martes, 29 de julio de 2014

HUMANIDAD Y DIVINIDAD



Mientras muchos seres humanos ocultan su fragilidad, creyendo que es sinónimo de pequeñez y debilidad; Dios se reviste de humanidad para dar testimonio de su grandeza y Divinidad. Ahora entiendo el sentido de la Cruz, y he dejado de verla como signo de sufrimiento y dolor; redescubro en ella el valor que le dio Jesús, al entregar su vida en ella por amor.


Desde entonces nuestros sentimientos y emociones tienen otra dimensión, y hasta parece a veces que la vida es una contradicción; el reconocer y asumir la debilidad nos hace más fuertes; y cuando nos rompemos en pedazos, ya sea porque hemos caído, nos hemos equivocado o porque alguien nos ha herido o nos ha fallado; tenemos la oportunidad de reconstruir y renovar lo que estaba destruido y hacer de nosotros una obra nueva con el corazón totalmente restablecido y fortalecido.


Y mientras muchos creen que han nacido para sufrir y prefieren morir; dejan pasar el tiempo sin darse cuenta que cada día se les está dando otra oportunidad para vivir y ser feliz… 


Piensan que la felicidad es un punto de llegada, cuando es en verdad una forma de viajar y por la vida andar… Se es feliz aunque se experimente cansancio, tristeza y soledad; porque en el fondo sabemos que esas emociones hacen parte de nuestra humanidad, y no son eternas sino pasajeras, por lo tanto no deben estancarnos, sino impulsarnos a hacer nuestros sueños realidad para dar testimonio de ese toque de Divinidad que Dios puso en nosotros cuando nos quiso crear.


Las limitaciones nos impulsan a redescubrir nuestros dones y bendiciones; siendo testigos de que es mucho más lo que realmente hemos recibido que lo que hemos carecido. Disfruta, valora y se asombra más aquel que ha sido señalado por pequeño y limitado, que los que creyendo tenerlo todo, se sentían aparentemente privilegiados, pero que fácilmente se derrumban y renuncian ante el primer obstáculo que en el camino han hallado.


Ya no hay que hablar más de la cruz, como ese karma que nos toca cargar, mucho menos decir que vivimos en un valle de lágrimas donde los pecados hemos venido a purgar y purificar; no hay porque rechazar ni avergonzarnos de nuestra fragilidad y humanidad; sino reverdecer en ella nuestras fuerzas y luchar por hacer nuestros sueños realidad; aprender a descubrir en ella la mayor prueba del amor de Dios en nosotros y el toque de su Divinidad.


Bienaventurados los que han entendido el misterio de reír y llorar en paz; sin revelarse o avergonzarse de la cruz, ni rechazar o quejarse de su limitación y humanidad; porque ellos sabrán lo que es realmente ser feliz en esta tierra, lo contemplarán y lo disfrutarán aún más en la eternidad; no hay que esperar el morir, para experimentar de cerca el inmenso amor que Dios en esta vida nos ha querido regalar.

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