Cuando yo tenía siete años
vivía en un pueblo del Estado de México con mi abuelita. Una noche le dije a mi
abuela:
– Ahorita vengo, voy a la
esquina.
– ¿A qué vas?, ahorita ya no
hay nada abierto, ya todo está cerrado.
– Voy con mi tío.
Caminé como cinco minutos.
Antes de llegar a la casa de mi tío había un arroyo que le llamaba el
Corriente.
Había un puente con unos
foquitos que alumbraban el agua que iba corriendo.
Cuando llegué al puente vi a
una señora parada.
Llevaba una blusa blanca y
el cabello muy largo, le llegaba a la mitad de la espalda.
Me acerqué a ella porque
estaba llorando recargada en el barandal, y le dije:
– Oiga, señora, ¿le pasa
algo?
Negó con un movimiento de
cabeza.
– De veras, mire, si le pasa
algo vamos ahí enfrente, ahí vive mi tío, yo la llevó para que se le pase lo
que tiene.
Entonces me contestó con la
voz de una persona de ochenta años.
El cabello le caía en la
cara y no se le veía. Me dijo:
– ¡No!
– De veras, la llevó ahí a
la casa de mi tío; o si quiere voy por él. No sé que tenga usted, pero está
llorando y le va a dar el frío.
– ¡No! ¡Y vete!, me contestó
enojada.
– ¿Ay, señora, todavía de
que me estoy preocupando porque usted está ahí parada con el frío que hace y
llorando me corre? Pues entonces quédese ahí.
– Es que estás muy chiquita,
me respondió.
En eso volteó y le vi su
cara arrugadita.
Me espanté mucho y me puse a
correr el poquito tramo que me faltaba para llegar a la casa. Llegué tan pálida
que mi tío me preguntó:
– ¿Ay, que te pasó?
– Es que ahí afuera hay una
señora que está llorando, sola, me dio lástima y le pregunté que qué
tenía. Me dijo que nada que mejor me fuera, que estaba muy chica.
Está bien fea, tío, está
bien viejita, muy alta, de espaldas no parece una persona grande.
– Pues ya no sales, me dijo
mi tío.
Mi tío y su esposa se
asomaron a la calle y vieron que una señora iba caminando arriba del agua del
arroyo, al ras del agua, no se le veían los pies, iba como volando.
Toda vestida de blanco y con
el pelo largo y muy negro. Se metieron rápido a la casa y cerraron las puertas,
para que nadie saliera.
Mi tío me dijo que me iba a
acostar con mi prima que era más chica que yo, como de cinco años.
– ¿Qué es lo que viste?, me
preguntó mi prima.
– Pues una señora muy fea.
– A ver, dijo mi prima
mientras se asomaba a la ventana.
Dio un grito muy fuerte y
cayó desmayada sobre la cama que estaba pegada a la ventana, me golpeó porque
yo estaba sentada ahí.
– ¿Qué te pasó?, le
pregunté.
Mi tío, mi tía y mis primos
entraron corriendo al oír el grito. La acostaron, le pusieron alcohol y la
reanimaron.
Cuando la niña volvió en sí
dijo que cuando se había asomado había visto una cara de mujer llena de sangre.
Al otro día, mientras
barrían la parte de la calle que daba a la ventana, encontraron muchas huellas
de cruces en la tierra, como si alguien hubiera tirado al aventón muchas cruces
y se hubieran quedado marcadas las cruces en la tierra.
No sé que haya sido. Lo
único que sé es que la señora pasó por ahí y que mis tíos la vieron flotando,
porque ni siquiera iba caminando.
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