jueves, 10 de julio de 2014

EL VIERNES DE DOLORES



Los seis viernes que comprende la Cuaresma son muy relevantes desde el punto de vista religioso y cultural, pues en ellos se expresan muchas manifestaciones de la cultura popular. Generalmente, durante los viernes de Cuaresma se efectúan ferias, bailes, verbenas, juegos pirotécnicos, procesiones, misas, música de banda y de grupos comerciales, desfile de carros alegóricos, representaciones bíblicas, calendas, danzas tradicionales y elaboración de artesanías ad hoc. En las festividades de los viernes de Cuaresma los funcionarios tradicionales que integran las cofradías son los responsables de la coordinación de la fiesta y del cuidado de la iglesia y las imágenes.

Al sexto viernes de Cuaresma se le conoce como Viernes de Dolores y está consagrado a venerar a la Virgen de los Dolores y a recordar los sufrimientos que padeció. A la Virgen de los Dolores la imaginería popular la represente con rostro doliente, lágrimas amargas que fluyen de sus ojos, y siete puñales que traspasan su sangrante corazón, símbolo de los dolores padecidos. A veces se la ve traspasada con un solo puñal de plata. 

El primer dolor de la Virgen acaeció cuando el rey Herodes se enteró del nacimiento de Jesús y ordenó degollar a los niños menores de dos años que vivían en Belén. Un ángel enviado por Dios, les anunció a María y José del peligro que corría su hijo, por lo que decidieron huir a Egipto. 

El segundo dolor de María tuvo lugar durante el viaje que todos los años realizaba la Sagrada Familia a Jerusalén, con el fin de celebrar la Pascua Judía. Cuando Jesús contaba con doce años, se perdió entre la multitud que abarrotaba el Templo de esa ciudad, sus padres se asustaron y los buscaron. Tres días después lo encontraron en el mismo Templo cuestionando, discutiendo y saciado sus ansias de saber los Doctores de la Ley, quienes quedaron asombrados de la sapiencia de un niño de tan corta edad. 

El tercer sufrimiento de la Virgen acaeció cuando Jesús fue presentado al Templo de Jerusalén a los cuarenta días de su nacimiento. Simeón, un hombre bueno y noble, tomó al niño en sus brazos y, después de dirigirle a Jehová las siguientes palabras, vaticinó la muerte del Señor en la cruz: -Señor, ya puede morir tu siervo, porque mis ojos han visto la salvación que ofreces a los hombres: una luz que iluminará a los gentiles y es la gloria excelsa de tu pueblo de Israel. 

Los cuatro restantes dolores de la Virgen corresponden a la etapa de la Pasión de Cristo. Se refieren a las estaciones del Señor en su camino hacia el Monte Calvario, a su crucifixión, el descenso de su cuerpo de la cruz, y  su sepultura.

El Altar de Dolores

La celebración del Viernes de Dolores se instauró por resolución del Sínodo provincial efectuado en Colonia, Alemania, en 1413. Este día se acostumbra montar un altar dedicado a la Virgen. La costumbre se inició en nuestro país a raíz de la evangelización, pero a despecho de su raigambre católica, en el altar se amalgamaron algunos rasgos prehispánicos relacionados con la fertilidad de la tierra, como lo testimonian las semillas germinadas, las verduras frescas, las flores y las frutas que aparecen en su decoración.

Aunque seguramente ya desde el siglo XVI se levantaba altar a la Virgen de los Dolores, los testimonios más fidedignos remontan al siglo XVIII, cuando acostumbrábanse poner en las iglesias y en las casas particulares. La fiesta daba inicio con las bandas militares que tocaban la “diana” al amanecer. Ya para el siglo XIX, la tradición estaba muy arraigada y los hogares de la Ciudad de México se engalanaban con tan hermoso altar. Para empezar a construirlo,  se echaba mano de una mesa  sobre la que se ponían cajas como bases, hasta formar una plataforma escalonada forrada con tela blanca adornada con moños y listones de colores; o bien, se le ponía un mantel de lino, encaje o papel picado de varios colores. La mesa se colocaba pegada a una pared de la sala, por ser el lugar más importante. Sobre la pared se ponía una cortina de lino o seda, preferentemente de color blanco, formando una especie de enmarcado. Bajo este cortinaje se colocaba un cuadro de la Virgen de los Dolores, y, arriba de éste, la escultura de un santo Cristo.

Sobre el altar de iban acomodando objetos: candeleros, platos con dulces cristalizados, naranjas doradas a las que se clavaban banderitas hechas con papel de oro y plata; jarros, comales y cualquier utensilio de barro poroso mojado donde se “sembraban” semillas de chía por fuera, manteniéndolo húmedo hasta que la semilla germinaba. Si se quería que la planta adoptase un color amarillo, se la dejaba germinar fuera del alcance de los rayos del sol; si en cambio se quería obtener un color verde, se la colocaba al sol. También se utilizaban animalitos de barro de variadas formas, en cuyo cuerpo estriado se ponía la chía.

En platos y macetas se sembraba trigo, lenteja, cebada, amaranto, semillas con las que se seguía el mismo procedimiento que con la chía, para lograr la coloración deseada. Además, el altar llevaba muchas macetas con flores de distintos colores, con verdes plantas, esferas y bolas de cristal colorido, llamados “ojos de boticario”, que eran juegos de esferas o botellones de vidrio que iban unos dentro de otros.

En el altar no podían faltar las aguas frescas de horchata, jamaica, limón con chía, y tamarindo. Estos refrescos debían estar muy endulzados, ya que simbolizaban las lágrimas de la Virgen, que a pesar del dolor debieron ser muy dulces. Era costumbre que las aguas se ofrecieran a los que pasaban por las casas que mantenían las puertas abiertas para tal propósito. Aparte de estas aguas destinadas a beberse, se elaboraban otras que se teñían con productos vegetales o químicos. 

Así, los pétalos de la amapola daban un color colorado; el palo de Campeche, carmesí; la flor de jamaica, púrpura; la piedrecilla de alumbre, tornasol; la grana y la cochinilla, morado; la caparrosa, azul; la pimpinela, verde; la solución acidulada de cromato amarillo neutro con carbonato de potasa, amarillo; y el bicromato de potasa, también amarillo. Las aguas teñidas se colocaban en botellones especiales para la ocasión que se iluminaban por atrás con lamparitas de aceite, para que brillaran y difundieran rayos de colores. Al pie del altar se formaba un tapete de figuras hecho con pétalos de flores, polvo de café y obleas desmenuzadas, al centro se colocaba el anagrama de la Virgen.

En la tarde de Viernes de Dolores, se efectuaba una misa en las casas de las personas de dinero, a la que asistían familiares y amigos. Las mujeres se ponían vestidos de luto y los hombres traje oscuro, para escuchar al sacerdote hablar acerca de la Pasión de Cristo. Acabado el acto religioso, se ofrecía a los convidados una merienda de tamales, atole, pasteles, dulces y chocolate con leche. Asimismo, se obsequiaba con un pequeño recuerdo a los participantes.





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