (jatsíraku en singular) de los jugadores, para ver quién es el equipo ganador. Sólo los capitanes pueden dirigirse al juez en caso de alguna anomalía o cambio de jugador. El bastón no se debe levantar por arriba de la cintura; no se debe batear, patear o pisar la pelota; está prohibido detenerla intencionalmente con el cuerpo u obstruirla; y mucho menos se permite hacer caer a un jugador contrincante, entre otras prohibiciones más. Cada equipo lleva mantas que los identifican y que son hechas por las mismas familias de los jugadores.

La pelota o zapandukua, puede ser de madera, piedra o trapo, ésta última es la más usual en el estado. Los mismos indígenas son los que elaboran su pelota con un núcleo de hule espuma al que forran con tiras de algodón y amarran, fuertemente, con mecates (salvo en el caso de la pelota encendida que se hace con madera de colorín, la cual se deja remojar durante dos días en petróleo o gasolina) El diámetro de la pelota varía entre los doce y los catorce centímetros, con un peso de alrededor de doscientos cincuenta gramos para los niños, y de trescientos cincuenta a quinientos para los adultos. El bastón, que es similar al usado en el jockey, se talla de madera de tejocote, encino, cerezo o palo blanco. Ambos implementos simbolizan la relación que el hombre tiene con la naturaleza. Cuando emplea el bastón el jugador hace suya la fuerza del árbol del que fue tallado.

En una ofrenda del Opeño, en el Municipio de Jacona, Michoacán, los arqueólogos encontraron algunas figurilla que data de 1,500 a.C. En ellas están representados cinco jugadores con su mazo, y tres mujeres que se consideran espectadoras del juego. Según nos cuenta la tradición oral, hace ya bastante tiempo los partidos se jugaban entre comunidades, y las reglas se acordaban antes de dar inicio al combate: no había un número limitado de jugadores, la pelota se situaba entre los dos pueblos y ganaba aquel que llevaba primero la pelota hasta su comunidad. La bola era empujada por una rama de árbol, lo más semejante a un bastón, de ahí su nombre Uarhukua.

A veces, la pelota del juego se enciende con fuego, exactamente como un sol encendido que cruzara el cielo o como un cometa volando por los aires nocturnos. Los jugadores no se queman con la pelota, a pesar de no ir protegidos: tan solo llevan pantalón de manta, un paliacate amarrado a la cabeza, camisa y huaraches. Este juego de la pelota encendida se efectúa desde las celebraciones de Día de Muertos hasta el Año Nuevo Indígena: el 1º de febrero, por lo tanto, es un juego ritual que se efectúa en la noche para lograr un luminoso efecto. Las dos modalidades del juego: con pelota encendida y sin encender, se juegan en espacios abiertos, frecuentemente en canchas de seis u ocho metros de ancho, y de uno sesenta a dos de largo. O bien, se utilizan las calles o la plaza principal de los pueblos. Aunque estrictamente hablando, se haría necesaria una cancha de doscientos metros de largo por ocho de ancho. Aparte de la función lúdica, el juego tiene otras funciones que fomentan la sociabilidad de la comunidad, la identidad y la cohesión del grupo purépecha. Pues cuando se juega participa todo el pueblo viendo el partido y disfrutando de la música que ejecutan las bandas tradicionales.

K’uilichi cha'anakua o los palillos que suenan



Este juego tradicional del los purépecha tiene origen prehispánico. En el Códice Borgia se encuentra dibujado un tablero del tal juego. Ha resistido al tiempo ya que los ancianos se lo enseñan a los niños, a fin de que no se pierda la costumbre. Este juego se forma con dos equipos integrados cada uno, por uno o más miembros. Por supuesto, es mejor que sean más los participantes, ya que así el juego es de mayor emoción. Para comenzar, cada jugador tiene cuatro fichas que pueden ser semillas, hojitas, piedritas o palitos. Se requiere de un tablero pintado sobre una piedra plana, una madera, cartón o piel, y de cuatro palillos de caña o bambú de doce centímetros, los cuales se parten a la mitad; cada uno tiene un determinado valor. El tablero es un gran cuadrado, que lleva al centro otro cuadrado más pequeño que continúa las líneas de sus ángulos inferior derecho y superior izquierdo; mismos que se encierran en un pequeño círculo. En cada uno de los ángulos del cuadrado mayor hay un cuadrado pequeño. En todas las líneas trazadas en el tablero hay cinco puntos negros. Los palillos son como los dados. Cada jugador hace dos tiros y avanza por el tablero según la puntuación que le indique el valor de los palillos. En la salida del tablero, hay dos puntos donde se cruzan los jugadores: si quedan en esos lugares su ficha se “quema” y hay que volver a empezar. Después, se entra ya al área grande del tablero y se sigue avanzando sorteando los obstáculos que son las posiciones de las fichas enemigas, a las cuales se trata de evitar o de hacer que se “quemen”. Si se cae en una casilla ocupada los puntos negros se tiene que volver a empezar el juego. Cuando los que juegan son dos, gana aquél que logra sacar sus cuatro fichas, haciendo todo el recorrido del tablero y “quemando” a su compañero. Pero si los que jugaron fueron dos equipos de más de uno, gana el equipo del primero que sacó todas sus fichas del tablero o “quemó” al contrincante. Jugadores de un mismo equipo no se “queman” entre ellos mismos. La tirada más alta con los kúilichi es de treinta y cinco, que se puede dividir en quince y veinte, si se mueven dos fichas. Se trata de un juego de apuestas de dinero o de objetos, o cualquier cosa que se quiera apostar.



sábado, 21 de junio de 2014

LA GRADUACION DEL HOMBRE-COYOTE



Así se graduaban los indígenas Yaquis, como “HOMBRES COYOTES”

“Al nuevo Hombre-Coyote, lo colocan en el centro de un círculo, formado por los más viejos guerreros, todos jefes dentro de la tribu. Luego una exhortación muy emocionante: ´Para ti no habrá ya más muerte, para ti no habrá ya dolor, para ti  no habrá ya enfermedades, para ti no habrá ya sol, para ti no habrá ya calor, para ti no habrá ya noche, para ti no habrá ya frío, para ti no habrá ya sed, para ti no habrá ya hambre, para ti no habrá ya lluvia, para ti no habrá ya familia, para ti no habrá ya alegrías, nada podrá atemorizarte, todo ha terminado para ti, excepto una cosa: el cumplimiento del deber, en el puesto que se te designe, allí quedarás po0r la defensa de tu nación, de tu pueblo, de tu raza, de tus costumbres. ¿Juras cumplir con el mandato´ El nuevo Hombre-Coyote responde SI, entonces el jefe, actuando como padrino impone sus manos sobre los hombres del nuevo Hombre-Coyote y saca de su carcaj las uñas de león y con ellas rasga la piel del pecho, de la espalda y los muslos, y le entrega las insignias de la muerte y un penacho de plumas de águila, con su piel de Coyote, su carcaj lleno de flechas y su arco”

Después de la graduación del Hombre-Coyote, frente a una multitud integrada por toda la tribu, desde la suprema jerarquía, formada, trémula de emoción, para presenciar los simulacros de guerra y las últimas pruebas de su preparación para tal rango. Siguiendo las danzas, y realizada la ceremonia, con todos los actos que exige la tradición, en la sierra del Bacatete”

He aquí la contextura moral del guerrero Yaqui en su graduación de Hombre-Coyote y sus consecuencias en las guerras de su pasado histórico. 

martes, 10 de junio de 2014

LA EDUCACIÓN DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS



"Ninguna cosa, dice el Padre Acosta, me ha admirado más ni parecido más digna de alabanza y memoria que el cuidado y orden que en criar a sus hijos tenían los antiguos mexicanos. En efecto, difícilmente se hallará nación que, en tiempos de su gentilidad, haya puesto mayor diligencia en este artículo de la mayor importancia para el estado."

Y Soustelle: "Es admirable que en esa época y en ese continente, un pueblo indígena de América haya practicado la educación obligatoria para todos, y que no hubiera un solo niño mexicano del siglo XVI, cualquiera que fuese su origen social, que estuviera privado de escuela."

La educación comenzaba al nacer el niño, que era recibido con serios discursos y prometido por sus padres a alguna de las dos casas de formación: el Tepochcalli o el Calmecac, siendo éste el centro de educación superior. La elección de uno u otro dependía de la voluntad de los padres, guiados por los consejos del sacerdote que leía los tonales de la fecha del nacimiento del niño, y, aunque el Calmecac era el destino habitual de la aristocracia, no era exclusivo, sino un colegio abierto a todos. Había colegios separados para hombres y mujeres.

"Cuando un niño nacía sus padres lo prometían como un don, y lo llevaban al Calmecac para que llegara a ser sacerdote, o al Tepochcalli para que fuera un guerrero."

La educación en ambos era, como dijimos, severísima, al grado de no excluir la pena de muerte para los incorregibles. Se esperaba de los alumnos que fuesen "como piedras preciosas", y, por tanto, "labrados y agujerados", como le advertía el padre a su hijo antes de entrar:

"Oye lo que has de hacer, que es barrer y coger las barreduras, y aderezar las cosas que están en la casa; hazte de levantar de mañana, velarás de noche; lo que te fuese mandado harás, y el oficio que te dieren tomarás; y cuando fuere menester saltar, o correr, para hacer algo, hacerlo has; andarás con ligereza, no seas perezoso, no serás pesado, lo que te mandaren una vez, hazlo luego; cuando te llamaren una sola vez, irás luego con ligereza y corriendo, no esperes a que te llamen dos veces; aunque no te llamen a ti, ve a donde llaman luego corriendo, y harás de presto lo que te mandaren hacer, y lo que sabes que quieres que se haga, hazlo tú."

"Mira, hijo, que no vas a ser honrado, no a ser obedecido y estimado; has de ser humilde y menospreciado y abatido; y si tu cuerpo cobrare brío y soberbia, castígale y humíllale, mira que no te acuerdes de cosa carnal. ¡Oh desventurado de ti, si por ventura adquieras dentro de ti algunos pensamientos malos o sucios! Perderás los merecimientos y las mercedes que te hiciere. Nota lo que has de hacer, que es cortar cada día espinas de maguey para hacer penitencia, y ramos para enramar los altares; y también habéis de hacer sacar sangre de vuestro cuerpo y bañaros de noche, aunque haga mucho frío. Mira que no te hartes de comida, sé templado, ama y ejercita la abstinencia y ayuno. No te cubras ni uses de mucha ropa; endurézcase tu cuerpo con el frío, porque a la verdad que vas a hacer penitencia, y vas a demandar mercedes a nuestro Señor, y vas procurar sus riquezas, y a meter mano en sus cofres..."

"Y también, hijo mío, has de tener mucho cuidado de entender los libros de nuestro Señor: allégate a los sabios y hábiles y de buen ingenio. Muchas otras cosas te serán dichas y oirás allá donde vas, porque es casa donde se aprenden muchas cosas, y con esto que te digo, juntarás lo que allá oyeres, que es la doctrina de los viejos. ¡Oh hijo mío muy amado! Tiempo es de que vayas a aquella casa, donde estás prometido..."

La diferencia entre un colegio y otro podríamos ponerla en lo intelectual. El Tepochcalli miraba más a la formación práctica, para la guerra y el trabajo; el Calmécac más a la académica. Los del Tepochcalli, por ejemplo:

"... siendo ya hábil para la pelea, llevábanle y cargábanle las rodelas, para que las llevase a cuestas. Iban todos juntos a trabajar dondequiera que tenían obra, a hacer barro, o paredes, maizal, o zanja o acequia y traer leña a cuestas de los montes..."

En el Calmecac, en cambio, sin descuidar la guerra se atendía más al estudio:

"Tenían varios maestros prelados que les enseñaban y ejercitaban en todo género de artes militares, eclesiásticas y mecánicas y de astrología por el conocimiento de las estrellas, de todo lo cual tenían grandes y hermosos libros de pinturas y caracteres de todas estas artes por donde las enseñaban. Tenían también libros de su ley y doctrina a su modo por donde los enseñaban, de donde hasta que doctos y hábiles no los dejasen salir sino ya hombres..."

Los profesores de ambos establecimientos se ve que tenían un concepto muy "moderno" de la pedagogía, de un respeto muy consiente al plan Maestro manifestado en la personalidad individual de sus alumnos y de que su papel era ser instrumentos de El en su formación. Cuando los padres, al llevar al chico, les hacían una formal petición y presentación, con toda la humildad y modestia de la buena etiqueta indígena, ellos contestaban:

"Tenemos en mucha merced haber oído vuestra plática o razonamiento. No somos nosotros a quienes hacéis esta plática y nosotros en su nombre lo recibimos; él sabe lo que tiene por bien hacer de él. Nosotros, indignos siervos caducos, esperamos lo que será y lo que tendrá por bien hacer a vuestro hijo ignoramos los dones que le fueron dados. Deseamos y rogamos que le sean dadas las riquezas de nuestro señor; deseamos que en esta casa se manifiesten y salgan a la luz. No os podemos decir con certidumbre esto será o esto hará Nosotros haremos lo que es nuestro deber que es criarlo y adoctrinarlo como padres y madres; no podemos por cierto entrar en él, dentro de él, y ponerle nuestro corazón; tampoco vosotros podréis hacer esto, aunque sois padres. Lo que resta es que no os descuidéis en encomendarle con oraciones y lágrimas, para que nos declare su voluntad."

¡Un Rector moderno de Seminario, "Optatam totius" en mano, no podría expresarse mejor! El ideal que pretendía esa formación no era, pues, imponer "un corazón" al educando, sino ayudarlo a formar el propio lo mejor posible. A desarrollar al máximo -diríamos nosotros- su personalidad y sus talentos, dentro del austero esquema de dominio y autocontrol que eran sus metas:

"El hombre maduro:
un corazón firme como la piedra,
un rostro sabio,
dueño de una cara, un corazón.
hábil y compasivo…"