En
la época colonial, en la Ciudad de Zacatecas vivía María Ana de la Campa y Cos,
condesa de San Mateo de Valparaíso, mujer muy querida por todos por ser
sumamente bondadosa y caritativa. Era una mujer muy rica que ayudaba a los
pobres dándoles dinero y a los enfermos proporcionándoles medicinas.
Vivía doña María Ana en una
casona situada en la Plaza de Villarreal. Un día, siendo ya una mujer madura,
se casó con un joven humilde, pero sumamente guapo. Y ante esta desigual
condición, la sociedad de Zacatecas afirmaba que el joven no amaba a la condesa
y que se había casado con ella por su gran fortuna, pues era de todos sabido
que la mujer le había entregado todo su dinero. El marido pronto empezó a
malgastar la fortuna, teniendo cuidado de que la condesa no se enterase de sus
despilfarros.
Cierto día, María Ana
encontró un papel en los bolsillos de su marido en el que se ponía de
manifiesto que le era infiel con una joven y bella zacatecana. Ante tan
terrible desilusión, la condesa decidió vengarse del infiel. Preparó una
cena-baile e invitó a las familias más linajudas de la sociedad zacatecana.
Cuando el baile estaba en su apogeo, la condesa desapareció del sarao y en uno
de sus coches se dirigió a su hacienda que se encontraba cercana a la ciudad.
Cuando hubo llegado a pocos metros de los terrenos de la hacienda, ordenó al
cochero que se detuviese, bajó del carruaje y le dio la orden de que la
esperase.
La
mujer se introdujo en la casa, y en seguida escuchó risas y voces. Se dirigió
hacia donde provenían las tales voces, que era nada menos que el cuarto de su
marido; abrió la puerta y se encontró a la pareja de adúlteros en una situación
comprometedora. Al ver tan terrible escena, María Ana, cegada por los celos y
el dolor, tomó un puñal antiguo que se encontraba en una mesa y llena de odio
apuñaló a los amantes hasta matarlos.
Tras haber dado muerte a su
marido y a la amasia de éste, regresó al carruaje y retornó a la ciudad. Entró
en la casona con la certeza de que nadie la había echado de menos y se unió a
la diversión y regocijo de sus invitados.
Al día siguiente, cuando se
supo del asesinato del joven esposo de la condesa, toda la sociedad zacatecana
fue a darle el pésame a la viuda. Después de aquel terrible acontecimiento la
condesa se volvió más piadosa y no dejaba de rezar por el crimen que había
cometido. Sus caridades aumentaron y dio dinero para que se realizaran mejoras
en la iglesia a la que iba siempre a rezar y contribuyó para que se llevaran a
cabo mejoras en la ciudad.
Cierto tiempo después, la
condesa fue objeto de sospechas; se la acusaba de haber sido ella quien diera
muerte a su marido y a su amante. Sin embargo, nada pudieron probarle, y como
era tan buena y caritativa nadie creía verdaderamente en la acusación, al poco
tiempo se la declaró inocente. Sin embargo, a partir de entonces ella jamás
volvió a salir de la casona y guardo eterno luto por el infiel y aprovechado de
su marido.
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