viernes, 29 de enero de 2016

LA NIÑA DE BLANCO



Esta historia que le pasó a una niña como de catorce años que por cierto era muy bonita, se llamaba Mireya. Ella constantemente veía figuras, sombras que nadie más veía, y oía voces. Una vez fue a la casa de una compañera, Marisa, a hacer la tarea de la escuela. Se metieron en la recámara de la amiga para que no las interrumpiera nadie y para estar tranquilas. Después de un momento la amiguita le dijo a Mireya:

– Espérame, voy por agua para que estemos tomando, porque hace mucho calor.

Entonces, Mireya oyó que la llamaban por su nombre y volteó hacia el lugar de donde venían unas voces que la llamaban y la llamaban:

– ¡Mireya, Mireya!

En ese momento vio cómo se abrían las puertas de un ropero que estaba en el cuarto y que una luz brillante, muy bonita, salía de ahí; la luz era una niña de blanco que le decía:

– ¡Ven, ven!

Mireya se levantó de la silla y caminó hacia el ropero donde se metió. Las puertas se cerraron, ella se desmayó. En su desmayo dice que la niña de blanco la llevaba de la mano a través de la pared, hasta el infinito. Llegaron a una fuente muy bonita donde había muchos niños que llegaban a tomar agua que tomaban con sus manitas. Todos le decían que los ayudara, porque ellos eran niños del Limbo, y no tenían luz.

En ese momento la niña se despertó y empezó a pegar en el ropero desde adentro. Todos los que la andaban buscando la oyeron y la sacaron de ahí. La sentaron, la despertaron bien, le dijeron que no había pasado nada, y la dejaron sola para que descansara. Entonces, la niña de blanco salió por la puerta y le dijo:

– ¿Por qué despertaste, por qué nos dejaste solos?

Cuando pronunció estas  palabras, entraron varios niños que dijeron que no los dejara, porque ellos eran del Limbo, que se la habían llevado porque ella era inocente y los podía ayudar. Cuando entraron al cuarto las otras personas, la niña estaba hablando sola. Le preguntaron que con quién estaba hablando, y ella les dijo:

– Con los niños.

– Pero si no hay niños.

– Sí, cómo no, miren, están ahí en aquella esquina.

Todos alcanzaron a ver figuras como si fueran sombras, sombras de alguien. La señora de la casa exclamó:

-¡Ave María Purísima!

Y la niña se paró y dijo:

– No diga eso, porque entonces se van a ir.

Mireya siguió y siguió hablando con los niños. Las personas se hicieron a un lado porque les dio miedo. De repente, la niña de blanco se acercó a Mireya y la quiso tocar. Empezó a salir mucho humo como si algo se estuviera quemando, o como hielo seco, todos lo vieron y Mireya se desmayó.

Nadie se explica qué pasó. A Mireya nunca más le volvió a pasar nada extraño. Pobres niñitos del Limbo.

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